LA HABANA. De nuevo un presidente norteamericano se aparece en Miami prometiendo la caída del régimen cubano. A lo largo de este medio siglo ha ocurrido lo mismo por diversas causas y objetivos: mostrarse duro frente al comunismo durante la Guerra Fría, obtener el voto de la comunidad cubanoamericana o incluso, como ahora, comprar la colaboración de un par de congresistas, ante las amenazas que vienen de todas partes contra la administración de Donald Trump.

La diferencia es que ahora esta retórica no asegura el voto cubanoamericano, hace rato terminó la Guerra Fría y el apoyo de esos congresistas puede ser extremadamente tóxico.

El discurso de Trump se puso viejo, tan viejo como el “exilio histórico” que rindió culto a su enfermiza megalomanía. Más de un comentarista lo calificó como un acto grotesco y otros dijeron que era cínico. Por suerte, fueron tan torpes que se les olvidó colocar una bandera cubana y el himno que se escuchó fue el de Estados Unidos.

Según The New York Times, lo mejor de la política anunciada es que no es tan mala como pudo haber sido. Yo creo que fue tan mala como se lo permitieron las circunstancias y, si no es peor, se debe a que no estaban en capacidad de hacerlo. Esa es la esencia del escenario que estamos viviendo y lo que debemos tener en cuenta para analizar la tendencia de cara al futuro.

A pesar de que se supone que responde a los reclamos de la comunidad cubanoamericana, ninguna de las medidas adoptadas, afectan las relaciones de esta comunidad con Cuba. La razón es que los políticos miamenses saben el costo que tendría actuar contra la voluntad mayoritaria de esta población y tienen miedo, lo que indica el deterioro de una fuerza que antes se imponía sin miramientos.

Resultaba insostenible, de cara a la sociedad norteamericana y el resto del mundo, romper las relaciones diplomáticas restablecidas o cancelar los  acuerdos de mutuo interés firmados entre los dos países. Ni siquiera Trump se decidió a afectar los negocios ya establecidos y las limitaciones impuestas se reducen a prohibir acuerdos con las empresas militares cubanas en el futuro.

El único daño sustantivo fue limitar, una vez más, el derecho de los norteamericanos a viajar a Cuba. El bloqueo impide que lo hagan en calidad de turistas, pero están establecidas doce categorías relacionadas con intereses culturales e informativos y existen licencias generales para viajar bajo estas condiciones.

Estas categorías se mantienen, pero se eliminó la licencia general para los llamados “contactos pueblo a pueblo” y solo se autorizarán viajes en grupo, con una agenda preestablecida, un guía responsable de hacer cumplir con las regulaciones y mecanismos de auditoría, que obligan a justificar cada gasto en Cuba y guardar la documentación durante cinco años. El objetivo es limitar el flujo de viajeros norteamericanos a Cuba, cuya cifra se ha duplicado desde que Obama eliminó estas mismas restricciones al final de su mandato.

Vale la pena analizar el restablecimiento de esta medida para comprender la filosofía que orienta la política hacia Cuba y las enormes contradicciones que entraña para el propio discurso político norteamericano:

Cuba es el único país del mundo al que los norteamericanos no pueden viajar con entera libertad. Estaba prohibido desde la época de Kennedy, Carter eliminó esta prohibición, pero Reagan volvió a restablecerla y finalmente los congresistas cubanoamericanos lograron colocarla como un apéndice a la ley Helms-Burton, que otorgó categoría legal al bloqueo contra Cuba.

Esta restricción se contradice con la teoría de que el contacto pueblo a pueblo es una vía de influencia sobre Cuba, toda vez que bastaría el encuentro con los norteamericanos, para que los cubanos caigan rendidos ante la fascinación que despierta esa sociedad. Así lo expresa la ley Torricelli, igual emitida para derrocar al régimen cubano, pero evidentemente la derecha cubanoamericana no se cree este cuento y siempre ha tratado de limitar el contacto entre los dos países.

Los viajes de norteamericanos son una de las fuentes básicas de crecimiento del sector privado cubano. Estudios norteamericanos indican que la mayoría de estos viajeros se hospedan en casas privadas, asisten a restaurantes privados y utilizan medios de transporte privados, durante sus estancias en Cuba.

Varias razones explican esta preferencia. En primer lugar, es más chic. En segundo lugar, es más barato y, por último, porque al estar prohibido el turismo, los norteamericanos no pueden acogerse a los planes de “todo incluido”, bastante extendidos en la red hotelera cubana, especialmente en las playas.

Limitar los viajes de estas personas afecta al sector que precisamente el gobierno norteamericano y la derecha cubanoamericana dice querer beneficiar, toda vez que lo considera un “agente de cambio” por excelencia del régimen cubano. La realidad es que esto es mentira, la derecha cubanoamericana no quiere beneficiar a nadie en Cuba ni aboga por el “tránsito gradual y pacífico”, su apuesta es promover el caos, para establecerse como fuerza dominante del país, bajo la tutela de Estados Unidos.

Lo ocurrido en Miami es un paso atrás en el proceso hacia la normalización de las relaciones entre los dos países, pero no ha podido modificar su sentido estratégico y no será una panacea para Donald Trump defender esta política hacia lo interno de la sociedad norteamericana y en la arena internacional. Más bien, quizás ayude para fortalecer la lucha contra el bloqueo en el Congreso y resulte contraproducente para la derecha cubanoamericana en las próximas elecciones parciales de 2018.

A Cuba la perjudica, porque al país le conviene tener una relación civilizada y mutuamente conveniente con Estados Unidos, pero tampoco el espectáculo miamense transforma de manera dramática el escenario nacional y sus relaciones con el resto del mundo. Otras son las prioridades del país.

Si para algo sirvió el discurso de Trump fue para unir más a los cubanos. No conozco a nadie a quien el tipo le resultara simpático, la mayoría sintió que la política de Miami no puede ser el futuro de Cuba y ya nadie discute sobre la manera de enfrentar la política norteamericana, como ocurría con Obama.

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