¿Cómo un famoso proxeneta cubano devino figura de culto?

LA HABANA. ¿Cómo y cuándo la figura post mortem de Alberto Yarini se convirtió en objeto de culto religioso, pese a resultar un personaje de la historia cubana que sobresalió por su código moral y ético poco ortodoxo?, cuestiona un artículo especializado.

“Desde los presupuestos de la teología más elemental, pasando por las creencias religiosas populares, la idea de que Alberto Yarini Ponce de León (1882-1910) pudiera ser considerado un santo milagroso me resultó interesante y al mismo tiempo perturbadora”, confiesa Johan Moya, autor de “¿San Yarini?”, publicado en el No.1/2017 de la revista católica Espacio Laical.

Resalta el articulista que la corta e intensa vida de quien fuera conocido como el Rey de San Isidro, el barrio habanero donde vivió y operó prostíbulos, espera por ser objeto de más obras de carácter académico-historiográfico.

Este silencio de la historia oficial “puede obedecer al hecho de que la disipada vida del famoso proxeneta habanero no encaja en la zona moralizante de la historiografía conservadora, ya sea en su versión burguesa-capitalista o proletario-revolucionaria”, sugiere.

Descripciones de testigos ya fallecidos, quienes le conocieron, afirmaban que era un hombre imponente: gozaba de una envidiable complexión física, era bien parecido y siempre iba vestido de manera impecable. Su forma de hablar resaltaba su educación, aunque sin pedantería. Era valiente y arrojado.

No menospreciaba a nadie por su condición social y trataba con respeto tanto al senador como al carbonero, aseguran estas fuentes.

La documentación primaria sobre Alberto Yarini puede encontrarse en la prensa y los archivos de 1910, aunque existen obras de teatro cine sobre él. Foto: Tomada de cubaenlamemoria

Por su parte, la Enciclopedia Colaborativa Cubana (Ecured) lo describe como un “hombre superficial y ambicioso dotado de gran carisma personal, del don del liderazgo, del gusto por el vicio y el peligro y de una enorme habilidad para manipular a sus semejantes (…) que, de no haber detenido la muerte, pudieron llevarlo hasta el Palacio Presidencial de la República de Cuba”.

Sin embargo, su destino se selló en la tarde del 21 de noviembre de 1910, cuando cayó en una emboscada a tiros tramada por su rival francés Louis Letot y un grupo de sus compinches, quienes lo hirieron de gravedad.

Yarini murió al día siguiente. Su sepelio fue uno de los más concurridos durante la etapa de República capitalista y neocolonial (1902-1958). Se dice que parecía un día de duelo nacional.

Pero, cómo es posible que quien “en vida fue un hombre violento, un explotador de mujeres, que murió sin arrepentimiento alguno por la existencia inmoral que ostentaba, pueda ser objeto de culto religioso y/o un ente luminoso?”, inquiere el articulista.

A su juicio, en la zona nebulosa donde confluyen el mito, la leyenda con sus múltiples variaciones, las vivencias personales, la narración oral y los testimonios cuyos contenidos escapan al ojo riguroso de las llamadas “ciencias duras”, es donde tiene lugar el culto religioso y espontáneo alrededor de Yarini, lo que dificulta encontrar su origen.

La hipótesis más sostenible es que al convertirse en una figura legendaria, en algún momento de la historia pasó de ser humano para transformarse en una suerte de deidad del pueblo.

Amado y odiado, a un tiempo, Alberto Yarini entró en la historia de los personajes populares de Cuba. Foto: Tomada de cubaenlamemoria

Agrega Moya que su culto es una típica expresión de la religiosidad popular cubana que se expresa en el profundo arraigo de la relación entre los vivos y los muertos, presente en los cultos afrocubanos y sus respectivos sistemas oraculares en las distintas variantes del espiritismo, además de la quiromancia y la cartomancia.

“Los devotos de Yarini son la prueba viva de dicha afirmación. Realizan ritos espontáneos de carácter sacro-mágico, le hacen promesas y peticiones (…) Las evidencias de este culto pueden verse en su tumba: jardineras fúnebres con dedicatorias a su nombre, flores, tabacos, botellas de ron, monedas”, apunta.

Fuentes testimoniales confiesan que mediante estas dádivas establecen contacto con el espíritu y encuentran seguridad y respuestas a sus incertidumbres de la vida cotidiana.

Sin dejar de insistir en las causas objetivas, el autor enfatiza en las interdependencias entre religiosidad y desarrollo socioeconómico.

“Las creencias religiosas populares, aunque estén extendidas en todos los estratos sociales, tienen su núcleo en (…) los grupos que padecen desigualdad, pobreza o experimentan diversas formas de exclusión social que les dejan al margen. Esto se acentúa en medio de períodos de crisis e inestabilidad económico-social”, como es el caso de Cuba, subraya.

“Alberto Yarini no clasifica como santo, ni aun en el seno la religiosidad popular. Sin embargo, su legitimación como muerto luminoso y guía espiritual, para algunos, es incuestionable ¿Es milagroso? De acuerdo con los entrevistados que van a ponerle ofrendas a su tumba, sí lo es”, concluye el texto.

Foto de portada: Tomada de cubaenlamemoria.

(Tomado de IPS Cuba)

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