Para Trump, la semana que largó el fondo

MIAMI. Cada semana juro que no voy a escribir acerca de Trump y su pésima administración. Entonces Trump y su temible banda cometen una nueva atrocidad –o son denunciados por los medios de comunicación por haberla cometido secretamente– y mi plan se cae a pedazos.

No es que me falte la voluntad de cumplir una resolución. Es sólo que las payasadas de Trump y compañía una semana tras otra son tan graves que ignorarlo sería como estar encerrado en una habitación tratando de negar la bomba de relojería que va a estallar.

Esta semana la bomba fue la revelación de que, durante la campaña de otoño, Donald Trump Jr., Jared Kushner y Paul Manafort asistieron con entusiasmo a una reunión con una abogada rusa que prometió entregar información perjudicial acerca de Hillary Clinton. Según se informa, la abogada tiene vínculos con las esferas superiores del gobierno ruso. Se descubrió un correo electrónico que demostró que Trump Jr. sabía que la reunión era parte de un esfuerzo ruso mayor por ayudar a la campaña de Trump.

Trump padre afirma que no sabía nada de la reunión, casi con toda seguridad una mentira, ya que Trump es un controlador obsesivo y la reunión involucró a su hijo, su yerno y su director de campaña. Y, poco después de que el hijo se reuniera con la abogada rusa, Trump le suplicó a los rusos que dieran  a conocer los correos electrónicos que sus hackers habían obtenido ilegalmente del servidor de internet de Hillary Clinton. Poco después, lo hicieron.

El resto es historia. La mayoría de los principales medios de comunicación, siempre tratando de proyectar la imparcialidad en lugar de la verdad (como tratar de proporcionar equilibrio en la discusión entre Galileo y la iglesia medieval) prestó más atención al “escándalo” de los correos electrónicos de Clinton –una tempestad en un vaso de agua– que a los crueles planes de Trump y sus mentiras en serie.

La buena noticia es que seis meses después de la toma de posesión de Trump y la consolidación de un perfecto régimen republicano de derecha en Washington, parece que finalmente este está largando el fondo. Los republicanos en el Congreso han producido un proyecto tras otro de atención médica y todavía no han obtenido uno que pueda obtener suficientes votos para ser presentado a debate en el pleno del Congreso, mucho menos uno que pueda ser aprobado.

No es de extrañar. El apoyo público a la propuesta republicana es minúsculo. La última encuesta muestra que dos de cada tres electores prefieren Obamacare a Trumpcare. Esto se debe a que las propuestas del Partido Republicano son todas versiones del salvajismo básico, reducciones draconianas en la atención médica, asesinato por medio de la medicina o, más bien, por la negación de la medicina.

La reacción en el país no sólo ha sido abrumadoramente negativa, sino que a menudo ha sido furiosa. Escandalosas reuniones de circunscripción han provocado que los republicanos se oculten en sus propios distritos. Algunas protestas han sido tan conmovedoras que hasta han sacudido a los republicanos, lo cual no es una hazaña menor. Madres y padres de todo Estados Unidos han estado apareciendo en el Capitolio con niños enfermos que ellos dicen que morirán sin Medicaid, un programa en la mira del Partido Republicano.

Después de seis meses en el poder, Trump no ha logrado una sola legislación, nada excepto mezquinas órdenes ejecutivas e incluso palabras aún más mezquinas. Ese brillante historial no ha sido pasado por alto por el pueblo estadounidense. La aprobación pública de Trump es históricamente baja y se está hundiendo. Después de seis meses, según un sondeo de Washington Post / ABC News, el 36 por ciento de los estadounidenses aprueba el trabajo que el presidente está haciendo en comparación con el 58 por ciento que lo desaprueba. Es la peor tasa de aprobación de cualquier presidente en 70 años de encuestas.

Y los números de Trump siguen empeorando. Trump era impopular desde el primer día y sólo se ha vuelto más impopular desde entonces. En noviembre pasado, Donald Trump perdió el voto electoral ante Hillary Clinton, recibiendo sólo 46,2 por ciento de los votos por 48,3 a favor de Clinton. A los 100 días, los números fueron: 42 de aprobación, 53 de desaprobación. Con una tasa de aprobación de 36 por ciento en la actualidad, Trump ha perdido el 10 por ciento del mediocre apoyo que tenía en la fecha de las elecciones.

Por otra parte, los electores ahora pueden conectar especificidades a las vagas dudas que sentían acerca de Trump durante las elecciones. Después de presenciar sus actuaciones en el extranjero (aprobación 34,  y desaprobación 47 por ciento), no confían en él para negociar con los líderes de otros países. Cuando se trata de negociar específicamente con el presidente ruso Vladimir Putin, sólo el 19 por ciento confía en él, mientras que el 48 por ciento no lo hace.

El creciente escándalo de Rusia, la incapacidad del Congreso republicano para aprobar cualquier cosa, la identificación del Partido Republicano con un proyecto de ley enormemente impopular acerca de la atención médica auguran mal para Trump y los republicanos.

Tampoco las malas cifras son solo acerca de Trump. Una gran mayoría de los estadounidenses piensa que es más importante que el gobierno proporcione atención médica a que reduzca los impuestos. Eso va contra el corazón mismo de la ideología republicana.

Trump y el Partido Republicano están tratando de derribar lo que queda de la miserable red de seguridad de este país y de cimentar la plutocracia como forma permanente de gobierno en Estados Unidos. En cambio, la desastrosa presidencia de Trump podría, sin proponérselo, lograr derribar todo el edificio que los republicanos han estado construyendo durante décadas al revelar el cinismo consumado, el falso patriotismo, la descarada deshonestidad y la fría crueldad que define al Partido Republicano del siglo 21.

Traducción de Germán Piniella para Progreso Semanal.

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