La política exterior como voluntad y capricho

La semana pasada, el presidente Donald Trump agregó a Venezuela a la lista de países contra los cuales Estados Unidos podría desatar su poderío militar.

La amenaza apareció de la nada. La nación sudamericana ni siquiera había estado en la pantalla del radar del presidente antes de la declaración. El anuncio sorprendió más al Pentágono que al gobierno venezolano. Últimamente, los militares estadounidenses han tenido sus manos especialmente ocupadas a medida que Corea del Norte aumenta las pruebas y el desarrollo de su lanzamiento de misiles y capacidades nucleares y emite sus propias amenazas. Esto en un momento en que Estados Unidos está librando activamente la guerra contra varios enemigos, entre ellos ISIS, Al Qaeda, el Talibán, las fuerzas antigubernamentales en Irak, con la incursión ocasional contra Siria y la adición de una amenaza permanente contra Irán, si se hace de armas nucleares.

En este contexto, la declaración de Trump de que se están considerando “opciones militares” contra Venezuela suena demente, incluso tratándose de Trump. Los otros enemigos enumerados anteriormente, como Corea del Norte, plantean algún riesgo para la seguridad de Estados Unidos, aunque en la mayoría de los casos una amenaza relativamente menor que la que a veces pretende Estados Unidos. Corea del Norte es una amenaza real, pero Venezuela no significa amenaza alguna. ¿Por qué amenazarla?

Un dudoso logro del desvío sureño de Trump fue debido a los avances que el presidente Obama había hecho en el mejoramiento de las relaciones con Latinoamérica. En pocas palabras, Trump transmitió que Estados Unidos estaba de vuelta en el negocio de dominar a la región y de irrespetar la soberanía. En consecuencia, los líderes de treinta países latinoamericanos rápidamente repudiaron la amenaza.

Hasta en el caso de Corea del Norte, Kim Jong-un, el “Líder Supremo”, tendría que ser suicida para atacar incluso a un lejano territorio estadounidense como Guam. Estados Unidos podría pulverizar fácilmente a Corea del Norte, aunque con un gran costo de vidas coreanas al norte y al sur. La amenaza del presidente de Estados Unidos de derramar sobre Corea del Norte “fuego y furia como el mundo nunca ha visto” es un típico arrebato de grandilocuencia y exageración de Trump. Pero, como señalaron recientemente los líderes de los principales aliados de Estados Unidos, tal escalada verbal es perjudicial para la diplomacia. Y la diplomacia es la única solución posible con un costo aceptable.

Entonces, ¿qué demonios está haciendo Trump? En gran medida, no sabe lo que está haciendo. Es como un niño al que se le ha dado un juguete increíblemente poderoso. No es divertido a menos que uno juegue con él y averigüe qué puede hacer. Ese es un juego peligroso, especialmente si se considera la impulsividad de Trump. También hay un exceso de bravuconería por ambas partes del asunto de Corea. Y, como mostró la Primera Guerra Mundial, cuando hay una gran tensión internacional, un pequeño incidente puede detonar una inmensa tragedia.

Sin embargo, aunque Trump es errático, existe la posibilidad de que sus acciones no sean totalmente irracionales después de todo. El trabajo independiente de un sociólogo y un economista sugiere una explicación alternativa. A diferencia de lo que pensaban los economistas clásicos y neoclásicos, la gente no siempre se comporta racionalmente. Hay un fuerte componente simbólico en el comportamiento. En este caso, por ejemplo, a la base de Trump le encantó su comentario de fuego y furia; se lo tragaron.

Mientras que la mayor parte de la gente en todo el mundo y en Estados Unidos deploró el lenguaje literalmente inflamatorio, la imagen de Estados Unidos “atacando con todas sus armas” apeló tanto a muchos de la clase de personas que votó por Trump que una camiseta con la frase “fuego y furia” pronto estuvo a la venta en la Internet.

Este tipo de comportamiento de “señalización” es usado a menudo por los políticos y otros, como cuando los republicanos en el Congreso votaron una y otra vez para revocar Obamacare sabiendo que Obama siempre lo vetaría. Pero Trump lo usa en un grado mucho mayor que el promedio y en escenarios como la política exterior, en la que tal postura ha sido rara en el pasado, ya que conlleva un gran peligro.

Uno podría explicar gran parte de las acciones de Trump por medio del lente de la señalización, aunque nunca se debe olvidar la pura ignorancia, la irracionalidad y la deshonestidad en serie de este hombre. Gran parte de la señalización de Trump está destinada a transmitir la respuesta a una pregunta implícita que siempre está flotando en el aire en la polarizada cultura política de este país: “¿De qué lado estás?”

Al lanzar su campaña denigrando a los mexicanos, por ejemplo, Trump estaba dando la señal de qué lado está, no sólo con respecto a raza y etnia, sino también a la división entre los blancos cosmopolitas que valoran la diversidad y los nacionalistas que preferirían que  Estados Unidos vuelva de nuevo a ser blanco, no solo como raza, sino también en la cultura, lo que significa principalmente el idioma y la religión.

Trump no sólo gobierna por medio de caminos que a los que están fuera del culto del nacionalismo estadounidense blanco parecen caprichosos y grotescos, también piensa que él rehace la realidad por medio de ejercicios de pura voluntad. Lograr que México pague por el muro. Derogar Obamacare. Para Trump, esas dos cosas son fáciles. Resultaron, para su disgusto y mi deleite, ser lo contrario.

Traducción de Germán Piniella para Progreso Semanal.

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