LA HABANA. Reza un refrán ruso que los optimistas inventaron el avión, y los pesimistas, el paracaídas. Muy alto se han puesto el listón las autoridades provinciales de gobierno y Cultura de La Habana al confesar que se proponen que tales fiestas sean las mejores de Cuba muy por encima de los antológicos carnavales de Santiago de Cuba, las Parrandas de Remedios, las Charangas de Bejucal y el San Juan camagüeyano, entre otros, donde se respira y se siente la participación popular.

Tan arraigadas al sentir de sus gentes que —y lo anoto con pruebas irrefutables—, que en el caso de Remedios, la octava villa fundada por españoles, su comunidad residente en Miami envía cada año aportes económicos para sus respectivos barrios: San Salvador y el Carmen. Estoy presto a buscar un microscopio para descubrir qué habanero remite tan siquiera un bombillo para sus cada vez más horrorosas carrozas, que serán 14 esta vez, así como 18 comparsas.

Tal activo y otros más como el quehacer hogareño durante todo un año en la preparación se sus fiestas carnavalescas o tradicionales, le dotan de un distintivo muy difícil de superar en la llamada “capital de todos los cubanos”.

Por tanto, el reto del gobierno provincial habanero, cuya villa cumplirá en el 2019 su medio siglo de fundada por iguales botas ibéricas, deberá estar dirigido a otros propósitos menos altruistas. Más allá de carrozas, comparsas, gastronomía y bebidas, componentes básicos de la fiesta, debe estar la participación popular, que a lo largo del tiempo se ha ido perdiendo dándole paso a una indisciplina casi generalizada de la que puede dar fe la propia policía.

Como atractivos de esta edición, sus organizadores han programado festividades en municipios bien poblados y algo alejados del área tradicional del Malecón. Una sabia decisión. ¿Tendremos alguna vez la restitución de la Reina y sus luceros? ¿Permitiremos que esa joven hermosa por dentro y por fuera emigre para que algún día sea La belleza latina, Miss Universo o la Reina del Tomate en el desierto de Almería?.

Confiemos y deseemos que todo salga bien, que las experiencias que se puedan alcanzar se pongan en práctica para el 500 aniversario de la villa y tengamos un verdadero carnaval festivo y no de otro orden, que ya se sabe los carnavales también tienen apellidos calificativos. La gente merece festejar con deseos y tranquilidad aunque nos tomen por asalto los reguetoneros.

Finalmente, sugerir al Ministerio de Relaciones Exteriores les sea persuadido el no acceso a diplomáticos, básicamente estadounidenses y canadienses, a la zona de carnaval no sea cosa que aumenten las acucias por esa mezcla ensordecedora de gritos y melodías juntos.

[Foto: charangas de Bejucal por Norlys Përez Padrón.]

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