El golpe militar de Estados Unidos en cámara lenta

En una democracia, nadie debe sentirse cómodo al saber que los generales han impuesto disciplina a un jefe de estado electo. Se suponía que eso nunca ocurriera en Estados Unidos. Ahora ha sucedido.

Entre las imágenes políticas más duraderas del siglo 21 estuvo la junta militar. Era un grupo de oficiales de expresión adusta, por regla general de tres miembros, que se alzaba para controlar un estado. La junta toleraba a las instituciones civiles que aceptaran ser serviles, pero al final imponía su propia voluntad. Hace tan solo unas décadas, juntas militares gobernaban importantes países como Chile, Argentina, Turquía y Grecia.

En estos días, el sistema de la junta está regresando nada menos que a Washington. El poder supremo para conformar la política exterior y de seguridad de Estados Unidos ha caído en manos de tres militares: el general James Mattis, secretario de Defensa; el general John Kelly, jefe de personal del presidente Trump; y el general H. McMaster, asesor de seguridad nacional. No se ponen sus medallas para pasar revista a desfiles militares ni para enviar a escuadrones de la muerte a matar a sus oponentes, como lo hicieron los miembros de las viejas juntas. Sin embargo, su aparición refleja una nueva etapa en la erosión de nuestras normas políticas y la militarización de nuestra política exterior. Otro velo está cayendo.

Dada la ignorancia del presidente acerca de los asuntos mundiales, la aparición de una junta militar en Washington puede parecer un alivio. Después de todo, sus tres miembros son adultos maduros con experiencia global –a diferencia de Trump y algunos de los dementes agentes políticos que lo rodearon cuando se mudó a la Casa Blanca. Ya han ejercido una influencia estabilizadora. Mattis se niega a unirse a la prisa por bombardear a Corea del Norte; Kelly ha impuesto cierto orden al personal de la Casa Blanca; y McMaster se distanció deliberadamente de los elogios de Trump a los nacionalistas blancos después de la violencia en Charlottesville.

Ser gobernados por generales parece una alternativa preferible. No lo es.

Los militares, como todos nosotros, son productos de sus antecedentes y ambiente. Los tres miembros de la junta de Trump tienen entre ellos 119 años de servicio en uniforme. Naturalmente, ven el mundo desde una perspectiva militar y conciben soluciones militares a sus problemas. Eso conduce a un conjunto distorsionado de prioridades nacionales, con las “necesidades” militares siempre clasificadas como más importantes que las locales.

Trump ha dejado en claro que cuando él debe tomar decisiones de policía exterior, se defiere a “sus generales”. Mattis, el hombre fuerte de la nueva junta, es el exjefe del Comando Central, el cual dirige las guerras estadounidenses en Oriente Medio y Asia Central. Kelly es también un veterano de Irak. McMaster ha comandado casi sin interrupción a tropas en Iraq y Afganistán desde que encabezó una compañía de tanques en la Guerra del Golfo de 1991.

Los jefes militares son entrenados para luchar en guerras, no para decidir si la lucha tiene sentido estratégico. Pueden decir a Trump cuántas tropas son necesarias para mantener nuestra actual misión en Afganistán, por ejemplo, pero no están capacitados para preguntar o responder a la pregunta más amplia de si la misión sirve al interés a largo plazo de Estados Unidos. Esa es tarea de diplomáticos. A diferencia de los soldados, cuyo trabajo es matar gente y romper cosas, los diplomáticos están capacitados para negociar, desactivar conflictos, evaluar fríamente el interés nacional y diseñar políticas para promoverlo. A pesar de la relativa reserva de Mattis acerca de Corea del Norte, los tres miembros de la junta de Trump promueven el enfoque de confrontación que ha traído la guerra prolongada en Afganistán, Iraq y más allá, al tiempo que alimentan la tensión en Europa y Asia oriental.

Nuestra nueva junta es diferente a las clásicas como, por ejemplo, el “Consejo Nacional para la Paz y el Orden” que ahora gobierna en Tailandia. Primero, el interés de nuestra junta es solo las relaciones internacionales, no la política interna. En segundo lugar, no tomó el poder por medio de un golpe, pero deriva su autoridad del favor de un presidente electo. En tercer lugar y lo más importante, su objetivo principal no es imponer un nuevo orden, sino hacer cumplir uno viejo.

El mes pasado, el Presidente Trump se enfrentó una decisión crucial acerca del futuro de la guerra de Estados Unidos en Afganistán. Este fue un potencial punto de inflexión. Hace cuatro años Trump tuiteó: “Salgamos de Afganistán”. Si hubiera seguido ese impulso y anunciado que traería de vuelta a las tropas estadounidenses, la élite política y militar de Washington habría quedado atónita. Pero los miembros de la junta entraron en acción. Persuadieron a Trump de que anunciara que en lugar de retirarse, haría lo contrario: rechazar la “salida rápida” de Afganistán, aumentar la fuerza de las tropas y continuar “matando  terroristas”.

No es una gran sorpresa que Trump haya sido llevado hacia la corriente principal de la política exterior; lo mismo sucedió con el presidente Obama a principios de su presidencia. Lo más ominoso es que Trump ha entregado gran parte de su poder a los generales. Lo peor de todo es que muchos estadounidenses encuentran esto tranquilizador. Están tan disgustados por la corrupción y la miopía de nuestra clase política que recurren a los soldados como alternativa. Es una tentación peligrosa.

Foto de portada: El Asesor de Seguridad Nacional, H. R. MacMaster y el Jefe de Personal de la Casa Blanca, John Kelly, observan la presentación del presidente junto al Secretario de Estado Rex Tillerson y el Vicepresidente Mike Pence, en agosto / Chip Somodevilla / Getty Images / Archivo.

(*) Stephen Kinzer es miembro principal del Instituto Watson de Asuntos Internacionales y Públicos de la Universidad de Brown.

(Tomado de The Boston Globe)

Traducción de Germán Piniella para Progreso Semanal.

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