LA HABANA. Me siento en la obligación moral de confesar públicamente mi equivocación. Y no me apena en lo absoluto porque en el ejercicio de esta profesión, esto suelo ocurrir con frecuencia cuando se navega por estas aguas que, en ocasiones, demandan visión de futuro.

Hace algún tiempo no muy lejano, sostuve a modo de humor y convencido de que podría encerrar un acierto, que ante el auge del turismo era de esperar un bando oficial llamándonos a todos y cada uno de nosotros que tuviese una habitación disponible la pusiera de inmediato en función del visitante, pagara su correspondiente impuesto y resolviera -mágica palabra del día a día, como el pan- las penurias del mes.

No andaba tan despistado entonces. Tuve el privilegio de acceder, allá por los 90s del siglo pasado, a minuciosos y competentes estudios multidisciplinarios acerca del comportamiento y reacciones de los turistas en Cuba. Recuerdo como si lo estuviese leyendo ahora mismo, que era el carácter del pueblo cubano lo que más impresionaba al visitante mucho más allá que playas, sitios coloniales, fondos marinos o más cual suntuoso hotel cinco estrellas.

Y en turismo, lo deben saber nuestras autoridades del sector aunque algunas se empeñen en  descalificarlo o ignorarlo, no pocos visitantes prefieren alojarse en casas particulares. Acontecimiento nada exclusivo de nuestro país e idiosincrasia. En Grecia, por mencionar sólo un ejemplo, el visitante prefiere compartir bajo el mismo techo del nativo sus días de asueto, descanso y curiosidad.

Por mucho que me esfuerce no veo sentido alguno para suspender o prorrogar el otorgamiento de nuevas licencias para arrendar viviendas, habitaciones o espacios ante el imperativo, después de tantos años de su puesta en marcha, de proceder a un reordenamiento del tema.

Mi padre, de origen campesino, tendría una explicación para ello. Para razonar sucesos de esta naturaleza recordaba la historia de aquel perro que, a punto de alcanzar la jutía, detenía su faena porque le entraban ganas de defecar.

Mi madre, en cambio, más pueblerina, educada casi bajo la sotana de curas y los calurosos atuendos de las monjas, pero amante de la buena música popular, me hubiera susurrado una melodía de aquellos años 50s que sugería “bájate de esa nube y ven aquí a la realidad…”.

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