LA HABANA. Ahora el cubano ya no dice “la madre de los tomates” cuando quiere generalizar; ahora se dice “malanga y su puesto de vianda”, e imagino que estas frases hayan surgido al amparo del precio de cada uno de estos productos en el tiempo en que mayorearon el mercado. Hay que recordar que la gente prefirió el chopo a la malanga porque era un lujo este segundo tubérculo. Y mucho escuché a padres mencionar tal palabra abriendo los ojos y llevándose las manos a la cabeza, como me las llevé yo hace unos días en el agro —¿o debo decir boutique?— de 19 y B, donde cinco tomates del tamaño de mi puño, puño de mujer delgada, hicieron dos libras y medias. “70 pesos”, me dijo el vendedor, y cuando le extendí 3 CUC agregó: “A 23, mami, aquí lo cogemos a 23”, y por lo tanto tuve que poner un peso más.

“No hagas más eso”, me dijeron cada uno por su cuenta mi madre, mi novio y mi amiga Ana. Pero yo quería comer tomates, que no solo son fuente rica en antioxidantes y reducen los efectos del envejecimiento, también son un manjar con pan, y me encantan. ¿Por qué tuve que preparar la ensalada de esa tarde con angustia?, ¿por qué Ana, mi novio y mi mamá prefieren no comer tomates? ¿De dónde vienen estos precios desorbitados? ¿A qué por ciento por encima del costo se venden los productos en las tiendas recaudadoras de divisas del Estado? Al 240 % si son productos importados, y al 230 si son de producción nacional. ¿De cuánto sigue siendo nuestro salario?

Lo cierto es que esto de la inflación en Cuba es ya patológico y desconcertante, porque mientras haya quien pague habrá quien cobre, y si dos o tres como yo compraron los tomates a ese precio, de ese precio no van a bajar. Porque en el mercado de la EJT (Ejército Juvenil del Trabajo), donde en la pizarra figuran a $3.80 pesos cubanos por libra, no los ves de ningún tipo. Entonces debes aprovechar el quimbombó y el aguacate, y te casas con ellos como con el pollo y la carne de cerdo. Y todavía no se sabe cómo tenemos una esperanza de vida a la altura de la de países desarrollados, con esta dieta de tupir arterias. Pero también mientras haya quien cobre tendrá que haber quien pague, porque tiene un negocio particular ya sea de comida o de hospedaje, o porque del negocio puede pagarse el ¿lujo? de otorgarle equilibrio alimenticio a su salud.

La ley de oferta y demanda es aquí una locura, por mucho que el Estado haya estipulado precios y tome medidas al respecto la gente sigue cobrando lo que le parece justo porque luego debe ir a pagar el par de zapatos y el queso gouda a precio del primer mundo, o más bien a mucho más, porque con lo que compraría usted un galón de cinco litros de aceite de oliva extra virgen en la Europa que lo produce, puede usted comprarse aquí solo un litrico, cinco veces el precio. Y habrá quien diga que por qué quiere uno comprar aceite de oliva en un país donde no se puede andar con lujos, pero la serpiente se morderá la cola irremediablemente sin saber si el huevo es primero que la gallina solo porque ya los dinosaurios los solían poner.

También están los precios de las casas. Desde que se puede vender y comprar, y ahora que ya el Estado se dio cuenta de que el impuesto que ponía por la compra-venta era irrisorio al lado del verdadero costo, y subió estos impuestos, la gente pone unos precios de París que uno se asombra. Pero se te desencaja el maxilar inferior al ver que se compran esas casas a esos precios, porque el millonario iraní que puso la hermosa mansión a la orilla del mar a nombre de su amante cubana pagó los 100 mil dólares por ella, y el que tiene una casita de dos cuartos, baño, sala y cocina la vende a 30 mil, porque es en El Vedado, y cuídate del reparto Kholy, o las inmediaciones de Miramar.

Con 30 mil dólares se compra uno una casa amueblada y recién hecha en Punta Cana, y no la tiene que pagar al cash, puede pasar 30 años en el pago, y la gente lucha su dinerito mes por mes y no se lo siente tanto. ¿De dónde saca el cubano el fajo de billetes para pagar de una vez los 10 mil, 14 mil, 20 o 30 mil de una vez y luego el impuesto, y hasta el camión de la mudanza, por una casa a la que siempre habrá que pasarle un poco la mano, o en el mejor de los casos es de construcción capitalista, de antes de 1959, y por lo tanto no tiene las chapucerías de las nuevas construcciones por esfuerzo propio?

El surrealismo lo inventó un cubano. Apollinaire habrá sido el primero en usar el término, pero es aquí donde se alucina de verdad. Lo invito a que se quede un rato sentado en una esquina y escuche lo que se habla, y vea cómo se vive, y se dará cuenta de que los contrastes de este país son más letales que salir y entrar bruscamente de temperaturas muy bajas a muy altas.

Quiero disfrutar de mis tomates sin angustia, y quiero comer pescado alguna vez, y poder comprar frutas y vegetales porque llevarse algo a la boca no es exactamente alimentarse, y alimentarse es mi idea de comer. No se trata de comer para saciar el hambre y tomar polivit para ingresar las vitaminas y minerales que un plato monocromático no nos puede dar. Quiero tener la tranquilidad de que podré pagar mi calidad de vida con mi esfuerzo laboral, y quiero que no haya necesidad de que algunos intuyan un tufo neoliberal en nuestra economía.

Quiero la Cuba en la que “de cada cual según sus capacidades, a cada cual según sus necesidades”, con un concepto claro de cuáles capacidades, qué necesidades y cómo se deben satisfacer. Mañana seguramente querré una casa con jardín, pero también puedo sembrarme una amapola en un tiesto y esperar a que el sector privado no sea el único que se enriquezca, ni el estatal el que dobla por tercera, ni el negociante que se gana la vida con otra habilidad.

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