LAS TUNAS. El desmantelamiento de su central azucarero dejó a los de Jobabo preguntándose si era cierto que el lugar donde había nacido no aparecía en el mapa de quienes creen que Cuba termina donde empieza la autopista. No se trata únicamente de buscar una nueva fuente a su sustento futuro… La construcción de una estrategia de desarrollo local, consensuada desde las bases y coordinada de manera colectiva sería el modo de que este municipio al sur de la provincia de Las Tunas se encuentre a sí mismo.

¿Y ahora?

Jobabo perdió su centralidad económica, explica la doctora Aymé Placencia Pons, especialista del Centro de Intercambio y Referencia Iniciativa Comunitaria (CIERIC). “De ser un municipio que respondía a un modelo azucarero, al que el antiguo Ministerio del Azúcar lo abastecía de prácticamente todo, desaparece el central en el año 2002 y se cortó esa línea de suministros”, dice.

El shock colectivo fue clarísimo en los flujos migratorios. Si en la última década del siglo XX se incrementó allí el número de personas yendo hacia las zonas rurales, incentivados por la profusión de grandes polos productivos agrícolas y la existencia de las plantaciones cañeras; entre 2002 y 2012, según datos de la Oficina Nacional de Estadísticas e Información (ONEI) Jobabo fue el asentamiento urbano que más rápidamente creció, llegando a alcanzar la condición de ciudad, categoría demográfica reservada los que agrupan a 20 mil o más habitantes.

Aunque la política estatal de protección al acceso universal y gratuito a los servicios médicos y de educación es evidente en Jobabo, no es un sitio al que mucha gente quiera irse a vivir. De hecho, según la propia ONEI, es de las demarcaciones municipales con saldo migratorio negativo —se van más personas; llegan menos— y con uno de los índices más altos de ciudadanos con empleo y que residiendo allí trabajan fuera de sus límites.

Sin embargo, las especialistas de CIERIC estiman que el golpe mayor estuvo en las mentes de las personas. “Nos sentimos como el fondillo del mundo”, fueron algunas de las opiniones que colectaron cuando llegaron en 2009, cuenta Caridad Perelló Barley, coordinadora regional de esta ONG adjunta a la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC).

Del marasmo a la acción

En 2005 se lanzó el Proyecto Avance, que dio algunos pasos de reanimación de la infraestructura local y distribuyó algunos instrumentos para la promoción artística. Era la respuesta institucional a una política del Estado cubano de redirigir la colaboración internacional justamente a zonas como esta, duramente golpeadas por la reconversión azucarera.

Por eso el arribo de Aymé y Caridad no fue fortuito. Ambas han gestionado desde el CIERIC un proyecto financiado por la Organización no Gubernamental alemana, Pan Para el Mundo, que ha pretendido mejorar las condiciones de vida tanto de los residentes en la zona urbana como los de la comunidad de Zabalo, mucho más al sur.

Mientras tanto, en 2011, la Fundación del País Vasco Mundubat llegaba junto a la Asociación Cubana de Producción Animal (ACPA) con otra propuesta de desarrollo socio productivo endógeno, integral y de empoderamiento, que apoyó sustancialmente a los ganaderos y agricultores. Ese mismo año inició su experiencia la Agencia Suiza para la Cooperación y el Desarrollo (COSUDE), enfocada en el asentamiento rural de Rincocito, al cual proveyeron de tanques para el almacenamiento de agua, instrumentos musicales y sistemas fotovoltaicos de energía. En total las estimaciones más confiables sitúan en más de dos millones de dólares los que fluyeron a Jobabo en los últimos años por cuenta de la colaboración internacional.

Luego, la aprobación de la Ley 113 del Sistema Tributario, que incluyó una contribución al desarrollo territorial por parte del sistema empresarial doméstico, dio pie al Programa Iniciativa Municipal de Desarrollo Local, a través del cual el Ministerio de Economía y Planificación respaldó con créditos directos las demandas de un grupo de reducido de municipios calificados como los más atrasados.

No obstante, Jobabo no estuvo entre los elegidos inicialmente para estos experimentos de aplicación de la contribución territorial al desarrollo local; en la práctica no funcionó como tal porque varias resoluciones posteriores a la Ley Tributaria, emitidas por del Ministerio de Finanzas y Precios, hicieron prácticamente imposible que los gobiernos municipales emplearan esos fondos generados en su propio entorno.

¿Resultados?

Mientras eso estaba ocurriendo en Jobabo, transitaba por sus dos primeras fases el proyecto conjunto entre el CIERIC y Pan para el Mundo. Ir dando los primeros pasos, admite Aymé, no resultó sencillo porque había que vencer el tradicional estilo verticalista a la hora de concebir el desarrollo. Así que el camino fue la consulta con la población para que propusiera cuáles serían las líneas fundamentales de esa estrategia de desarrollo local. Al mismo tiempo se creó un Grupo Gestor en el cual confluyen representantes de las autoridades políticas gubernamentales y sectoriales de la localidad. Más tarde, nacería el Centro de Gestión de Desarrollo Local.

La doctora Ayme subraya que el rol de CIERIC fue facilitar el acceso de los actores sociales y políticos del territorio a instrumentos metodológicos que desde la concepción de la educación popular ponderaron la utilización de técnicas participativas de trabajo colectivo dentro del Grupo Gestor.

Dentro del Grupo no solo se precisan fortalezas y debilidades, también se esbozan escenarios futuros que, como indica el Eliades Labrada Pérez, titular del Centro de Gestión de Desarrollo Local, “incluye las posibles fuentes de financiamiento de las cuales pudiéramos disponer para fomentar acciones que tributen al desarrollo de la localidad”.

Al inicio, comenta, los tragos fueron amargos: “Incluso proyectos de colaboración internacional, que, teniendo aprobados montos importantes de dinero, no tuvieron resultados totalmente buenos porque no teníamos la habilidad de movilizar esas fuentes de financiamiento y colocarlas en el plan de la economía”.

Desde el punto de vista de otro de los participantes, Rolando Diez Duarte, director del Centro Universitario Municipal, la valía radica en que “se ha escuchado a toda la población”. Diorgis Antúnez, desde la Casa de la Cultura, lo resume en que “ellos han hecho las propuestas sobre lo que nos falta para que Jobabo sea un sitio que las personas reconozcan como ciudad, un municipio que está en el mapa y donde las personas aportan para su desarrollo”.

Ahora el Parlamento puso efectivamente en manos de las autoridades municipales la posibilidad de emplear la mitad de las recaudaciones por concepto de contribución al desarrollo.

El hecho de que durante varios años hayan estado viéndose las caras una miembro del Buró Local del Partido, vicepresidentes del gobierno, directores de instituciones culturales y sociales, hablando en un clima participativo, le ha ganado el respeto al gobierno local frente al Gobierno Municipal, al punto ser consultado antes de aprobar en qué se gastarán esos fondos adicionales que ahora dispone por concepto de la mencionada contribución.

Así se han redondeado las cuantías financieras total necesarias para la conclusión de proyectos que, aun teniendo una parte de su presupuesto de moneda dura, requieren de fondos en moneda nacional. Es el caso de los costeados por Pan para el Mundo, que entrarán en su fase final este año, materializados en la edificación de industrias alimenticias o en la reutilización de locales pertenecientes al extinto central azucarero Perú.

Los desafíos, advierten los integrantes del Grupo Gestor, siguen siendo muchos. En concreto que los proyectos de desarrollo diseñados o en ejecución se complementen entre sí y que siga creciendo el protagonismo de las comunidades en esa gestión.

Todavía los protagonistas e impulsores del desarrollo local en este municipio no quieren dar conclusiones sobre qué es este nuevo Jobabo. “Estamos tratando de entenderlo todavía”, dicen; aunque quizás la respuesta esté más cerca de lo que se imaginan.

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