LA HABANA. En todas partes debe ser igual, pero aquí no quiero que suceda. Que cada situación de crisis promueve el oportunismo, la especulación y una fea lista de miserias humanas es como una condición sine qua non, pero me resisto a aceptar que ocurra en Cuba.

Mucho se ha venido haciendo desde el paso de Irma por la recuperación, pero solo en La Habana, por donde pasó de refilón, se vieron afectadas 4288 viviendas, de ellas 157 con derrumbes totales y 986 parciales según reportes preliminares, y ya el cemento está en la calle a 12 y hasta 15 CUC. ¿Cómo, por qué, está el cemento en la calle? ¿La vista de quién se ha dejado engordar para que esto suceda? ¿Precisamente porque hay demasiados ojos encima de eso la gente se cuida más y solo el que se atreve te lo consigue pero por ese precio?

Cuba debe ser un país de zurdos, hace poco una amiga me contaba que a una vecina suya le pusieron el teléfono, después de miles de tramitaciones infructuosas, cuando pagó 100 CUC al contacto y luego 50 más para los que vinieron a hacer la instalación. Después de Irma otra amiga me aseguró haber escuchado con sus propios oídos la negociación entre una señora y un liniero para que le resolviera, cuando más de tres millones 559 mil personas o entidades estaban afectadas, el pronto retorno de la electricidad. Ya había oído yo que en las notarías habaneras la viabilización del trámite de compra-venta estaba costando 50 CUC, el viernes pasado había subido a 100, “porque imagínese, hay casos atrasados por el huracán”.

“¿A cómo está la pata de cebolla esa?”, “A 4, a 6 y a 8, mi china, todo subió después de Irma”, y la más cara que se encontraba uno antes costaba entre 5 y 6, y ya era cara, y estoy hablando de cuc, lo que ya la gente llama peso, porque la verdad que el otro está cada vez más desprestigiado.

¿Cuánto costará ahora ese trabajo en una firma por el que se pagaban 1000 CUC —sí, mil, no me equivoqué de ceros—? Ante tal desatino no debería yo quejarme del vendedor de mi bodega, cuando el extenderle los únicos 20 pesos cubanos que llevaba en la cartera, me devolvió solo un billete de a diez, cobrándome el doble por un paquete de sal que posaba flamante encima de su precio oficial. ¿O debo quejarme? Ante mi conjetura respondió: “Esta es a 10, mami, ¿o la quieres de la mojada?”

Ya es bastante duro que el índice de pobreza mundial conste para familias de cuatro personas que sobrevivan con menos de 120 dólares al mes y en este país no quiera usted sacar la cuenta. Ya es bastante inhumano que un fenómeno climatológico deje sin techo y pertenencias —las pocas, las que fueran— a muchísimas personas; que de los muertos del Caribe diez fueran cubanos, y que, de esos diez, siete fueran habaneros, casi todos por negligencias que ya se habrán debido analizar. Ya es bastante que siempre tenga una que salir a la calle con toda la atención y tensión del universo, porque de ventajistas y aprovechados nos rodeamos.

Y se aplica entonces una política penal de severidad contra aquellos que cometieron o cometan delitos en momentos excepcionales, como el paso del huracán Irma. Ya se han abierto, de hecho, 18 procesos penales por hechos vandálicos contra tiendas minoristas. Pero este proceso de recuperación también está siendo un momento excepcional, sino analicen a ese que quiso comprar las 400 bolsas de nailon en el mercado de 17 y K frente a una cola gigante que le gritó “El pueblo está alerta”. Y esto es solo un cándido ejemplo de a dónde han llegado algunos cubanos dando codazos.

Según escuché en el programa televisivo Mesa Redonda, los delitos registrados en estos momentos han sido hurtos, robos con fuerza y, por supuesto, especulación y acaparamiento. Para este último la Fiscalía General está solicitando la sanción de confiscación de los bienes.

No obstante, cuando ya han llegado más de 500 mil dólares en ayudas y recursos, materiales y herramientas para la reconstrucción, mosquiteros, lonas de plástico, bidones de agua, kits de cocina e higiene, entre otros, muchos cubanos han posteado en Facebook que, por favor, no envíen las ayudas a instituciones oficiales. ¡Qué triste el descreimiento! Casi no hay de otra cuando Irma pudo desplomar la óptica holguinera para cuya restauración y acondicionamiento se había destinado un altísimo presupuesto no hacía aun seis meses, o llevarse toda la cubierta del Teatro Avellaneda en Camagüey, de cuya lenta y oscura rehabilitación fuimos testigos; o cuando vemos que el cemento que no hay en las tiendas, porque se supone prioridad para los desbastados, aparece por la izquierda. Por la izquierda, sí señor.

Ya lo dicen Isabel Santos y Luis Alberto García en Ya no es antes: “Resolver es el verbo nacional”. Pero hay que ver hasta dónde, hasta cuándo, hasta qué consecuencia dejamos correr esta decadencia que nos hace irnos a menos. Ese balcón que cayó encima de esa guagua tampoco debió suceder, por añadas y dañadas que estén las estructuras. Hay lujos humanos que no debemos darnos, y yo no sé si es misión de la Defensa Civil, que se luce de eficiencia en estas situaciones, prever y contrarrestar estos otros balcones que se van cayendo cuando ante la menor oportunidad  —y esta es una situación excepcional, de desastre, de crisis— sale el vivo y te dice “yo tengo”, “yo resuelvo”, “yo te puedo conseguir”, y uno ya va directo por ahí porque ni modo por la vía de verdad.

Este tiempo es de flacos. Cuba sabe muy bien sortear tiempos como este y lo mismo recoge las banderas de la Tribuna Antimperialista para ponerlas a secar en un barrio entero, que pone a extraños a dormir bajo sus mismos techos porque todavía somos solidarios, y luego vamos aguerridos y felices a ayudar en lo que se pueda. Y desde la cultura cantando y haciendo todo eso que saben hacer muy bien nuestras brigadas artísticas; pero para engordar hará falta que se ponga la vista también en ciertas cosas, en esos deslices que otorgan un poder casi aberrante al que tiene en sus manos la posibilidad de ponerte la luz antes si hay dinero por el medio. Y aunque quiero creer con Benedetti que “Todo verdor renacerá”, hay que ver con cuál tono de verde nos quedamos.

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2 Responses to El ojo del amo

  1. La entiendo 100%, lavana es una jungla, no es la jungla de asfalto, neones, acero y vidrios, es una selva de miserias humanas. Es cierto, a cada paso un timador, en todas las situaciones alguien te colima en busca de una debilidad de la aprovecharse. Para el que viene de una suave comarca , llegar y descubrir el entramado de coimas es chocante. Un vecino, cobra una “comision” por llevar un cliente, parquear en un area publica significa pagar luego a nosequien, pero tiene una chaquetica de Havana Club y parece oficial, si quieres comprar una casa hay que ir cinturon de seguridad o de castidad, a saber. Algo se puede dar por seguro, siempre te querran joder. No existe eso de …pacto de caballeros…
    La culpa no es de los habaneros, ellos se fueron hace rato, es la oleada migratoria de lo mejor y lo peor de toda la isla, que crece alli en ese caldo de cultivo de Triple moral institucional, Descaro descarao a la cara y tambien de oportunidades, mas flexibilidad al emprendimiento, escuelas privadas( si afirmativamemte, las hay) paladares de hijitos, en fin… y ahora nos pasa un ciclonazo por arriba. Las condiciones estan dadas para un brote de inconformidad existencial, hace falta que no sea epidemico.

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