Cuestión electoral en Estados Unidos, este septiembre

LAS TUNAS. La primera oportunidad para impedir que Donald Trump llegara a la presidencia quedó ya en el pasado, escribió Michael Moore antes de sugerir un plan para echar al magnate de la Casa Blanca. Sus esperanzas las cifraba en las claras diferencias entre los mecanismos de elección: directa para el Congreso e indirecta para el Presidente.

El cineasta conminó a sus conciudadanos a volcarse al activismo desde el Legislativo. En 2018, insistió, sería el momento de cambiar el panorama en el Capitolio. “Con mucho trabajo de nuestra parte conseguiremos detener a este hombre”, dijo.

La teoría de Moore tiene cierto sentido porque después de la Enmienda constitucional de 1913 todos los congresistas son electos por la mayoría de votos obtenidos por un candidato: en su distrito en el caso de los representantes y en el estado para los senadores. Se supone entonces que el Legislativo, al ser la resultante del voto directo de la ciudadanía, estaría más cerca de hacer cumplir la voluntad popular.

Sin embargo, conceptualmente el Congreso tiene un cometido de controlador social establecido por los Padres Fundadores. En los Federalist Papers —una serie de artículos publicados justamente en los momentos en los que se debatía la Constitución y cuya autoría se atribuye indistintamente a James Madison, Alexander Hamilton y John Jay—, fue indicado que al Legislativo le tocaría, también, la función de prevenir que se repitieran los desórdenes ocurridos durante la Guerra por la Independencia.

Refiriéndose al Senado, Madison lo indicaba con estas palabras desde el Federalist Paper 63: “En estos momentos, ¡qué saludable resultará la intervención de un cuerpo sensato y respetable de ciudadanos (…) para parar el golpe mediado por el pueblo en contra de sí mismo, hasta que la razón, la justicia y la verdad puedan recuperar su autoridad por encima de la mentalidad pública!”

Entre 2017 y noviembre de 2018 se someterán a escrutinio un tercio del Senado y la totalidad de la Cámara de Representantes. No obstante, analistas advierten que en ninguno hay las garantías suficientes de que los demócratas puedan recuperar el control de alguna de las dos cámaras, de hecho, serán sus escaños, en el caso del Senado, los que más estarán en disputa.

En las gobernaciones quizás el panorama sea más adelantador si de filiaciones partidistas hablamos, aunque ya se sabe que a esa instancia pesan más las prioridades propias que las ajenas. “Veintisiete de los 38 gobernadores —dijo Politico—, en 2017 y 2018 son republicanos, incluyendo muchos escaños que estarán abiertos después de ocho años de control del Partido Republicano. Eso significa amplias oportunidades para los logros de los demócratas, así como una oportunidad crítica para que nuevas ideas y nueva sangre surjan cuando el partido busca identificar a su próxima generación de líderes”. Tratándose de Cuba, las clasificaciones partidistas son engañosas pues en varios estados controlados por los republicanos las prioridades comerciales y en general económicas los inclinan hacia la reapertura de los nexos con el Archipiélago.

¿Moneda al aire?

En la apertura de la más reciente temporada de la serie House of Cards, el presidente Frank Underwood (interpretado por Kevin Spacey) dedica una de sus habituales charlas con el espectador a comentar las reglas que rigen en Estados Unidos para elegir al presidente. Este es apenas un reflejo artístico del agudo debate suscitado en el país después de los resultados de los comicios de noviembre pasado.

El columnista John Nichols en la revista The Nation lo puso en estos términos: “Tenemos un presidente electo (Trump) que en la mayoría de los países del mundo no sería presidente, porque en la mayoría de países quien llega a la presidencia es la persona que gana el voto popular”. Nicols sugería que “deberíamos empezar por ahí, no a modo de consuelo sino para reconocer que estamos ante un resultado que es producto de un sistema electoral desastroso, que fue diseñado hace mucho tiempo y genera resultados que no necesariamente reflejan la voluntad popular”.

La elección del presidente y vicepresidente, se ubica dentro de la misma lógica controladora concebida para el Congreso. Alexander Hamilton en el Federalist Paper número 68 consideraba que “el proceso de elección implica la certeza moral de que el cargo de Presidente nunca caerá en manos de una persona que no posee las características necesarias”. Consecuentemente defendió la existencia de lo después llamado Colegio Electoral, definiéndolo como “un pequeño número de personas, elegidas por sus conciudadanos de entre una multitud, que probablemente posean la información y el discernimiento para esas complicadas investigaciones”; y estimó que este paso debía preceder a la elección del presidente.

Pero, ¿qué pasa si ninguno de los dos binomios presidenciales obtiene la cantidad suficiente de votos en el Colegio Electoral, supuestamente instituido para discernir con lucidez?

Con su habitual cinismo el ficticio Frank Underwood hace notar que sin examinar los tiempos fundacionales de la nación es imposible responder la interrogante anterior. “En 1800 —explica— concurrían Jefferson y Burr. Empataron con 73 votos cada uno. Esa era la cifra necesaria en la época, entonces el Congreso trató de resolver lo que los Padres Fundadores no habían imaginado. Y nació la Duodécima Enmienda. Dice que, si los estados no certifican, la Cámara elige al Presidente, y el Senado al Vicepresidente. La Cámara es un caos. El Senado elegirá al vicepresidente democráticamente. Una persona, un voto. Pero si hay empate… (…) Se resuelve… lanzando una moneda al aire. Una solución muy elegante. Pero ya no hay elegancia en política”.

Todavía en el mundo real no se ha visto el hipotético escenario planteados por Underwood pero eso no le impidió a  Noam Chomsky plantear una preocupación mayor. “La siempre limitada democracia estadounidense se ha ido derivando considerablemente hacia una plutocracia”, aseguró. Ubicándose en el bando de los optimistas, reflexionó: “Contamos con un inusual legado de libertades y derechos que nos legaron nuestros antepasados, los cuales no se rindieron en unas condiciones mucho más duras que a las que nos enfrentamos ahora”.

Ahora bien, aclaró que todo eso se diluiría con el tiempo sin el necesario “activismo directo y para presionar en defensa de importantes decisiones políticas, en la creación de organizaciones comunitarias viables y eficaces que revitalicen el movimiento obrero y también en el ámbito político, desde la escuela de cuadros hasta las asambleas legislativas estatales y mucho más”.

Filosóficamente hablando los Padres Fundadores de los Estados Unidos de América, de quienes se mofa Underwood mientras camina por los sitios históricos más icónicos de Washington, deseaban hacer realidad un sueño anclado en la Ilustración positivista de pretender observar, y racionalmente planificar las relaciones entre los hombres. Ellos creían en la posibilidad de construir una comunidad política sustentada en el derecho natural que mediante leyes contuviera las pasiones humanas como el amor propio, la malquerencia o la venganza.

El tablero de poderes que hoy vemos en Washington —no solo en House of Cards—, nos inclinan a pensar que esa sería una ilusión que ha ido cayendo por su propio peso.

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