La principal amenaza a Estados Unidos

MIAMI – Donald Trump se siente frustrado, y eso es algo peligroso.

Frustrado porque la investigación acerca de Rusia no desaparece, los republicanos en el Congreso ya no le tienen miedo, los medios de comunicación no son engañados por la mayoría de sus mentiras, su plan –desde arruinar el sistema de salud hasta construir el Muro– es letra muerta.

Es peligroso por muchas razones, pero principalmente porque en áreas clave actúa como si quisiera acortar la vida de la especie humana, y es propenso a hacer las cosas más locas cuando se siente frustrado.

Primero, está la cosa de la guerra. Este es el hombre con los códigos nucleares, lo que significa que él podría, en sus propias palabras, desencadenar “el fuego y la furia de una manera que el mundo nunca ha visto”.

Al aparecer recientemente en MSNBC, dos exjefes de inteligencia estadounidenses dijeron que están preocupados porque Trump está –vaya– loco, y por ley está capacitado para iniciar por su cuenta una guerra nuclear, sin que nadie esté empoderado para vetar su decisión. Se supone que en tal eventualidad el presidente debe consultar con el secretario de Defensa,  pero el secretario sólo puede ofrecer una opinión. Trump puede presionar el botón independientemente de lo que piense el secretario de Defensa. De todos modos, ¿consultar Trump a alguien? ¿De veras?

Esos exfuncionarios de inteligencia, cuyo trabajo era principalmente identificar amenazas a la seguridad nacional de EE.UU., están preocupados porque han identificado uno. Y es el presidente.

Tanto en su carrera de negocios como en su carrera política, Trump ha demostrado que no sólo es agresivo, sino francamente belicoso. Se ha enredado en tantos pleitos que la gente ha perdido la cuenta. Él engaña en cada paso, lo cual le funcionó con contratistas impotentes, empleados, concursantes en programas de competencias, y estudiantes en su pseudouniversidad; pero no le ha funcionado ni le funcionará con gente como los líderes de China o hasta con Angela Merkel.

Tiene un temperamento volátil, es impetuoso en pensamiento y acción, hace amenazas absurdas, es ignorante de la historia, no escucha consejos, tiene una opinión grotescamente exagerada de sí mismo y de su propia capacidad. ¿De qué hay que preocuparse?

Este último rasgo de carácter es un problema especial, porque provoca errores de cálculo.

Recuerden que “Yo sé más que los generales”. Acerca de Afganistán, él acaba de admitir que no sabía más que los generales o que Obama al cambiar de rumbo en 180 grados.

Recuerden: “Construiré el Muro y México lo pagará”. Ahora ha tenido que admitir que México no lo hará y ha amenazado a su propia gente que cerrará el gobierno a menos que el Congreso le dé dinero de los contribuyentes estadounidenses para construir el Muro.

Más frustración para Trump. Es poco probable que el Congreso le dé el dinero. El presidente republicano de la Cámara de Representantes, Paul Ryan, dice que no habrá cierre, ni cómo, de ninguna manera.

Los expertos económicos dicen que un cierre ahora dañaría los mercados y la economía, la cual Trump prometió que haría grande otra vez.

Sólo el hecho de que últimamente él haya tenido que comer una dieta tan constante de estiércol de caballo –acerca de la atención médica, el Muro, Afganistán– debe agravar aún más a Trump. Con Trump siendo Trump y Corea del Norte siendo Corea del Norte, la guerra nuclear, aunque todavía improbable, no es imposible.

Tal vez aún más peligrosa –porque amenaza a los grandes protagonistas– es la reciente decisión de Trump de modernizar y ampliar la ya impresionante capacidad nuclear de Estados Unidos. Casi todos los expertos creen que esto podría provocar otra escalada en la carrera armamentista y hacer la guerra más probable. “Expertos, ¿quién los necesita?”, piensa Trump.

La otra gran cosa además de la guerra con la que Trump amenaza es el medio ambiente mundial, en el que está insertada inextricablemente la vida humana. Trump renunció al acuerdo climático de París. Nombró como jefe de la Agencia de Protección al Medio Ambiente (EPA) a su némesis, para así destruir mejor las regulaciones, desfinanciar programas clave, empoderar a la industria de combustibles fósiles.

Donald Trump siempre ha sido un hombre peligroso –para las mujeres, las minorías, los débiles y crédulos–, pero como presidente su “peligrosidad” (un concepto utilizado por los criminólogos del siglo 19) ha aumentado exponencialmente y ahora abarca todo el mundo. Desafortunadamente para la seguridad de los Estados Unidos, él ahora está metiéndose con un grupo más duro que tiene la capacidad y la voluntad de devolver con fuerza el golpe. Los antiguos jefes de inteligencia de Estados Unidos se dan cuenta de eso, y eso les quita el sueño todas las noches.

La administración Trump acumula más de una atrocidad por día. Aun así, se destaca el indulto al sheriff Joe Arpaio, el xenófobo más notorio, racista y despreciativo en la aplicación de la ley. Con las tensiones entre la policía y las minorías explosivas en extremo, esto equivale a jugar con candela. Calificarlo de irresponsable no es suficiente.

Pero la más trascendental atrocidad de todas, que es el tema de este artículo, es que no hay duda de que la principal amenaza a la seguridad de EE.UU., tanto a nivel internacional como internamente, es el hombre que ocupa el cargo más alto y que ha jurado defender la nación y su Constitución de todas las amenazas extranjeras e internas, el individuo que vive en el número 1600 de la Avenida Pennsylvania.

Traducción de Germán Piniella para Progreso Semanal.

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