“Una historia contada por un idiota, llena de ruido y furia, que no significa nada”  

Shakespeare

MIAMI. Macbeth pronuncia estas palabras acerca del sinsentido de la vida misma. Pero difícilmente se podría escribir una mejor descripción del discurso del presidente Donald Trump en Miami el viernes pasado.

Sí, hubo malas noticias esta semana; la visita de Trump a nuestra ciudad; su vergonzosa complacencia con los dinosaurios políticos que nos mal representan en Washington; su embarazosa adulación; y sus cambios de política hacia Cuba, todos en la dirección equivocada.

La buena noticia es que Trump, en contradicción con la doctrina de Teddy Roosevelt, habló a gritos pero con un garrote pequeño. Afortunadamente, los cambios reales anunciados de la política son relativamente modestos y no entrarán en vigor hasta que la burocracia escriba las nuevas reglas. Lo más directamente afectado serán las entidades estadounidenses que hacen negocios con empresas vinculadas a los militares cubanos.

Sin embargo, hay dos aspectos más amplios y muy negativos de la marcha atrás de Trump a la apertura de Obama. Una es que la nueva política, una vez más, prohíbe a las personas viajar a Cuba simplemente en ejercicio de su libertad, como lo hacen a casi cualquier otro lugar en el mundo. El término técnico es que las visitas individuales de persona a persona serán prohibidas. Sólo se autorizarán visitas organizadas con fines educativos y similares. El resultado será menos visitas y dólares. Esto un paso atrás de regreso a la política fallida de provocar el cambio por medio del dolor económico.

La nueva política representa una violación de la libertad de viajar y será una bendición para los operadores turísticos. Para la persona promedio, el viaje será menos libre y más caro. Esta es una política estúpida, incluso desde la perspectiva equivocada del gobierno de los Estados Unidos, que ve los viajes como herramienta para socavar el sistema cubano. Para el estado cubano, las visitas organizadas son mucho más fáciles de supervisar y los operadores que hacen dinero con estas excursiones son fáciles de influir. Cientos de miles de turistas que vagan libremente a lo largo y ancho del archipiélago cubano es una historia diferente.

La segunda consecuencia adversa es más simbólica. Obama cambió el tono y el tenor con que Estados Unidos habló a Cuba, ahora como iguales, o  tan iguales como un imperio puede hablar a un pequeño estado. Él preparó el escenario para una apertura más amplia, apuntando en la dirección de poner fin al embargo mismo una vez que el Congreso ya no estuviera bajo el dominio de los bufones de derecha. Eliminó el elemento de extrema derecha de la diáspora cubana del proceso de establecer la política de Estados Unidos hacia Cuba. El despreciable Díaz-Balart y compañía quedaron atónitos, indignados, humillados.

Fue agradable verlos así. Ahora, gracias a Trump, están cantando y pavoneándose de nuevo. Trump sólo les dio migajas y lo saben. Pero la pretensión siempre ha sido una gran parte de su juego, y por eso están de fiesta, como si acabaran de derrocar a Raúl Castro. Qué lamentable grupo de cubanoamericanos nos han mal representado en el Congreso.

Cuesta trabajo que muera en Miami la política de la amargura. Es asombrosa la forma mezquina y pueril que esta política sigue asumiendo: una elección de consejo escolar posiblemente determinada por acusaciones de comunista debido a un viaje a Cuba hace tres décadas; la negativa del nuevo Museo Cubano en la ciudad a mostrar las obras de los cubanos de la isla. ¡Imagínense eso: el Museo Cubano exhibiendo las obras de los cubanos que viven en su propio país!

El incalificable alcalde de Miami-Dade, el cobarde Carlos Giménez, que fue el primer y único alcalde en línea en inclinarse ante Trump y ofrecerle “los cansados, los pobres, las masas apiñadas” en bandeja de plata, negó recientemente una petición del portavoz del Metro Zoo para viajar a Cuba para realizar sus deberes profesionales. Tal vez Giménez temía que un elefante desertara a Cuba y lo avergonzara con los republicanos.

Cada vez que yo regresaba a Miami después de largas estancias para estudiar o trabajar en lugares como Gainesville, Chapel Hill, República Dominicana y Washington, DC, amigos bien intencionados siempre me animaban a quedarme diciéndome: “Ya lo verás, Miami ha cambiado”.

Estoy convencido desde hace mucho tiempo de que Miami cambiará. Nuevas organizaciones han creado ese lobby para mantener la apertura a Cuba. La mayoría de los cubanos aquí ya no apoyan una política de línea dura hacia Cuba, lo cual es probablemente la razón por la cual Trump no restableció todo el paquete de los años de Bush.

Pero, mientras los Díaz-Balart de esta ciudad y sus congéneres sigan bramando desde los escaños del poder, Miami seguirá siendo un zoológico.

Traducción de Germán Piniella para Progreso Semanal.

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