LA HABANA. Por estos días, tratando de homenajear a los padres, para los cuales también hay una fecha de festejo, no sé qué resorte mental me lleva a recordar un video publicitario que la Coca-Cola concibió para una de sus campañas.

Colmado de aplausos, algo electrónico se oye en el fondo, pero el bullicio y la euforia son tantos, y transcurre todo tan rápido, animado por la voz que pide palmas para determinados ganadores, a un ritmo tan de animación de espectáculo que uno no repara en que en cada escena del spot hay al menos una lata de Coca-Cola Light para la cual está hecha la publicidad: “Bueno, pido un aplauso para el que se fue de la oficina antes que el jefe, ¡claro que sí!”, dice la voz en off, “y otro para el que pagó el gimnasio y además fue; y un aplauso para los hombres que van por la calle con flores en la mano; y vamos a aplaudir a la que no espera a que un hombre la llame sino que llama ella ¡y te invita a salir!, y al que siempre pone la casa en las fiestas y nos dice ¡Iros, que yo recojo!; y a la que no finge frente a un cuadro: Ya está, ya lo he visto, es un cuadrado negro; y a la que colgó Derecho en quinto y empezó Veterinaria; y una ovación para el que lo dijo y lo hizo: dejarlo todo y poner ¡un chiringuito en la playa!, y para terminar, ¡de pie!, ¡aplaudamos a todos los que se atreven en la vida!, ¡sí señor!” y termina con el texto “Haz lo que bebes: Coca-Cola light”.

¿Cuántas veces no ha escuchado usted aquello de “Madre una sola, Padre cualquiera”? La publicidad comparativa deja grandes multas porque está prohibido en el mundo de las marcas, como debería estar prohibido en el mundo de los sentidos y las filiaciones.

Mucho hay que ponderar a la Madre, es cierto, y el tema de ser la cuna y el comedor del bebé desde que es una célula, y claro, los dolores del parto y todo eso que ya se sabe promueve la distinción, pero más de uno sabe que madre no es quien te lleva adentro sino quien te cría, como padre no es quien ¿te hace?

Ya yo aplaudí a las madres y a las tías en un texto que publiqué hace poco en Facebook, debí haber aplaudido más a las abuelas, pero hoy quiero un aplauso para el hombre con overol y casco de soldar que dejó lo que hacía para dar lecciones de cómo conducir un pequeño triciclo ante el “Si no me enseñas, me busco otro papá”; pido un aplauso para el padre cariñoso que nunca dejó que su hijo sintiera la ausencia a pesar del divorcio; para el que le habló el primero a la adolescente del preservativo porque a mami le da pena; para el que soporta la manipulación de aquellas que usaron la maternidad como último recurso de atracción o monetario, y aun así dan la vida porque llegue el fin de semana para llevarse a los niños de paseo; para ese que aceptó la manipulación y se quedó al lado de la mujer para poder quedarse cerca de los hijos.

Uno muy grande para el que aprendió a peinar a la niña porque la madre debe llegar más temprano al trabajo o porque la madre se hizo la Meryl Streep en Kramer contra Kramer, o porque simplemente murió y le ha legado al padre esas cosas que son más difíciles que el peinado; pido un aplauso para aquel que no tenía ni idea de dónde iba a sacar el dinero para la maternidad y dejó de hacer literatura para cocer zapatos por el día y escribir los poemas más parecidos a aquellos de Espantado de todo me refugio en ti con la esperanza de que el bebé por venir entendiera que lucharía lo suficiente, porque diles que te amo demasiado para profanarte así.

Así, muy fuerte, muy fuuertte, vibren esas palmas para el que va subiendo esa cuesta en una bicicleta china que pesa mucho más que él, que son los años noventa y ese hombre no se ha echado nada a la boca y lleva pedaleando kilómetros para alimentarme a mí, o a ti, o alguno de los que como yo vivieron aquel terrible Periodo Especial.

Vamos a darle un aplauso a ese al que no acaban de otorgarle la tutela de su hijo a pesar de que ha demostrado que podría cuidarlo mucho mejor, porque la mujer con la que tuvo descendencia no se aguanta ya de los tragos, trae a más de tres tipos por semana al cuarto donde solo el mosquitero separa al niño de lo que sea que hace ella con los amiguitos, y él no se va a rendir.

Al que se convirtió en un superhéroe porque podía no solo contar hasta más de cien, sino recitar la tabla del siete, y, además, cuándo un organismo es unicelular; al que no se perdió una reunión de padres y se quedó hasta tarde vigilando que las tres muchachitas terminaran de aburrirse de tanta piyamada y quedaran exhaustas y dormidas al fin; al que las llevó al otro día a una puesta de Giselle y prometió contribuir con la carrera de bailarina de su hija asumiendo el llevarla cada tarde a las clases de ballet, al que pagó las clases de ballet aunque la niña fuera un tin gordita; al que asistió a más competencias del niño de las que se perdió; al que pudo cambiar el Consejo de Dirección de la Empresa porque ese día le ponían la pañoleta; al que le tocó hacer un botiquín por cada curso porque las maestras siempre saben lo que hacen los papás y el mío era carpintero; al que dejó el alcohol el día que nació su hija y se tatuó su nombre en el antebrazo para en caso de querer alzar la copa acordarse y echar para atrás; al que es profesor de Física por la mañana, repasa Física por la tarde y sale a vender croquetas por la noche, muchos de ellos también fraguados en el Periodo Especial; al sexy que saca al bebé al parque y se roba todos los “aaay” de muchachas atraídas por ese je ne sais quoi que les hace más bella la mirada; un gran aplauso a ese que se acogió a la licencia de maternidad y no solo porque los ingresos de la madre son más altos; uno muy fuerte a aquel que persiguió a aquella aventura de solo una noche porque se enteró unos años después que de allí había nacido uno que tenía su nariz; y a todos los “papastros” que se hicieron cargo tanto de la vaca como del ternero; y a los tíos que también han hecho de todo sin tocarles, y hasta al hermano mayor que asumió la mesa y el afecto; y a mi papá, que cuando me antojé de regalarle una oveja a Pineda Barnet, que colecciona ovejas, no puso peros en hacerme una caja con tres agujeros en dos de sus lados; y a los abuelos, que viven siempre una doble y fecunda paternidad, como mi Pipa, que escondido de mi madre me sacaba los dientes de leche con un hilo cada víspera de mi visita al dentista para que yo no tuviera que pasar por el horror de la aguja para la anestesia.

Un hurra a los padres, a ese primer amor de las niñas, a ese primer paradigma de los varones, y a todos los que lo suyo habrán hecho mucho más que poner la semillita. Fuerte choque de palmas, así, así, eso, también a aquellos que no alcancé a mencionar aquí.

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