La derecha tomó por asalto la democracia en EE.UU.

Con el arribo de Trump, este país se convirtió en el más peligroso: Noam Chomsky

Charlottesville es sólo la expresión más reciente de algunas corrientes de la ultraderecha que han existido en Estados Unidos a lo largo de su historia. Vale recordar que el Ku Klux Klan (KKK) fue fundado en 1866, y que en los años 20 del siglo pasado convocaba a decenas de miles a actos, incluso una manifestación masiva en la capital. O que en la década de los 30, decenas de miles participaban en actos pro nazis en ciudades como Nueva York.

Pero nunca antes –por lo menos en generaciones– un presidente ha justificado pública y explícitamente el mensaje de odio racista y antisemita de agrupaciones extremistas, algunas con antecedentes de actos de terror. Esvásticas, consignas nazis, antorchas y símbolos supremacistas blancos se exhibieron en marchas por una ciudad estadunidense, con el presidente Donald Trump afirmando que entre ellos había algunas finas personas con demandas legítimas.

Durante los días recientes, las expresiones del presidente detonaron una respuesta de reprobación casi universal, colocando a Trump tal vez en su peor crisis política desde que ingresó a la Casa Blanca. Pero también reveló algunas de las diversas corrientes de lo que se llama la derecha en este país. Aunque las expresiones más extremas son las más dramáticas, otras menos visibles son mucho más poderosas, y todas estas de alguna manera están ligadas al fenómeno Trump.

Con el triunfo de Donald Trump, la derecha tomó por asalto la democracia de Estados Unidos. Con ello, Estados Unidos es ahora el país más peligroso del mundo, afirma Noam Chomsky.

Aunque no hay precedente de que un populista con tintes neofascistas haya ocupado la Casa Blanca, junto con un elenco de asesores y secretarios que provienen de algunos de los sectores más extremos de la cúpula política. El triunfo tomó por sorpresa al mundo –pocos lo habían pronosticado, pero el surgimiento de un populista de derecha no vino de la nada, sino de movimientos y multimillonarios derechistas con larga trayectoria dentro de este país que se autoproclama faro de la democracia.

Al conseguir la presidencia, la derecha populista nacionalista ha logrado su mayor triunfo en la historia de este país. Pero la derecha nacionalista, tradicional, y la corriente ultraconservadora del Tea Party, entre otras, no son lo mismo sino sólo una expresión del mosaico derechista en el país que se considera el último superpoder, donde conviven multimillonarios, analistas, políticos, comentaristas, académicos derechistas, un amplio sector de la clase obrera blanca abandonada y agrupaciones extremistas armadas. Algunos comparten raíces históricas con el fascismo de la primera parte del siglo XX, otros son expresiones muy recientes, no necesariamente aliados, aunque en ocasiones colaboran.

Eso se ha manifestado desde los primeros días del nuevo gobierno, donde a pesar de que el Partido Republicano, bajo mando conservador, controla el Ejecutivo y el Legislativo (y, con la incorporación del Neil Gorsuch a la Suprema Corte, ahora toma control del Judicial), no hay consenso sobre políticas y más bien se han manifestado intensos conflictos tanto dentro la Casa Blanca (entre los llamados nacionalistas contra los globalistas), y entre el Ejecutivo y la dirigencia legislativa.

El bufón fascista

Trump, cuyo padre racista de origen alemán se dedicó a los bienes raíces en Nueva York (denunciado por un inquilino, el famoso cantautor Woody Guthrie, inspirador de Bob Dylan, Bruce Springsteen y Billy Bragg, entre tantos otros), quien vivió un tiempo en uno de sus varios edificios) le heredó la fortuna a su hijo Donald, a partir de la cual construyó un imperio de edificios, casinos, hoteles y campos de golf que hoy día llevan su apellido de manera ostentosa.

Desde joven, Trump fue en parte capacitado por algunas de las figuras clave en una de las eras más represivas de este país, el macartismo. Roy Cohn, el famoso abogado golpeador al servicio del senador Joseph McCarthy (también representaba a una de las familias de la mafia en Estados Unidos), fue contratado por los Trump para defenderlos ante una demanda del gobierno federal por prácticas de discriminación racial en sus propiedades para vivienda (perdieron), Cohn se volvió cuate de Donald Trump y eventualmente fue quien lo presentó con quien a la postre se convirtió en su jefe de campaña por unos meses, Paul Manafort.

Destacado cabildero y estratega de algunas de las figuras mundiales más cuestionadas en tiempos recientes. La lista de los clientes del despacho de Manafort incluye al dictador filipino Ferdinand Marcos; el líder contrarrevolucionario y mercenario Jonás Savimbi, de Angola; el dictador Mobutu Sese Seko, del Congo, junto con sus pares en Nigeria, Kenia, Somalia, Perú y República Dominicana. Sus afanes lograron, por ejemplo, que el Congreso de Estados Unidos enviara millones de dólares en fondos encubiertos para la lucha contra el gobierno de Angola y sus aliados cubanos. Sus socios de negocios incluyen oligarcas, reconocidos traficantes de influencias y también de armas, agentes de servicios de inteligencia de varios países (incluyendo Pakistán), además de gente ligada al crimen organizado en varias partes del mundo.

Se especializaba en limpiar en Estados Unidos la imagen de dictadores, presentándolos como aliados heroicos de Washington contra las fuerzas del mal en el mundo, o esa gran frase luchadores por la libertad (freedom fighters). Su ex socio Roger Stone –quien continúa siendo hoy día asesor externo y defensor de Trump– comentó abiertamente que el negocio que dirigieron juntos fue enlistar a la mayoría de los dictadores del mundo que podíamos encontrar para prometerles una nueva imagen, así como acceso al poder político y económico de Washington.

Donald Trump fue uno de los clientes del negocio establecido por Manafort y Stone (junto con Charles Black, quien lanzó la carrera política de Jesse Helms) –los contrató para destruir la competencia potencial en su negocio de casinos en Atlantic City, sobre todo los intereses indígenas. La estrategia diseñada por el despacho fue para criminalizar la imagen de las tribus. Pero Manafort no aguantó a su ex cliente y abandonó la campaña por la presidencia, lo que, por otro lado, se aceleró cuando surgieron crecientes sospechas sobre los negocios de Manafort con intereses ligados a los rusos.

Pero el elenco alrededor era parte de la cúpula conservadora tradicional, ya que, de hecho, Trump no tiene una historia como ultraderechista –sus contrincantes republicanos en la campaña lo acusaban de ser un liberal disfrazado de conservador. Sin embargo, estaba dispuesto a usar a ese sector para sus fines electorales. Entendió, o por lo menos así lo hicieron sus estrategas, como Steve Bannon, que se encontraban en una coyuntura donde su talento populista –de presentarse como algo real en el reality show de la política electoral estadunidense– captó una creciente ola de repudio contra la cúpula política de este país, que se ha generado durante más de 30 años de políticas neoliberales.

Noam Chomsky explica que Trump es resultado de un giro a la derecha de los dos partidos políticos hegemónicos “durante el periodo neoliberal (…) desde Reagan (…) el cual ha sido un periodo de estancamiento y declive para gran parte de la población en muchas maneras –salarios, beneficios, seguridad–, mientras se ha concentrado enorme riqueza en una fracción pequeña de la población, en gran medida instituciones financieras (…) Tiene mayor concentración de riqueza, concentración de poder político y legislación para incrementar la concentración de riqueza y poder”, dijo en entrevista con Amy Goodman, de Democracy Now. Señaló que comentaristas conservadores han caracterizado a Trump como parte de una “insurgencia radical que ha abandonado la política parlamentaria –algo que ni siquiera esconden– y en los hechos el Partido Republicano de hoy califica como candidato a la organización más peligrosa en la historia humana”.

A la vez, la estrategia electoral derechista de los años recientes ha contribuido a nutrir el racismo, la xenofobia, el temor, así como cultivar el clima antimigrante y atacar incluso a la ciencia con una ofensiva religiosa y política a todos los niveles.

La estrategia se implementó desde la escala local hasta la nacional, ayudado por medios masivos, sobre todo el talk radio derechista y de manera notable el poderoso aparato mediático de Rupert Murdoch (Fox News, Wall Street Journal, New York Post, etcétera).

La cosecha de estas políticas se ha expresado en crímenes de odio, atentados terroristas de derecha, así como el surgimiento de todo tipo de políticos extremistas y movimientos manipulados, como el Tea Party. La cúpula política y económica del país ha logrado en gran medida controlar estas expresiones, hasta ahora. Robert Kagan, reconocido analista en Brookings Institution, acusó que Trump es creación del Partido Republicano, su monstruo, su Frankenstein, revivió por el partido, alimentado por el partido y ahora suficientemente fuerte como para destruir a su creador.

El año pasado, durante la etapa inicial de las campañas electorales, Kagan, en un artículo en el Washington Post, describió el fenómeno de Trump: al desatar resentimiento, ira y frustración nutridas por el Partido Republicano a través de la ola de opinión antimigrante y antiminorías, para elevar a un tirano al poder sobre los hombros del pueblo. Agrega: “Este fenómeno ha surgido en otros países democráticos o cuasi-democráticos a lo largo del siglo pasado, y generalmente se ha llamado ‘fascismo’”.

Concluye: “así es como llega el fascismo a América, no con botas y saludos a brazo alzado (…) sino con un charlatán de televisión, un multimillonario falso, un ególatra de texto que se ‘se enchufa’ a los resentimientos e inseguridades populares, y con un partido político nacional –por ambición y lealtad partidaria ciega, o simplemente por temor– que se forma detrás de él”.

Tal vez lo más notable es que gente del establishment, como Kaplan y toda una gama que va desde conservadores a progresistas han usado la palabra f para describirlo. El ex gobernador republicano de Massachusetts William Weld denunció que el plan de deportación masiva de inmigrantes es equivalente a la Kristallnacht de Alemania en 1938 (operación de los nazis para romper las vidrieras de los negocios de judíos y vejar a sus propietarios para infundir terror). El actor George Clooney declaró que Trump es un fascista xenófobo y familiares de judíos víctimas de Hitler han expresado su horror al comparar este fenómeno en Estados Unidos con lo que sufrieron en Europa.

Desde 2002 a finales del 2016, islamistas han lanzado nueve ataques que dejaron 45 muertos, mientras los militantes derechistas han atacado 18 veces dejando 48 muertos. En Charlottesville (en la imagen) cobraron una vida más. Foto: Xinhua.

Los amos de la derecha

Las diferentes vertientes de la derecha electoral –poniendo de lado la ultraderecha militante–, tanto el populismo nacionalista, cuya figura más poderosa por ahora es el estratega político de Trump, Steve Bannon, quien fue despedido el pasado viernes como parte de la intensa disputa interna entre las diversas corrientes derechistas en la Casa Blanca, así como una vertiente libertaria más tradicional que se expresa en el llamado movimiento Tea Party, tienen algo en común: detrás de estos movimientos, hay siempre multimillonarios.

Pero el epicentro de la derecha radical estadunidense contemporánea no se llama Trump, sino Koch. Los multimillonarios hermanos David y Charles Koch, dueños de Koch Industries, grupo dedicado al sector energético y uno de los conglomerados que más contaminan en el país, encabezan la red más formidable de agrupaciones electorales, tanques pensantes (think tanks), programas universitarios y medios que este país jamás ha visto. Pero no apoyaron a Trump.

Son la fuerza oscura, aunque no oculta, detrás de lo que se llama la revolución conservadora, en donde conservadores libertarios –neoliberales puros– han logrado tomar control del Congreso federal y la mayoría de las gubernaturas en los pasados 30 años.

Son quienes nutrieron y financiaron, y finalmente controlan, lo que se presenta como un movimiento de masas, el llamado Tea Party, que ha logrado consolidar un giro político desde la escala local a la cúpula política nacional. Personajes como el senador y ex precandidato presidencial Ted Cruz y el presidente de la cámara baja, Paul Ryan, fueron llevados al poder por este movimiento, entre cientos más.

El Tea Party, por cierto, fue un triunfo personal de los Koch, al lograr que su agenda política privada se convirtiera y canalizara en un movimiento popular de base.

Vale subrayar que el vicepresidente, Mike Pence, debe su carrera política en gran medida a los Koch, y algunos consideran que en parte está en la Casa Blanca como concesión necesaria del equipo de Trump al poder de estos multimillonarios.

Si uno entra al Museo Metropolitano de Nueva York, tiene que pasar por la plaza David Koch (donó 10 millones de dólares); si desea asistir al teatro en Lincoln Center, una de las salas lleva su nombre (100 millones fue lo que donó). Si va a ver los famosos dinosaurios en el Museo Americano de Historia Natural en Nueva York, esa sala también lleva su nombre (a cambio de 20 millones de dólares). Pero detrás de esa imagen de patrones de la cultura, están los hermanos Koch que han logrado comprar una buena parte de la democracia estadunidense (junto con otros multimillonarios de este país).

Los multimillonarios Koch desarrollaron su sofisticada estrategia durante las décadas recientes y la empezaron a implementar a principios de los años 80 –justo a la par del surgimiento de Ronald Reagan. Han acumulado una fortuna personal de 14 mil millones cada uno (en 2009) convirtiéndose en el sexto y séptimo hombres más ricos del mundo (en su fortuna combinada sólo los dejan atrás Bill Gates y Warren Buffett como los hombres más ricos de Estados Unidos), y la han usado para combatir toda regulación empresarial, laboral y ambiental, debilitar, si no destruir, a sindicatos, entre otras cosas, al impulsar leyes y colocar a políticos en todos los niveles de poder en este país.

Los Koch encabezan una red, según un cálculo, de alrededor de 700 ricos que influyen en el proceso político estadunidense. Sin embargo, por primera vez decidieron mantenerse al margen de la elección presidencial y no ocultaron su desprecio por Trump. Pero invirtieron decenas de millones de dólares para asegurar que los republicanos, sus republicanos, mantuvieran el control en ambas cámaras del Congreso, así como ampliar el control de sus aliados en los gobiernos estatales.

Un vocero de la red Koch comentó: queremos maximizar el número de senadores orientados a la libertad. Se había divulgado que el presupuesto original de la red encabezada por los Koch para este ciclo electoral era de 889 millones de dólares, pero al parecer fue más modesto, ya que se rehusaron a aportar a la contienda presidencial. La red anunció que tenía la intención de invertir más de 42 millones en ese afán.

Gran parte de estas maniobras durante el juego político-electoral fueron canalizadas por conducto de Americanos por la Prosperidad (AFP, por sus siglas en inglés), que actúa en varios frentes, pero sobre todo en movilizar bases, y el Fondo de Acción de Socios de la Libertad, la principal entidad de acción electoral de los Koch. A la vez, abiertamente informan que tienen una infraestructura de base permanente manejada por mil 200 activistas pagados en 38 estados de la unión, según reportó The Hill. AFP dice tener en sus filas más de 2.8 millones de individuos movilizados en su red nacional.

Una de sus nuevas entidades es la Academia de Liderazgo de Bases (Grassroots Leaders- hip Academy) que se dedica a capacitar militantes para las batallas político-electorales de AFP y desarrollar organizadores comunitarios para luchar por la libertad y contra las políticas progresistas y las narrativas falsas de la izquierda, según su sitio en Internet. Esta academia realizó o programó más de 116 sesiones de capacitación en 26 estados desde septiembre de 2015.

Otro proyecto reciente de los Koch es la llamada Iniciativa Libre, dedicada a promover los principios y valores de la libertad económica para empoderar a la comunidad latina estadunidense, para que pueda gozar y contribuir a una América más prospera. El sitio de Internet es bilingüe y sus lemas son gobierno limitado-oportunidades ilimitadas y capta tu sueño.

La fortuna de los Koch proviene de su imperio industrial centrado en hidrocarburos y papel, entre otros rubros. Koch Industries es la segunda firma privada (o sea, no está en las bolsas de valores) más grande del país, una de las empresas que provoca la mayor contaminación en esta nación –no por nada son uno de los principales promotores de los esfuerzos para negar el cambio climático.

El origen de la fortuna se debe al padre, Fred, quien recibió 500 mil dólares de Stalin por sus servicios en la construcción de 15 refinerías y un par de años después su empresa ayudó a Adolfo Hitler a construir la tercera refinería más grande de los nazis –produjo combustible para la fuerza aérea alemana durante la guerra, revela una extensa investigación de Jane Mayer, periodista de The New Yorker, en su libro Dark money, la historia de los multimillonarios detrás del surgimiento de la derecha radical.

El padre admiraba abiertamente a Alemania, Italia y Japón justo antes de la guerra y contrató a una nana alemana nazi para ayudar en la formación de sus hijos. Más aún, fue uno de los primeros miembros de la organización ultraderechista John Birch Society –tan extrema que consideraba al presidente Dwight Eisenhower como un agente comunista. Los hijos no sólo fueron educados con esta visión, sino influenciados por el trabajo de Friedrich von Hayek, ideólogo del capitalismo puro y sin restricciones, algo que sigue presente en las corrientes promovidas por los Koch hoy día, y por pensadores anarquistas de derecha, o libertarios.

Mayer subraya que la meta de Charles Koch, quien tiene el perfil más ideológico de los hermanos, es financiar una revolución libertaria en Estados Unidos, en la cual impuestos y regulaciones sobre empresas como Koch Industries serían casi nulos, o sea, fundamentalmente cambiar la dirección del país. Los Koch y sus aliados percibían a Reagan y gran parte de la cúpula del Partido Republicano como demasiado liberales. En 1978, Charles Koch afirmó: nuestro movimiento tiene que destruir el paradigma estatista que prevalece.

Para lograrlo, señala Mayer, construyeron una operación política –una red plenamente integrada– para tomar el control de la política de Estados Unidos, incluyendo centros de investigación (el más conocido e influyente es el Cato Institute en Washington) entre toda una gama de proyectos para promover su filosofía radical (Charles dixit). Sólo su maquinaria política ya es quizá la más poderosa y amenaza con subordinar al propio Partido Republicano, escribe Mayer.

En un artículo, Mayer cita a Charles Lewis, director del Centro para la Integridad Pública, dedicado a investigar el papel del dinero en la política, quien comentó que los Koch están en otro nivel. No hay nadie más que haya gastado tanto dinero. La sola dimensión de eso es lo que los distingue. Tienen un patrón de violación de leyes, manipulación política y ofuscación (…) nunca he visto algo igual. Son el Standard Oil de nuestros tiempos.

En su libro, Mayer subraya que los Koch no están solos, sino forman parte de un grupo de familias sumamente ricas y ultraconservadoras que han invertido fondos durante décadas, casi siempre sin dejar huella pública, para alterar la dirección de la política en Estados Unidos.

Más allá de los hermanos Koch, está una variedad de otros multimillonarios conservadores y derechistas, que no necesariamente se llevan bien entre sí.

Por ejemplo, detrás de Bannon y buena parte de la corriente populista nacionalista de Trump, está el inversionista de fondos de cobertura (hedge fund) el multimillonario Robert Mercer y su hija Rebekah, quienes fueron clave en promover y colocar a Bannon primero como el ejecutivo de la campaña de Trump en su etapa final, después como el poderoso asesor estratégico del presidente en la Casa Blanca, y ahora, con su salida de la corte, de nuevo continuarán patrocinando sus esfuerzos ahora desde fuera de la Casa Blanca. Aunque comparten una visión libertaria derechista, no son aliados de los Koch.

Los Mercer, financieros de una amplia gama de organizaciones e iniciativas –incluyendo los proyectos mediáticos de Bannon, como Breitbart News, a donde el ahora ex estratega ha regresado como director. También apoyaron el trabajo de un ex operativo demócrata, quien durante décadas ha promovido la idea de candidatos insurgentes contra el establishment de Washington. No sólo eso, sino que fueron sus sondeos los que mostraron que las condiciones políticas en el país eran favorables para que una figura externa, como Trump, ocupara la Casa Blanca. De hecho, algunos dicen que Robert Mercer odia no sólo a los demócratas, sino también al Partido Republicano, desde una perspectiva de la derecha libertaria que apoya, según críticos, algunos grupos supremacistas blancos y antisemitas. Algunos ex socios de Mercer argumentan que sin él, Trump no hubiera llegado a la presidencia.

(Por cierto, Bannon es parte de fuerzas católicas derechistas con poder y dinero, que conforman una creciente oposición derechista al papa Francisco, pero esa es otra historia.)

También está la familia DeVos, a la que pertenece la actual secretaria de Educación, Betsy DeVos, que ha financiado con millones de dólares organizaciones de investigación y una amplia gama de agrupaciones que promueven agendas políticas ultraconservadoras, entre ellas la privatización de la educación pública.

Entre los de mayor poder público, está Rupert Murdoch y su familia, dueños de Fox News, el Wall Street Journal y otras entidades mediáticas con un impacto masivo en el debate público y político del país.

Y sigue la lista, con nombres como el magnate de casinos Sheldon Adelson y algunos integrantes del propio gabinete, el más rico de la historia, quienes obviamente saben cómo usar su dinero para promover sus intereses políticos conservadores.

Los militantes ultraderechistas han matado a más gente en Estados Unidos que todos los ataques terroristas atribuidos a musulmanes, según un informe del centro de investigación New America. Foto: Xinhua.

Los militantes extremistas

La ultraderecha militante, conformada por agrupaciones neonazis, KKK y las llamadas milicias, entre otros, festejaron como propio el triunfo de Trump. Su apoyo a la campaña fue explícito, y poco después de su victoria, un prominente grupo neonazi realizó una reunión en Washington donde sin rubor y frente a testigos celebraron con el brazo derecho extendido: el saludo nazi. Hace una semana realizaron el acto denominado Unir la derecha en Charlottesville, la mayor concentración de estos grupos realizada en años recientes.

Aunque Trump rehusó condenar a estos grupos durante su campaña, fue cauteloso en abrazarlos abiertamente. Esta misma tensión se atestiguó en su respuesta a Charlottesville, que ha desatado una crítica casi universal, incluyendo de la cúpula politica y empresarial de este país. Al ocupar la Casa Blanca, ha empezado a desilusionar a algunos militantes derechistas, quienes ya se suman a un creciente coro de ultraderechistas que expresan su desencanto por algunas concesiones de Trump. Otros no están contentos de que en su equipo de asesores y secretarios de gabinete haya gente en la que no confían, el más destacado –sobre todo para los antisemitas– es su yerno y poderoso asesor clave, Jared Kushner. El despido de Bannon nutrirá esto aún más.

La derecha extrema suele ser más visible para la gente por sus actos terroristas en Estados Unidos, desde la bomba que destruyó el edificio federal en Oklahoma City, en 1995, matando a 168 personas, así como las acciones de Timothy McVeigh y otros que eran integrantes de las llamadas milicias ciudadanas antigobierno que participaron en la toma armada de una instalación federal en Oregon, en enero de este año, donde los militantes declararon la guerra contra el gobierno federal y su disposición a ser mártires en la causa de defender la Constitución y sus derechos individuales. Todos los años hay múltiples incidentes, sobre todo de la ultraderecha cristiana contra mujeres, en torno al asunto del aborto, además de ataques contra minorías por grupos supremacistas blancos.

Los militantes ultraderechistas de este país han matado a más gente en Estados Unidos que todos los ataques terroristas atribuidos a musulmanes, según un informe del centro de investigación New America. Desde 2002 hasta finales de 2016, islamistas han lanzado nueve ataques que dejaron 45 muertos, mientras que los militantes derechistas han atacado 18 veces dejando 48 muertos. En Charlottesville cobraron una vida más. Sus objetivos han sido minorías, incluyendo mexicanos, proveedores de servicios de salud de la mujer (sobre todo en el caso del aborto), además de funcionarios públicos. Dicen que lo hacen para rescatar a Estados Unidos.

Agencias de seguridad pública en Estados Unidos consideran a los extremistas violentos antigobierno y no a musulmanes caricaturizados, como la amenaza más severa de violencia política que se enfrenta en este país, reportó un centro de investigaciones citado por Newsweek recientemente. Se han descubierto complots para matar a musulmanes (incluyendo un plan para decapitar a uno y subir a Internet el video), misiones de inteligencia para preparar ataques contra objetivos, y frecuentemente robar arsenales de armas, incluyendo bombas.

No todos congenian entre sí, y hay diversas corrientes, entre ellos supremacistas/neonazis (entre los más conocidos está el KKK), grupos antimigrantes radicales, fundamentalistas cristianos y otros que están motivados por la idea de que el gobierno federal es el enemigo que viola sus derechos y libertades individuales).

Hoy día existen 892 grupos de odio operando en Estados Unidos, reporta el Southern Poverty Law Center (SPLC), organización independiente que, entre otras cosas, se especializa en la supervisión y vigilancia de grupos de odio. Entre estos, SPLC informó en enero que el número de milicias en Estados Unidos se había incrementado por poco más de un tercio en 2015, de 202 en 2014 a 276, pero había sólo 42 en 2008. Eso es un incremento mayúsculo respecto de los datos de 2014, pero también hay un incremento superior a 40 por ciento de grupos de odio antimusulmanes. En la categoría más amplia de grupos antigobierno patriotas (no todos son de odio), el número es de 998.

SPLC señala que desde 2000 ha habido un incremento exponencial de grupos de odio, nutrido en parte por la inmigración latina y también por proyecciones demostrando que para mediados de siglo los blancos ya no serán mayoría en el país.

Algunos están convencidos de complots gubernamentales contra ellos, como la toma por asalto de tropas federales a veces apoyadas por fuerzas internacionales coordinadas por la Organización de las Naciones Unidas, otros se preparaban para una invasión militar… de Texas, por parte del gobierno de Barack Obama.

Hubo un incremento dramático en número y actividad de estas agrupaciones con la elección del primer presidente afroestadunidense en la historia, nutrido por narrativas de políticos y comentaristas de derecha en el sentido de que Obama no era estadunidense, sino un musulmán encubierto y, peor, un socialista. En ese contexto, se detectó un incremento de complots para cometer actos violentos dentro de Estados Unidos.

Algunas de estas agrupaciones apoyaron, o por lo menos utilizaron, la candidatura de Trump, incluyendo expresiones explícitas de apoyo de varios dirigentes del KKK, como el ex diputado federal David Duke y otros. La luz verde tácita, a veces abierta, a la violencia contra detractores de Trump, sobre todo manifestantes, además, los ataques verbales del candidato republicano contra comunidades musulmanas o de inmigrantes y minorías, ha generado mayor tensión, pero también más laxitud hacia la intolerancia de estas agrupaciones.

Las razones de su existencia son complejas, algunas están integradas por granjeros que han perdido todo, otras por blancos de clase trabajadora que también han visto un deterioro en su calidad de vida, mientras otros son parte de corrientes ultraderechistas cristianas con larga historia en este país.

Pero el fenómeno del surgimiento de Trump, combinado con la cuidadosa creación de una red derechista integrada a todos los niveles en el país, dirigida durante las décadas recientes por un reducido grupo de multimillonarios y, por otro lado, la existencia de fuerzas paramilitares ultraderechistas en Estados Unidos –aunque no están coordinadas ni necesariamente tienen relación entre sí– en conjunto representan tal vez la mayor amenaza a la democracia en la historia de este país.

(Tomado de La Jornada)

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