MIAMI. Ha llegado el momento de que el Presidente Donald Trump se mire al espejo y diga: “¡Estás despedido!” En cambio, el presidente fantasea públicamente acerca de unirse al panteón de iconos americanos en el Monte Rushmore. Declara que puede ser más “presidencial” que todos sus predecesores, excepto Abraham Lincoln. Olvídense de Washington, Jefferson, Adams, TR, FDR, Ike, JFK, LBJ, Obama.

Delirios de grandeza a esta escala, distorsiones de la realidad de esta magnitud, son típicos de ciertos casos de psicosis. La persona que insiste en que es Napoleón es el arquetipo. Después de medio año de causar estragos en la República y consternación en todo el mundo, para Trump implica que es más “presidencial” que gigantes como Washington, Jefferson y FDR, es un ejemplo colosal de ilusión y distorsión. Tal perspectiva deformada es aterradora en una persona autorizada para desencadenar un holocausto nuclear.

Compárese. Washington ganó una guerra contra el mayor imperio del mundo con su ejército en harapos. Él era tan responsable como cualquiera por el establecimiento de la nación, incluso el precedente de que hasta el fundador no debiera convertirse en rey o autócrata, sino seguir siendo un ciudadano con poderes limitados y de corta duración.

Jefferson escribió textos fundamentales, una guía para la nación que, con un número relativamente pequeño de enmiendas, sigue vigente 250 años después.

FDR unió al país durante la Gran Depresión y la Segunda Guerra Mundial.

Ser presidencial significa ante todo ser estadista. Washington, Jefferson y FDR eran hombres de estado. Trump es la antítesis de un estadista.

¿Qué ha hecho Trump? Sembrar la división, vilipendiar a clases enteras de personas, crear un clima en el que los crímenes de odio han proliferado. Y eso fue incluso antes de las elecciones.

Desde entonces ha demostrado ser un perdedor, su etiqueta favorita para cualquier persona o cualquier cosa que él considere despreciable. Perdió el voto electoral por 3 millones de votos y ganó la presidencia sólo por el arcaico y antidemocrático Colegio Electoral. Todos sus esfuerzos por demostrar que se le negó la victoria del voto popular debido a fraude electoral masivo han fracasado.

Ha intentado y no ha podido anular la investigación acerca de posibles connivencias entre su campaña y el gobierno ruso.

Lo más importante, bajo su control, el Congreso Republicano no ha aprobado ninguna legislación significativa. La semana pasada, con el fracaso en el Congreso para revocar la Ley de Atención Médica Asequible (ACA, alias Obamacare), Trump y su partido republicano sufrieron una derrota colosal y embarazosa. Qué bien.

Durante siete años, los republicanos en el Congreso hicieron de la derogación de la ACA su máxima prioridad. Trump hizo campaña prometiendo la revocación de “Obamacare en el primer día.” Trump y los republicanos del Congreso necesitaron muchos más días para fracasar.

El esfuerzo republicano de “reforma” de la atención médica fue un desastre desde todos los puntos de vista. Malvada y desagradable para los más vulnerables. Terrible como política de salud, si se hubiera promulgado aumentaría la morbilidad, la mortalidad, la exclusión y el costo. Impopularidad sin precedentes.

Lo que hizo la derrota del esfuerzo para aplastar a Obamacare fuera tan dulce es que desbarató la obsesión republicana y de Trump de borrar el legado de Obama. Aún más dulce fue el hecho de que la derrota se produjo porque tres republicanos de conciencia se alejaron de la línea partidista y votaron No.

Pero el hecho más dulce de todo fue que el voto decisivo, el golpe de gracia, fue pronunciado por John McCain. Durante la campaña, Trump había ridiculizado el expediente de guerra de McCain, que incluyó un largo período en un campo norvietnamita de prisioneros de guerra.

Trump dijo que le gustaba la gente “que no fue capturada”. Ser capturado para Trump significaba que McCain es un perdedor. Cruel, estúpido muchas veces.

Trump, por supuesto, no es un perdedor porque no sirvió en las fuerzas armadas. Evitó el servicio militar obligatorio debido a una dudosa excusa médica. Mientras que McCain estaba soportando un duro cautiverio, Trump también se estaba arriesgando. Luchando contra los adversarios en los rincones más sórdidos del negocio inmobiliario de la ciudad de Nueva York. En los abrevaderos de Manhattan, imponiéndose a las mujeres, algunas de los cuales le devolvieron el golpe. Corriendo peligro en los campos de golf de todo el mundo.

La venganza que McCain le entregó a Trump la semana pasada no impidió que el presidente hiciera a Estados Unidos malvado otra vez. Con sus números de aprobación en la alcantarilla, Trump una vez más recurrió a la excusa del chivo expiatorio para azuzar a la parte más llena de odio de su base.

Entonces habían sido mexicanos. Ahora era la comunidad LGBT. En una sola semana, atacó tres veces a ese grupo, traicionando la promesa de campaña de que “la comunidad LGBT me va a amar”. Dando marcha atrás a la política que permite que personas LGBT sirvan en el ejército. Permitir de nuevo que los empleadores discriminen basándose en la  orientación sexual. Nominando al gobernador de Kansas, Sam Brownback, un opositor feroz del matrimonio homosexual, a una embajada de derechos humanos.

La semana pasada Trump no pudo implosionar el ACA. La implosión tuvo lugar dentro de su propia administración con despidos, renuncias y luchas internas que culminaron en un torrente de insultos viles y obscenos por parte del nuevo jefe de comunicaciones, dirigido a otros altos funcionarios de la Casa Blanca. Al final, Trump decidió nombrar a un general de cuatro estrellas como nuevo jefe de gabinete de la Casa Blanca, probablemente pensando que el militar podría hacer que todos los soldados de juguete de Trump marchen en una sola fila. Buena suerte. La putrefacción comienza en lo más alto. Trump es el menos disciplinado de todos. Su guerra relámpago en Twitter ha continuado incólume.

Trump, nunca estarás en el Monte Rushmore. Miami, sin embargo, te ofrece el Monte Trashmore * como un premio de consolación.

Mírese en el espejo, señor Trump, y sólo dígalo. “¡Estás despedido!”

(*) El Monte Trashmore es un vertedero de 225 pies de altura situado en el condado de Broward, que absorbe todos los días un promedio de 3 500 toneladas de basura del sur de Florida.

Traducción de Germán Piniella para Progreso Semanal.

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