“Unir a la Derecha” descubre un amigo en la Casa Blanca

En un entorno idílico, se pavoneaban.

Llevando suásticas y otros símbolos del odio, llegaron a una pacífica ciudad universitaria situada en el Virginia Piedmont: Charlottesville.

Llenos de odio irracional y miedo que se presenta como orgullo, cantando “los judíos no nos reemplazarán” y otros disparates racistas, marcharon hacia un viejo y sagrado bastión del conocimiento, una universidad fundada por un hijo nativo, Thomas Jefferson, campeón de la Ilustración.

Esta seguramente fue profanación, pero el verdadero objetivo era la provocación. Nos van a tener por todas partes, decían. Vamos a invadir incluso su pequeño espacio de seguridad académica y gritar nuestro desprecio por ustedes desde lo alto.

Locos por pelear, cargados de asesinato y caos, este oscuro ejército de la noche, iluminando su camino con antorchas, vino trayendo un mensaje: Somos Amérika. Nosotros. Para excluirlos a ustedes. Aprendan a vivir con eso. O habrá sangre. Y la hubo.

La sangre de Heather Heyer está en las manos del hombre que atropelló con un vehículo a una multitud, matándola e hiriendo a muchos otros. Y en las manos de los que organizaron y participaron en aquel fatídico encuentro de Unir a la Derecha, en esta isla de azul demócrata, en este refugio liberal en un mar de rojo republicano. Y también en las manos del hombre de la Casa Blanca. Y, oh sí, en las manos de casi la mitad de Estados Unidos que lo colocó allí.

La reacción espontánea del presidente Donald Trump ante la tragedia de Charlottesville–su simpatía por los grupos de odio, la hostilidad hacia quienes se oponen a ellos– dice mucho acerca de su posición y de quién es él. Reprensible, chocante fue la respuesta; sorprendente, no.

Trump creció en momentos en el que el racismo era el valor por defecto, en el pensamiento y la acción, cuando la mayoría de los blancos miraban al mundo a través de una lente sesgada, casi invisible para ellos y palpable para los negros.

Bajo la tutela de su padre, Trump entró en el sector inmobiliario y participó en la discriminación racial que era el procedimiento operativo normal en la industria en ese momento. En su posterior carrera personal en los negocios y los medios de comunicación, siguió mostrando los mismos prejuicios y participando en las mismas prácticas racistas.

Luego, en el tercer capítulo de su vida, construyó una carrera política basada sobre todo, como pilares de apoyo, en el racismo y la religión de la culpa ajena, con chauvinismo masculino, burlándose de los discapacitados y despreciando los derechos de las personas LGBT.

Para Trump, a diferencia de muchos de sus contemporáneos, nunca hubo un reajuste, un replanteamiento de suposiciones, una renuncia a los prejuicios. Como demasiados otros blancos de su generación y de otras, en el camino a Damasco nunca hizo una pausa para hacer balance y cambiar su trayectoria.

Durante su campaña y durante su presidencia, Trump desempeñó el papel principal en la creación y reforzamiento del clima político tóxico que provocó Charlottesville. En el camino, ha tenido, y todavía tiene, numerosos facilitadores, apologistas y aduladores. Pero Trump, el principiante político, era el único poseído por el genio malvado de poder ver hasta el núcleo venenoso de la base republicana y el único dispuesto a liberar el veneno en la atmósfera y extenderlo a los cuatro vientos.

Hay por lo menos una cosa más acerca de Donald Trump y el secreto de su éxito que se hizo muy patente por primera vez debido a Charlottesville. Donald Trump apela a los tipos de Unir a la Derecha porque es uno de ellos. Ellos pueden ver a través de la delgada capa de civilidad, detectar la sinceridad de su racismo y su fanatismo en general. El hombre no está posando para obtener ganancias políticas. Este es él en realidad.

¿Qué sigue? Increíblemente ahora esta es ahora una nación aún más polarizada que hace unos días. La derecha está ahora más empoderada por las apologías de Trump y porque sienten que ganaron. Porque ellos fueron los que provocaron la sangre. Porque obtuvieron el respaldo definitivo.

Es probable que los racistas de cuello y corbata bajo el radar en el liderazgo republicano probablemente se concentren en el movimiento antifascista, o “antifa” en aparente homenaje a la intifada. Los liberales y la mayoría de la izquierda también ven el antifa como contraproducente, un parásito dañino dentro de la resistencia.

Pero me pregunto si no nos estamos acercando a una situación como la de Alemania en la década de 1930, cuando los nazis campeaban por las calles, sus moderados oponentes montaron una débil resistencia, y sólo los comunistas se dieron cuenta de que las opciones eran luchar o rendirse.

Traducción de Germán Piniella para Progreso Semanal.

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