LA HABANA. Progreso Semanal ha recabado algunas opiniones sobre la intervención del presidente Donald Trump de este viernes en Miami. Estas son algunas de ellas.

Gerardo Arreola,

Periodista mexicano

Alguna ventaja tiene el anuncio de Donald Trump sobre su política hacia Cuba: después de meses de hablar generalidades, por fin se sabe que la Casa Blanca decidió volver a elevar el peso del anticastrismo de Florida en las decisiones hacia la isla.

La forma del anuncio dijo tanto como el fondo. Los discursos fueron ardientes proclamas de guerra fría, en el típico escenario del exilio más antiguo y radical: el teatro Manuel Artime de La Pequeña Habana.

“Prometí ser una voz en contra de la represión”, le dijo Trump a su auditorio. “Ustedes escucharon ese juramento y salieron a las urnas y votaron. Y aquí estoy yo, como les prometí”.

No se molestó el presidente en recordar que Hillary Clinton ganó en los condados del sur de la Florida de mayor presencia cubana.

Por ahora no se ve un retroceso a la época de Bush hijo, pero sí un fuerte daño a las relaciones bilaterales, y en consecuencia, un repunte del foco de tensión regional que ya parecía en vías de extinción.

El ambiente empeora y puede envenenar el trabajo bilateral en el día a día. Habrá consecuencias negativas para algunas empresas estadunidenses, que reducen su horizonte de negocio, y para los ciudadanos que vuelven a tener más limitaciones a su derecho de libre movimiento.

También dañará a los emprendedores cubanos, que ya estaban en plena construcción de su mercado de turistas del norte.

En la medida en que los intransigentes en Estados Unidos se sientan cómodos en un ambiente de confrontación, es posible que en Cuba se vigoricen las voces que también se sienten más cómodas en el choque.

Trump dijo una frase rotunda: “Con efecto inmediato, cancelo por completo el acuerdo unilateral con Cuba de la última administración”.

Pero ni el discurso ni en las medidas hubo una traducción a los hechos.

Tampoco aparece algo así en el documento de background de la Casa Blanca ni en el de preguntas y respuestas de la Oficina de Control de Activos del Tesoro.

Sólo se confirmaron las medidas anticipadas en la prensa: restricción de negocios con las corporaciones militares cubanas y un regreso a la era de los obstáculos a los viajes de los estadunidenses a la isla.

En cambio, y mientras no haya otra indicación, subsisten las relaciones diplomáticas, las embajadas, los vuelos y cruceros comerciales, los viajes y las remesas de los cubanos a la isla y, hasta donde se conoce, el paquete de acuerdos en materias tan diversas como medio ambiente, áreas protegidas, seguridad para la navegación marítima, los viajeros y el comercio; búsqueda y salvamento marino, meteorología y otras.

Tampoco, que se sepa, cesa de inmediato la cooperación en la lucha contra el terrorismo, el narcotráfico y la trata de personas. A menos que la tirria contra los militares cubanos se siga de frente.

(Tomado de Medium)

Albor Ruiz

Periodista cubano radicado en Nueva York

El cuartico está (casi) igualito, o mucho ruido y pocas nueces. Ese es el resumen más exacto del cacareado cambio de política hacia Cuba anunciado por Donald Trump ante una audiencia anacrónica de fósiles del pensamiento e irracionales cavernícolas. Desafortunadamente, la mayoría de ellos –me apena decirlo—nacieron en Cuba o se llaman a sí mismos cubano-americanos.

Un vergonzoso reality show de demagogia y guataquería, con más exhibicionismo que sustancia, típico de Trump. En este caso, como señaló el amigo Lisandro Pérez, esto es algo bueno. Y es que la fugaz visita de Trump a Miami y su discurso cargado de una ofensiva y anticuada retórica, tuvo como propósito embaucar (algo en lo que Trump es experto) –a envejecientes exinvasores de Playa Girón, grupos geriátricos en pensamiento o edad, y a otros elementos igual de retrógrados y serviles que increíblemente aún pululan por las calles de Miami y que sueñan con que “los americanos” “tumben” la Revolución. No obstante, los cambios reales de la susodicha “nueva política” no son ni de lejos los que hubieran querido los Marios Díaz-Balart y los Marcos Rubio de este mundo, dos adulones de profesión que han hecho de la hipocresía una carrera y que parecen derivar placer del sufrimiento de la patria de sus padres.

Nunca fue “Little Marco” más “Little” que durante la visita de Trump. Así es, increíble como pueda parecer, la estatura moral del inefable Marco Rubio –certeramente bautizado como “El Pequeño Marquito” por el mismísimo Trump – se encogió todavía más con su apoyo entusiasta a endurecer las relaciones con Cuba. Y ni hablar de Mario Díaz-Balart, no el más brillante de los miembros del Congreso, desesperado por congraciarse con el ocupante de la Casa Blanca dándole el sí con un entusiasmo conmovedor. Lo más destacado de la actuación de Marquito y Díaz Balart es, sin duda, su omnipresente disposición a doblar la cerviz que los identifica una vez más como los perfectos cipayos.

No soporto a Trump, pero desprecio mucho más a los políticos cubano-americanos que proclaman querer “ayudar” al pueblo cubano mientras hacen todo lo posible por mantener y endurecer sanciones en su contra. Y –tengo que admitirlo—no soporto tampoco a los adoradores del peor presidente de EE. UU. en muchos años a los que se les hacía agua la boca el viernes en el teatro Manuel Artime creyendo, con gran ingenuidad, que “este presidente sí” va a devolver al pasado a Cuba.

De lo que se olvidaron todos es de que, a diferencia de Rubio y otros como él, Cuba ha demostrado durante medio siglo de hostilidad su gigantesca estatura moral.

James Williams,
presidente de Engage Cuba

Durante los últimos años, cientos de miles de estadounidenses han viajado a Cuba, se han quedado en casas privadas, han comido en restaurantes de propiedad privada, han tomado taxis privados y se han comprometido con el pueblo cubano. Los estadounidenses están contribuyendo significativamente al crecimiento del sector privado cubano. Usted tendría dificultades para encontrar un cubano que vive en la Isla que diga que el compromiso de Estados Unidos no ha mejorado su vida.

Nos alienta que la Administración Trump quiera ayudar al sector privado cubano. Desafortunadamente, las personas que más se verán afectadas por esta directiva son los empresarios cubanos.

La confusión que rodeará esta política, sin duda, sofocar la demanda de Estados Unidos para viajar a la Isla. Además, al exigir a los estadounidenses que viajen en grupos turísticos, la Administración no sólo hace que sea más caro para los estadounidenses de todos los días viajar a la Isla, sino que los empuja lejos de permanecer en casas privadas —que son incapaces de acomodar grandes grupos turísticos— y a quedarse en hoteles del estado.

La apertura del comercio con Cuba ha permitido a los negocios estadounidenses establecerse en un mercado en crecimiento a 90 millas de distancia y crear empleos en todo el país. Dada la interrelación de la economía cubana, estas nuevas restricciones a los negocios estadounidenses podrían obstaculizar ese progreso, que podría costar a la economía de los Estados Unidos miles de millones y afectar miles de empleos.

Si el objetivo es ayudar a los empresarios cubanos, agregar las regulaciones que matan a los negocios estadounidenses y aumentar los recursos del gobierno para investigar a los estadounidenses que viajan a nuestra vecina no es la respuesta.

Con el fin de elaborar una política que realmente da poder al pueblo cubano, es imperativo que los individuos que escriben nuestra política sobre Cuba visiten la Isla para comprender plenamente cómo funcionan la economía cubana y el sector privado.

Esperamos que en los próximos 90 días la Administración colabore con la comunidad empresarial y la economía cubana, académicos y expertos en derechos humanos para asegurar que la política del Presidente Trump realmente trabaje para empoderar al pueblo cubano sin infringir los derechos de los estadounidenses a viajar libremente.
Hoy fue el discurso. Mañana volveremos al trabajo.

(Tomado de Engage Cuba. Traducción de Progreso Semanal)

Arturo López-Levy,
Doctor, profesor de la Universidad de Texas en el Valle del Rio Grande

El mundo se ha estado preguntando si las revisiones anunciadas por el presidente Trump a la política hacia Cuba revertirían los cambios ejecutados por la administración Obama en sus dos últimos años. La respuesta que Trump dio a esa pregunta este viernes parece ser no. La Casa Blanca de Trump se ha tragado la embajada norteamericana en La Habana y a la cubana en Washington, la salida de Cuba de la lista de países terroristas del Departamento de Estado, los acuerdos de intercambios en temas de seguridad y aplicación de la ley entre los dos gobiernos y el fin de la política de pies secos y pies mojados. Es lo correcto, pues revertir esas medidas solo perjudicaría el interés nacional estadounidense y traería más conflicto con los aliados de Estados Unidos. Ningún país en el mundo respalda hoy la política norteamericana de bloqueo y aislamiento.

En una tradición que no inventó, Trump apeló a las emociones de un público ebrio con el carisma de quien le hablaba fuerte a sus adversarios y les calentaba las vísceras con elogios. Después de los festejos anti-Obama de la derecha cubana con la carne roja que regaló Trump, habrá que juzgar el retroceso por lo concreto. En lo intangible, la cartilla que le leyó Trump enrarece el ambiente, trabando el proceso de aproximación al pueblo y negociación con el gobierno de Cuba, pero no lo revierte.

Es difícil pensar en un avance sustantivo en el proceso de normalización de relaciones más allá de lo logrado en los últimos meses de la administración Obama. La lista de lavandería que el presidente Trump leyó a los líderes cubanos actuales y a los que tomarán el timón del estado cubano a partir de 2018 es una hoja de ruta ya trillada por más de cinco décadas de fracasos.

Trump ha dejado la embajada en Cuba, pero dándole al gobierno cubano la cobertura perfecta para redoblar las dinámicas de suspicacia y cautela hacia la misma. La política de bloqueo y aislamiento contra Cuba y la retórica de hostilidad es vieja. El sistema político cubano tiene antídotos institucionales y culturales de gran efectividad contra todo ese endurecimiento de las posturas estadounidenses.

Ha sido cíclico con Reagan y Bush después de Carter y Clinton sin aportar nada de valor a las dinámicas de largo plazo. En el tema de los viajes, es conveniente recordar que los viajes de los cubanoamericanos siguen siendo la parte del león de ese negocio. Los viajes ilimitados de los cubanoamericanos y su envío de remesas no sufren ningún cambio, como sí ocurrió durante la administración Bush.

El Senador Rubio y el congresista Díaz-Balart, entre otros, han entendido que emprenderla contra los vínculos familiares entre cubanos a través del estrecho solo les puede traer problemas. Como resultado se da la ironía de que los mismos que abogan una política de restricciones de los derechos de viaje para los otros norteamericanos no se atreven a persuadir a sus electores a adoptar la misma restricción. Limitaciones a las libertades de los demás con sus impuestos, pero excepciones para seguir disfrutando de Cuba para los que los eligieron. La versión miamense de “America First” consiste en que los cubanoamericanos tengan más libertades de viaje que el resto de los estadounidenses. Trump ha cambiado “America first” por “Miami Vice”.

La limitación del flujo monetario a las empresas militares es otro gesto para la gradería miamense, pero cuyo impacto en el juego real de poder cubano es mínimo, sino contraproducente a los procesos de reforma y apertura que tienen lugar en la Isla.

Las fuerzas armadas cubanas son un jugador decisivo en la transición intergeneracional a iniciarse en 2018 —incluso cuando se plantea el ascenso a la presidencia del primer civil desde 1976, cuando Fidel Castro, real poder más allá de la institucionalidad, reemplazó a Osvaldo Dorticos Torrado en la primera magistratura—.

Trump parece no entender la lección de que todo el que ha subestimado el poder de convocatoria del nacionalismo cubano se ha equivocado. Lo más probable es que no logre nada político concreto contra las fuerzas armadas cubanas, mientras brinda una oportunidad política que el gobierno cubano no desperdiciará para denunciar la indebida intromisión estadounidense en asuntos cubanos y aglutinar a las bases castristas en torno a los cuerpos armados como los baluartes más insignes de la defensa de la nación.

Emily Mendrala,
Executive director of the Center for Democracy in the Americas

Revertir el progreso en las relaciones entre Estados Unidos y Cuba es malo para el interés nacional de Estados Unidos —nuestra economía, nuestra seguridad nacional y nuestra posición en la región— malo para los estadounidenses, para quienes el libre viaje debe ser un derecho y malo para los cubanos en la Isla, que abrumadoramente apoyan lazos más estrechos con Estados Unidos y muchos de los cuales ya están viendo los beneficios del acercamiento.

La Casa Blanca no ha logrado ofrecer una visión estratégica de su cambio de política en Cuba y de cómo se logrará un “mejor trato”, volviendo a una postura de aislamiento hacia uno de nuestros vecinos más cercanos. Esta nueva política no tiene ganadores —no el pueblo estadounidense, no las empresas estadounidenses, no el pueblo cubano— y parece privilegiar los acuerdos políticos internos sobre objetivos estratégicos, descartando los principios de respeto mutuo por soberanía y beneficio mutuo a través del compromiso.

El Centro para la Democracia en las Américas (CDA, por sus siglas en inglés) elogia el grupo bipartidista de congresistas campeones de la participación, y continuará apoyando la acción del congreso para avanzar políticas de la participación. Una vez que el Congreso actúe de manera decisiva para levantar el embargo, las empresas estadounidenses, los viajeros y el pueblo cubano se ahorrarán el riesgo de que nuestra política interna amenace el avance del progreso.

Ahora como nunca el CDA continuará reuniendo a la gente, y redoblaremos nuestro trabajo construyendo relaciones y fomentando la cooperación y el diálogo en ambos lados del pasillo aquí en Washington, y a ambos lados del Estrecho de la Florida. Hablar entre ellos, compartir opiniones y experiencias, reconociendo y superando las diferencias, es el camino a seguir en las relaciones entre Estados Unidos y Cuba.

(Declaración enviada originalmente en inglés a Progreso Weekly para su publicación. Traducción de Progreso Semanal)


Jesús Arboleya Cervera,
Doctor en Ciencias históricas y autor de numerosos libros sobre las relaciones de Estados Unidos y Cuba

El discurso de Donald Trump lo podía haber dicho igual el presidente Eisenhower en 1960. A partir de esa retórica, en muchos casos desmentida por la historia, se construyó la política contra Cuba, que finalmente el propio presidente Obama reconoció como fracasada. Evidentemente Trump no fue original en Miami y nada indica que tendrá más éxito que sus predecesores.

Ahora habrá que ver las medidas concretas para separar la realidad de la demagogia. Tengo la impresión que aun queriendo lo peor, no pudieron alterar la esencia del proceso. El exilio histórico no da más, ese no es la comunidad cubanoamericana y, mucho menos, el pueblo de Cuba. A lo mejor lo comprobamos en las elecciones de 2018 y para colmo será un mal acto de campana adelantada.

La decadencia fue la tónica del espectáculo que vimos en Miami y estoy seguro que muchos cubanos, allá y aquí, hemos tenido que soportar lo que algunos llaman “vergüenza ajena”.

Noticia en construcción…

Foto de portada: Al Drago / The New York Times.

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