LA HABANA. En Buenavista (municipio Playa) y en el Canal (Cerro), lo primero que hacen algunos cuando viene la corriente es conectar el refrigerador. Lo segundo, poner la música alta. Es su forma de enderezar los días, de volver a la vida normal.

Los laureles del Paseo del Prado parecen una gran obra de naturaleza muerta: están de pie, pero completamente marchitos. Desde un balcón derruido cercano a Neptuno, se oía un reguetón a todo dar, y había gente bailando, manos arriba. En el Parque Central, medio desarbolado, la peña deportiva sigue incólume, y otros habituales mantienen su vaso con ron.

El espíritu de resistencia escoge maneras singulares.

“Oye, yo soy muy ‘arribita’, la verdad”, asegura Lidia mientras vigila su refrigerador secándose al sol, al lado de unos cojines también húmedos. El mar entró a su casa (a un costado del hospital Hermanos Ameijeiras, en Centro Habana), hasta tapar los muebles, alrededor de un metro.

Por suerte, ella pasó el huracán a dos cuadras de allí, en casa de su nieto. “Cuando volví y entré, no sabía si llorar, si estar tranquila. Y me dio una cosa así… una tristeza en el corazón…”.

Dice que representantes del Poder Popular y del Partido han recorrido el barrio, hablando con las personas, dándoles ánimos. Las pipas con agua llegan con bastante frecuencia, y también han recibido comida: “arroz y carne de puerco, unos panes con queso, unos pomitos de refresco… para aguantar el momento”.

Los de su cuadra han tratado de ayudarse, y comparten algo más que las penas. “Ayer yo hice potaje, la otra vecina trajo arroz, la otra unos perritos con papas…”. Una mujer la saluda, y le aconseja que le eche agua limpia al refrigerador, y luego le pase secadora, que así ella hizo con el suyo.

Antenoche (miércoles) pusieron la luz durante una hora, pero no conectó ningún equipo, por si acaso. El departamento de Radiología del hospital queda frente a la puerta de Lidia. Como ahí hay corriente, le hicieron el favor de cargar su celular. “Mire, compañera, me debe 50 pesos”, bromea un trabajador, y le devuelve una linterna de batería. “Gracias, mi amor, te pago ahora cuando encuentre el monedero, que me lo llevó el agua”. Los dos se ríen.

Una señora viene a saber cómo está. “Ay, Toñita, lo que nos ha pasado ha sido muy grande”. Toñita anda jaba en mano, en busca de comida. Fue hasta la tienda de Infanta y San Lázaro, pero continúa cerrada por tupición. “Si quieres guardar algo, yo tengo luz; si necesitas cualquier cosa, tú me llamas”, se despide.

Ahorita Lidia habló con su hermana, que vive en Miami Dade, y tampoco había corriente aún. Las dos orillas han soportado el mismo ciclón; los unos se angustiaron por los otros. “El problema es que la mitad de aquí está allá”, resume.

Para ella las prioridades quedan claras: “estamos vivos, mi amor; todo lo material lo recuperamos poco a poco”. Sin embargo, al doblar, en Oquendo esquina San Lázaro, parece más difícil ser optimista. “¿Un metro? Asómese para que vea”. La marca del agua está por encima de la cabeza del hombre.

Zapatos, almohadas, colchones… las viviendas se viran hacia afuera, escurriéndose, soleándose. Tatiana no piensa cocinar hoy, porque no tiene fogón. Tampoco hay cerradura en su puerta, y no le preocupa dormir sin seguridad, porque lo que alguien querría robarse, ya se lo robó el mar.

Primero, lo primero: en dos carpas improvisadas, como de carnavales, se expenden productos de aseo y conservas. La mermelada de mango nadie la compra, asegura el dependiente, sin embargo solo venden dos latas de sardinas por persona, para evitar el acaparamiento.

-¿Hasta qué hora están aquí?

-No sé, mami… Hasta que nos digan. Ayer fue como hasta las ocho de la noche.

Ayer sacaron galletas, y la cola se puso complicada, tanto que la policía intervino. “Si fuera para comer, okey. Pero después tú ves a la gente revendiendo”, cuestiona Lidia.

Tampoco estuvo de acuerdo con que se llevaran a un carretillero que pasó. “Si el estado no tiene la vianda, deja que el del carrito ‘se defienda’… Mira, si te lo alcanza hasta la casa. Ah, ¿de dónde él lo trajo? Sabe Dios; de donde sea. Pero igual está ayudando a la población”.

En una esquina, un trabajador de la campaña antivectorial, de esos que la gente llama “los mosquitos”, reparte instrucciones a un grupo de mujeres. Un oficial de las Fuerzas Armadas les explica también. Ellas son médicos.

Se esparcen entre los edificios para dar charlas sobre prevención de las enfermedades diarreicas. Van apartamento por apartamento, y distribuyen veneno de ratón y productos para tratar el agua. “No todo el mundo te recibe bien, pero bueno, siempre se entiende la situación”, comenta Adnisel, de Guantánamo. Naile, de la misma provincia, relata que ya hicieron esta labor en el municipio Diez de Octubre.

Ambas se hospedan en el poblado de Casablanca, al otro lado de la bahía habanera, donde pernoctan unos 300 doctores de distintos lugares del país. Regresan a sus casas el dos de octubre, cuando llegará el relevo de otro contingente.

La wifi del parque Trillo ya funciona, y muchos vuelven a conectarse. Aquí una brigada de convictos limpia lo que el viento arrancó. Juan Carlos dice que cuando terminen esta parte, los mandarán a la calle Zanja, aunque no sabe cuándo concluirá todo el trabajo.

De hecho, un reclamo bastante extendido tiene que ver con la recogida de basura en varios municipios. Parte de la responsabilidad corre por algunas personas, que amontonan desechos al lado de los tanques vacíos.

Si por lo general los servicios comunales muestran problemas, ahora se ven simplemente desbordados, y es comprensible. La recuperación será eso: agilizar en un lado, y esperar en otro.

Pupy, dependiente del agro de San Rafael y Hospital, afirma que no han parado de vender. “Los dos días después del ciclón, hasta las ocho; y los demás, ‘cuero’ hasta las seis”. Señala que no se les echó a perder casi nada, solo los techos de lona se afectaron un poco. El suministro incluyó malanga isleña, papa, boniato…

-Pero aquí nada más hay plátano…

-Han surtido, pero ya se acabó. Ayer yo puse ese saco de yuca ahí, y mira lo que queda.

Cerca iba un florero con el triciclo lleno de mariposas y gladiolos, y unos niños hacían Educación Física en la calle. “Los huracanes con nombre de mujer son los peores”, jura un paisano. Nos salva reírnos de todo y de su madre.

“Diosito, ¡pero qué coño es esto!”, se desesperaba la vecina cuando no había vuelto la corriente. Alguien intentaba consolarla: “Si no viene la luz, hacemos una fogata”. Nos salva esa obstinada cultura de hacer limonada cuando la vida solo da limones.

Fotos: Eileen Sosin Martínez.

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