La propuesta de Trump sobre inmigración es racista hasta la médula

MIAMI. La nueva propuesta de inmigración de la administración Trump, que reduciría el número de inmigrantes legales que pueden ingresar anualmente a Estados Unidos, y aboliría la reunificación familiar como piedra angular del sistema de inmigración, ha sido la más preciada fantasía por más de cuatro décadas de un movimiento racista relativamente poco conocido.

Dirigido a mantener el predominio demográfico y el monopolio cultural / lingüístico de la ficticia raza “anglosajona”, estos nuevos nativistas se centran en lo que consideran como la raíz de la transformación étnica y cultural en Estados Unidos desde finales de la década de 1960: el sistema de la inmigración legal y, sobre todo, su piedra angular, la reunificación familiar.

Mientras que los republicanos del establishment tronaron contra inmigración “ilegal”, fanáticos como el médico de Michigan John Tanton fijaron su punto en la inmigración legal y el bilingüismo. Ellos vieron un sistema de inmigración legal que favorecía enormemente la reunificación familiar, lo que inevitablemente llevaba a una latinización de Estados Unidos por medio de una “migración en cadena”.

No sólo eso, sino que los latinos se reproducen con mayor rapidez. En un memorando secreto descubierto por un periodista, Tanton escribió a sus hermanos xenófobos que esta sería la primera vez en la historia en que “los hombres sin pantalones” derrotarían a los hombres con pantalones. Raras veces las inseguridades sexuales de los hombres blancos dominantes, una de las principales fuentes de racismo contra los negros así como contra los latinos, han sido declaradas tan clara e inconscientemente.

Mientras que Tanton y su calaña pensaban privadamente en escenarios de pesadilla dignos de un análisis psiquiátrico, negaban públicamente cualquier racismo y mostraban una natural actitud para las relaciones públicas al describir a los distintos tentáculos de su movimiento con nombres tan inocuos como inglés estadounidense (subtexto, EE.UU. = inglés) y la Federación para la Reforma de la Inmigración Estadounidense (FAIR).

Lo que Trump está proponiendo ahora no solo tiene una larga y fea historia que se remonta a la fundación del inglés estadounidense y FAIR alrededor de 1980, sino hasta el final del siglo 19 y el primer trimestre del siglo 20. El racismo fue la partera de la política estadounidense de inmigración. Hasta el último tercio del siglo 19, en un país subpoblado ansioso por cumplir su “Destino Manifiesto” de asentarse y gobernar la tierra de costa a costa y más allá, la inmigración estaba esencialmente abierta y poco controlada.

Pero después de que la frontera cerró alrededor de la mitad del siglo, y a medida de que nuevos inmigrantes que hablaban otros idiomas que no fuera inglés comenzaran a llegar de lugares ajenos al noroeste de Europa, surgió una política de inmigración fundamentada en bases abiertamente racistas. Significativamente, la primera ley de inmigración notable se conoció como la “Ley de Exclusión de Chinos de 1882”.

A partir de entonces, y durante los siguientes cuarenta y tantos años, las exclusiones siguieron una tras otra, cada vez más radicales y abarcadoras. Las categorías de exclusión reflejan los tiempos y son un recordatorio de que la actual crítica de moda de la “corrección política” es un llamado a un retorno a los tiempos en que había una licencia para denigrar y discriminar. Uno de los grupos seleccionados para la exclusión fue, por ejemplo, el de los “débiles mentales”. Tragicómicamente, resultó que había un número desproporcionado de judíos entre los débiles mentales. El problema era que la inteligencia se comprobaba por medio del inglés, que casi ninguno de los judíos sabía.

Esto sugiere que los únicos débiles de mente en esta situación fueron los que diseñaron y usaron las pruebas. Pero tal vez eran de hecho demasiado inteligentes y comprendieron que el emplear tal prueba tendría, en su visión antisemita, la ventaja adicional de excluir a los judíos.

Este uso caprichoso de la ciencia ayudó a la aprobación de una abarcadora y discriminadora ley de inmigración en 1924. Y la tragedia fue que cuando los nazis comenzaron a perseguir a los judíos una década más tarde, este país se negó a concederles refugio, lo que hubiera significado salvarlos de una muerte segura.

Sin lugar a dudas, el racismo contra los inmigrantes es anterior a la creación de regulaciones inmigratorias. Los irlandeses fueron vilipendiados y atacados y sus iglesias católicas fueron quemadas a partir de la década de 1850. Pero se trataba de actos no oficiales, de puro prejuicio, que no estaban basados en leyes ni políticas, y eran usualmente clandestinos e ilegales.

La Ley de Exclusión de Chinos de 1882 marcó el inicio de una era en la que el racismo estaba profundamente inscrito en la ley y la política de inmigración. Al fin culminó en 1924 con una ley general de inmigración destinada a excluir a los europeos del sur como italianos, europeos del este como judíos y polacos, y por último a todos los asiáticos y africanos, una gran parte del mundo que fue definida como “zona prohibida”.

Este marco racista inmigratorio duró más de cuarenta años hasta que, en 1965, en pleno movimiento por los derechos civiles y la lucha entre Estados Unidos y soviéticos por el Tercer Mundo –gran parte del cual fue inconvenientemente incluido en la zona prohibida– se aprobó una nueva ley de inmigración que abolió el sistema racista y convirtió la reunificación familiar en su piedra angular. Durante los próximos cincuenta años, con altibajos, el racismo en general retrocedió en casi todas las áreas, no sólo en la política de inmigración. Con la elección de Barack Obama en 2008, pareció posible que pudiera surgir un nuevo Estados Unidos post racial. Sin embargo…

La propuesta de inmigración de Trump no sólo es racista por su diseño, también es cínica. El consenso es que la propuesta estará condenada a muerte antes de llegar al Capitolio. ¿Por qué Trump estaría deseando recibir otra paliza después del fiasco de la atención médica? Para enseñar los colmillos a sus enemigos, satisfacer los más odiosos deseos del pequeño núcleo de racistas y xenófobos a la que se ha reducido en gran  medida su base política.

La ansiedad y la angustia que este último plan de inmigración de Trump ha planteado valdría casi la pena con tal de ver otra vez al Donald en el papel que él más menosprecia: el de perdedor. Pero no nos confiemos y dejemos que el proyecto de ley se hunda por su propio peso. Denunciemos su núcleo racista y su intención cínica. Organicémonos. Protestemos. Escandalicemos. Obliguemos al Congreso a clavarle una estaca en el corazón a este vampiro renacido, luego a quemar el cadáver y a enterrarlo profundamente bajo tierra donde el gobierno se deshace de los desechos nucleares.

Traducción de Germán Piniella para Progreso Semanal.

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