MIAMI. Hoy en día, las muertes cuestionables de ciudadanos a manos de la policía están diariamente en los titulares. Hay un patrón claro en estas muertes. La mayoría de las veces, cuando a un ciudadano desarmado le dispara la policía o un agente lo mata por otros medios, la víctima suele ser negra, varón, joven y pobre. En Estados Unidos, raza, clase y juventud son factores de riesgo para ser muertos por la policía, tan seguramente como la obesidad es un factor de riesgo para la diabetes.

Me he acostumbrado tanto a esta realidad que me sorprendí cuando, el 15 de julio en Minneapolis, Mohamed Noor, un policía negro de origen somalí, mató a tiros a una maestra blanca de yoga de cuarenta años de origen australiano, Justine Damond, sin razón aparente alguna.

Un choque a los supuestos de uno puede conducir a nuevas ideas y, en este caso, condujo a esto: aunque raza, clase y edad son determinantes clave de quién tiene más probabilidades de ser muerto por un agente de la policía, como demuestra el homicidio de Damond, todos corren el riesgo de ser asesinados injustificadamente por un policía.

La razón última por la que la policía en Estados Unidos mata a tantos civiles es porque puede hacerlo. Voy a explicar esto en más detalle más adelante. Pero primero, permítanme exponer algunas cosas que he aprendido en mi investigación para esta columna:

  • El número de asesinatos policiales de civiles es el mayor de los últimos 20 años.
  • En 2016, la policía mató a 963 civiles. En 2017, las líneas de tendencia sugieren que superaremos la cifra del año pasado.
  • El número de policías muertos por civiles ha disminuido considerablemente en los últimos años, a pesar de los picos ocasionales.
  • Dado que el número de agentes de policía ha aumentado constantemente durante el mismo período, la probabilidad de que un agente muera en el cumplimiento de su deber ha disminuido aún más que el número total.
  • El patrón de impunidad para los policías que matan a civiles sigue siendo prácticamente una regla de hierro. Los fiscales son reacios a procesar a los agentes. Otros policías son igualmente reacios a testificar contra sus camaradas de uniforme. En los juicios de homicidio contra policías, los jurados se comportan de manera parecida a como lo hizo el jurado de O.J. Simpson, pero a la inversa. Se identifican con los policías y desprecian a las víctimas, mientras que el jurado de Simpson se identificó con el acusado y no le gustaron los policías y el fiscal. Ignoran pruebas tan convincentes como videos de homicidios o palizas perpetrados por la policía y, en el caso de Simpson, el jurado descartó las pruebas de ADN. Casi siempre absuelven a los policías, incluso cuando hay un video que muestra la salvaje paliza a un sujeto en el suelo, como en el caso de Rodney King. En innumerables programas de televisión y películas, los policías son los buenos. Los estadounidenses tienen una relación amorosa singular con sus fuerzas policiales. Se aprovechan de las más débiles racionalizaciones para absolver. Es más difícil que se condene a un agente de policía, incluso aunque sea culpable de asesinato en segundo grado, que romper el récord mundial de salto alto.
  • La policía en este país mata per cápita a una cifra significativamente más alta de civiles que la policía de cualquier otro país desarrollado.

Las razones por las que los policías matan sin justificación y se salen con la suya son complejas: institucionales, raciales, económicas y más. Pero el factor menos considerado, y probablemente el más importante, es cultural. Sé que con lo que estoy a punto de decir me estoy arriesgando demasiado, según el criterio de mucha gente.

Hay una fuerte veta militarista en la cultura estadounidense. Aunque por fortuna hay una clara línea divisoria entre las funciones policiales y las militares, hay muchos puntos de intersección. Muchos de los militares se convierten en agentes de policía después de abandonar el servicio. Tanto la policía como los militares son organizaciones autoritarias dirigidas por una estricta cadena de mando.

Las organizaciones autoritarias atraen tanto como reproducen mentalidades autoritarias. Evidencia prima facie: los veteranos favorecieron a Donald Trump 2-1 en 2016 y Trump recibió el respaldo tanto de un sindicato nacional de policía como del sindicato de  patrullas fronterizas. Tanto la policía como el ejército hacen una clara distinción entre sus filas y las de los civiles, que son ajenos para la cultura policial/militar. Cada cultura sospecha de los ajenos, no menos la policía. Cuanto mayor es la distancia social –una medida sociológica de cómo se sienten las personas acerca de otros que son diferentes en términos de raza, etnia, clase y así sucesivamente– mayor es la sospecha.

Todas estas variables son importantes para comprender el fenómeno tan extendido de los homicidios injustificados de civiles por parte de la policía. En última instancia, sin embargo, el desequilibrio de poder entre una figura de autoridad armada y un ciudadano es crucial.

También es crucial la desconfianza de la policía respecto a aquellos situados lejos de la línea divisoria en términos de distancia social.

Importante también es que algunos agentes, con una sobredosis de mentalidad autoritaria, sienten la necesidad de afirmar su dominio y autoridad no importa acerca de qué o cómo.

Lo más importante de todo es el conocimiento de que, si bien pueden ser despreciados en algunos sectores, son honrados e incluso amados en la mayoría de las comunidades. La fuerza, el sistema judicial y, fundamentalmente, el público respetuoso de la ley que forma parte de un jurado dan todo su apoyo a los policías.

Los niveles desmesurados de homicidios de civiles por parte de la policía en Estados Unidos, en comparación con otros países, son el resultado de factores complejos. Pero es posible construir una narrativa coherente para explicar los hechos.

La impunidad anima a los agentes a arriesgar vidas civiles si creen que existe la menor posibilidad de que pueda haber una amenaza para sus propias vidas. El caso de Minneapolis es un ejemplo extremo: el policía oyó un fuerte ruido y disparó contra una mujer desarmada que no era una amenaza y la mató. Por si acaso.

No simpatizo con eso. Quien se alista en la policía lo hace por elección. Asume el riesgo y no pone en peligro vidas civiles inocentes, a menos que esté muy seguro de que hay una amenaza inminente a la propia vida. Si al hacerlo lo matan, lo siento, pero los civiles inocentes no se inscriben para estar en la línea de fuego y  el policía sí lo hizo. Reconózcalo. Si uno debe arriesgar su propia vida para asegurarse de que no va a matar a un inocente, simplemente hágalo.

Servir y proteger es el lema de la mayoría de los departamentos de policía en Estados Unidos. La mayoría de los agentes cumple con este principio, o al menos intenta hacerlo. Pero hay una corriente subyacente aún más poderosa en la cultura policial que dice que, sobre todo, se debe salvar la piel, disparar primero y preguntar después.

Traducción de Germán Piniella para Progreso Semanal.

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