Venezuela: entre negociaciones y acoso

LA HABANA. Todavía bajo los efectos del huracán Irma, esta semana se reiniciaron en República Dominicana las conversaciones entre el gobierno y la oposición venezolana.

Aunque muchos dudan de que fuerzas tan polarizadas alcancen acuerdos significativos, resulta evidente que refleja el efecto del apoyo popular a la convocatoria a la Asamblea Constituyente, lo que neutralizó un clima de confrontación que alcanzó niveles extremos de violencia en las calles y el acoso internacional al gobierno venezolano. Hasta Donald Trump ahora habla de apoyo al diálogo.

La victoria electoral de Hugo Chávez en 1998 marcó el despunte de un movimiento de resistencia latinoamericano a la implantación del modelo neoliberal instaurado en la región por el capital financiero internacional, las empresas multinacionales y las oligarquías nativas, bajo la sombrilla de la política de Estados Unidos.

Su influjo alcanzó rápidamente a buena parte del resto de la región y propició lo que se dio en llamar la emergencia del “ciclo progresista”, donde se plantearon transformaciones políticas y sociales hacia lo interno de los países, se impidió que cristalizara el Acuerdo de Libre Comercio de las Américas (ALCA) y se abogó con más fuerza que nunca por la integración latinoamericana y caribeña, con resultados que afectaron la hegemonía norteamericana en el área.

Eso explica que los gobiernos de Bush, Obama y, ahora Trump, hayan articulado políticas muy agresivas contra la Revolución Bolivariana y que a ella se hayan sumado no solo los sectores opositores domésticos, sino la derecha latinoamericana en su conjunto, especialmente después de las derrotas del movimiento popular en Argentina y Brasil.

Tanto los sectores liberales como conservadores norteamericanos apoyaron esta ofensiva, pero en su convocatoria y organización se ha destacado la extrema derecha cubanoamericana, por lo que otra vez Miami se convirtió en la  capital política de estos grupos.

Famosa por su agresividad frente a cualquier proceso nacionalista latinoamericano, desde su posición como presidenta del Comité de Relaciones Exteriores de la Cámara de Representantes, entre 2011 y 2013, la congresista Ileana Ros-Lethinen devino el centro aglutinador de la derecha latinoamericana, a quienes facilitó el propio Capitolio norteamericano para llevar a cabo sus actividades. Ahora ese papel ha pasado a desempeñarlo el senador Marco Rubio, propulsor de las políticas más belicosas de la administración Trump hacia el área.

Vale señalar que no solo se trata de un movimiento inspirado en el fundamentalismo ideológico, ni exclusivamente es una política imperialista interesada en el balance regional a su favor. Para la derecha latinoamericana, la existencia del actual gobierno revolucionario venezolano constituye un problema de política doméstica, toda vez que esta influencia puede determinar su propia existencia como clase dominante. Aquí radica la terquedad de los fallidos intentos de condenar a Venezuela en la OEA, comprometiendo aún más el prestigio de ese órgano y el sistema panamericano en general.

El desarrollo de un proceso revolucionario en un país continental tan rico como Venezuela, constituye un impedimento extraordinario para sostener el modelo neoliberal en América Latina y el Caribe. Es incluso un mal ejemplo para los sectores dominantes de los países capitalistas desarrollados, lo que explica que todos se hayan sumando a la campaña contra el chavismo. Cuando el gobierno español demoniza al venezolano, está enfocando los cañones contra la izquierda vernácula, representada por el partido Podemos.

Escalando las tensiones que originó la directiva de Obama de declarar a Venezuela una amenaza a la seguridad nacional de Estados Unidos, Trump planteó la posibilidad de una intervención militar al país. Hasta Santos, en Colombia, reaccionó espantado, consciente de que las fuerzas que empujan esta tendencia no temen al caos que provocaría una acción de esta naturaleza.

Al contrario, alentados por las enormes ganancias resultantes de estas intervenciones y confiados en su capacidad represiva para “reconstruir” los países que previamente destruyen, a ciertos sectores de la oligarquía norteamericana y sus aliados nativos les resulta funcional este estado de cosas, para imponer, a la larga, las políticas más antipopulares. Así ha sido, desde que los “Chicago boys” encontraron en la dictadura de Pinochet el escenario ideal para implantar el “capitalismo sin distorsiones” en América Latina.

Esas son las alternativas que hoy se deciden en Venezuela y lo que realmente importa a la hora de asumir posiciones. Claro está que no se trata de un gobierno perfecto, el chavismo no ha sido capaz de extirpar de su seno la corrupción e ineficacia endémicos en la historia política venezolana, tampoco transformar un Estado rentista que ha tenido que enfrentar el desplome del mercado petrolero, pero ha hecho más por el pueblo venezolano que ningún gobierno anterior y eso es lo que le ha permitido sobrevivir lo que parecía una muerte anunciada.

En esa capacidad de resistencia radica lo excepcional del proceso político venezolano y es su fuente de su legitimidad.

Foto de portada: EFE.

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