CAMAGÜEY. Cuando lleguen las vacaciones, Yaxelis sabrá de antemano lo que le espera: la misma poceta del río que conoce desde niña, alguna que otra “escapada” hasta Camagüey, quizás el viaje a La Habana que dos veranos atrás le prometiera su hermana…

Fuera de esos planes no tiene mucho más que contar. Al día siguiente de que termine el onceno grado en la escuela pedagógica donde estudia, sus días comenzarán a desgranarse entre las labores hogareñas y los innumerables shows de talentos con que —DVD mediante— llena sus ratos de ocio. Solo de tarde en tarde Yaguanabo, la pequeña comunidad donde vive, se anima con alguna fiesta en el círculo social. Lo mismo puede decirse de los convites familiares: los jóvenes son cada vez más escasos en la zona, y a los viejos “nadie se ocupa de celebrarles cumpleaños”.

El “temor” de Yaxelis es que así sea hasta el final de su vida. “Después que me gradúe como maestra, ¿qué voy a hacer? Cogí esta carrera por no irme a trabajar al campo, pero no me imagino ‘fajada’ con un aula hasta que me jubile”, dice. Tampoco quisiera verse casada con menos de veinte años, como su madre, atendiendo a varios hijos bajo la zozobra de las calamidades económicas y los malos vicios del marido de turno. “Aquí no hay más nada que hacer, solo tomar, fajarse y parir”.

Un camino de tierra, franqueado por densos marabuzales, es la única vía de comunicación que une a Yaguanabo con el resto del mundo. Son cerca de diez kilómetros que llevan hasta la carretera, desde donde es posible viajar a la ciudad de Camagüey (a 30 kilómetros de distancia). Allí deben realizarse prácticamente todas las gestiones, pues a Jimaguayú, la cabecera del municipio, resulta casi imposible llegar.

“En mala hora nos pusieron allá”, se queja Odalys, una lugareña que cuando llegué de visita esperaba por algún transporte para llegar hasta la capital de la provincia, y desde ahí, trasladarse a Jimaguayú para varios trámites legales.

Odalys desde hace casi dos años intenta sin éxito conseguir un subsidio para reparar su vivienda. “Nada más en pasajes debo haberme gastado como mil pesos. Y lo mismo le pasa a todo el mundo aquí, ¡hasta para darle un aerosol a un niño hay que ir a Camagüey!”.

A Miguel Ángel un “susto” con su madre enferma de cáncer le demostró “que en el campo no hay nada que buscar”. Lo cuenta con un dejo de frustración, pues en la finca que había heredado de su abuelo tenían un pozo “tremendo, que no se achicaba ni en la seca más grande, y un buen pie de cría cebú”. Todo eso lo vendió a precio de saldo, al primer comunitario que se le puso por delante. “Entre los robos, la falta de créditos y los problemas del transporte, no tenía sentido que me machucara yo y mi familia”.

En su natal Ciego de Najasa, “cuando caía la noche uno se quedaba incomunicado, sin teléfonos ni cobertura de celular siquiera. Nada de eso me importó mucho hasta el día en que mi madre se puso mala después de unos sueros (citostáticos). Lo que viví aquella vez no lo quería para mis hijos”.

Los caminos que no conducen al campo

Desde 1982, la población rural en Cuba ha experimentado un sostenido decrecimiento. Hace 35 años los habitantes asentados fuera de las zonas urbanas representaban el 30,03 % de los nacionales; para 2015 esa proporción había bajado tanto desde el punto de vista porcentual (23,11 %) como en términos absolutos, registrando una “pérdida” de casi 385 mil personas (de 2 981 450 a 2 597 244). Aunque los últimos resúmenes anuales de la Oficina Nacional de Estadísticas e Información (ONEI) plantean una estabilización relativa de los registros, lo cierto es que el proceso ha ido acompañado con un envejecimiento absoluto de la población, y por consiguiente, de la fuerza de trabajo disponible.

Un hecho incontrastable lo corrobora: de los 370 mil miembros de la Asociación Nacional de Agricultores Pequeños, solo 52 mil (el 14,05 %) tienen menos de 35 años de edad. A nivel absoluto, los datos de la ONEI apuntan a que la franja etaria ubicada entre los 15 y 39 años de edad ha sido la que ha asumido la mayor parte del decrecimiento, con casi 340 mil censados menos (del 42,08 % de los pobladores rurales en 1982 al 35,16 % en 2012). Hacia 2012 unos 911 mil cubanos comprendidos entre esas edades vivían fuera de las zonas urbanas (cerca del 8 % de la población total de la Isla).

Nuevas formas de incorporación a la actividad agrícola, como la Resolución 449 del Ministerio de la Agricultura (que favorece la entrega de tierras a desmovilizados del Servicio Militar), hasta ahora solo han conseguido resultados discretos (unos quinientos muchachos se sumaron por esa vía a la producción agropecuaria).

“No es que el campo se esté quedando sin población, sino que esta se está envejeciendo y se tiende a concentrar en los poblados más grandes o al lado de las carreteras”, considera Yaquelín Urquiza, integrante del programa de Trabajadores Sociales en el municipio de Jimaguayú. Incluso en ese territorio, el menos urbanizado de Cuba si se excluyen algunos de la provincia de Guantánamo, el fenómeno es tangible y con una tendencia ascendente. “En muchas comunidades hemos pasado de gestionar el mantenimiento de escuelas o el transporte de embarazadas a los turnos médicos, a atender el traslado de ancianos para los asilos o la habilitación de comedores del SAF (Sistema de Atención a la Familia). En los últimos cuatro años aquí tuvimos que cerrar tres escuelitas rurales por falta de matrícula y algunas comunidades se han quedado con cuatro o cinco familias, o hasta menos”.

Ya en 2006, en su tesis doctoral, el profesor Arnoldo Oliveros Blet, del Centro de Estudios Demográficos de la Universidad de La Habana, alertaba que el país estaba ante un proceso de “movimientos en la dirección de la población rural dispersa a rural concentrada”. A esa realidad se sumaba la “disminución considerable (a casi la mitad) de los nacimientos en zonas rurales (…) de casi 9 hijos por cada 100 mujeres en 1990 a un valor de apenas 4,3 por 100 (en el año del estudio)”. La consecuencia más directa de ambos fenómenos era la caída de la población económicamente activa orientada a las labores agropecuarias y el desarrollo de un flujo migratorio que las ciudades y poblados en la mayoría de los casos no se encontraban preparados para asimilar.

Sentado en el portal de su casa en el reparto La Yaba, al sur de la ciudad de Camagüey, pone el asunto en términos de ganar o perder. “Por esta casa yo pagué cinco mil dólares y después me gasté otros dos mil en ponerla a mi gusto; ese dinero lo saqué de la venta de mi finca, pero incluso si lo hubiera tenido, no me hubiera alcanzado para hacer allá todo lo que necesitaba. Ahora estoy más tranquilo. No es lo perfecto, pero en el pueblo las cosas siempre son más fáciles, digan lo que digan”.

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