LA HABANA. La señora vestida de custodio se sienta contenta, es la última en clasificar un puesto en la ruta del p15, y yo la miro desde arriba, subí dos personas detrás de ella y ya no me tocó. Cucurucho de maní en mano termina las semillas y lanza el papel por la ventana, yo casi me tiro detrás de él en gesto independiente de mi voluntad de hacerme invisible en cualquier guagua, ella lo nota y me dice en habanero “¿Qué tiene?”, mientras ya va abriendo otro cucurucho.

No es el “¿Qué tiene de malo?” que supondría, sino un “¿Qué te pasa?”, a mí, ¿qué me pasa a mí que la miro con esta cara? “Mire, señora, cuando termine me da el papel, yo lo guardo en mi bolso hasta que encuentre donde botarlo, no lo tire por la ventana”, “Ah, sí, así es como debería ser, pero figúrate”, y vacía el resto de los maníes en su mano izquierda y con su mano derecha, sin mirar, lanza el otro cucurucho, y me mira desafiante, como si acabara de hacerme un daño personal.

Esta señora no tiene por qué saber que a pesar de que a nivel mundial el número de personas que viven en la pobreza extrema se ha reducido a la mitad desde 1990, todavía suman 836 millones los que viven con menos de 1,25 dólares americanos por día. Ella es una de esas que saca la comida y el resto de ni Dios sabe dónde, cubana al fin, y ya esa podría ser una de las causas de su actitud.

A ella no tiene por qué importarle que 1,3 mil millones de personas —una de cada cinco en el mundo— no cuenten aún con acceso a la electricidad moderna, ni que de 1880 a 2012 la temperatura promedio global aumentara en 0,85 °C, aunque no negaría, menos en este junio abrazador, que en el hemisferio norte el periodo entre 1983 y 2017 probablemente ha sido el más cálido de los últimos 1400 años, aunque no haya vivido ella más de sesenta.

Pero si ya tiene sesenta, incluso si tiene menos, o más, ha vivido su vida en un país del tercer mundo, con políticas ambientales bien definidas desde 1959 pero sobre todo desde aquella Cumbre de Río de Janeiro, y no tiene por qué saber que en Cuba los principales problemas ambientales identificados son la erosión y otras afectaciones del suelo (mal drenaje, salinidad, compactación, desertificación), el deterioro del saneamiento y las condiciones en asentamientos humanos —por evidente que sea—, la contaminación de las aguas interiores y costeras, la deforestación y la pérdida de biodiversidad; pero un ser humano con educación sabe —ella misma lo dejó demostrado en su respuesta— que su gesto, y no tanto el de responderme con lo que en Cuba se llama “chacalismo” [provocación], no es correcto.

A esa señora no debe importarle mucho que, en función de estas situaciones, en Cuba se le hayan hecho reformas a la Constitución de 1976 en los años 1992 y 2002, o que se promulgara, el 10 de enero de 1981, la Ley 33 “De protección del Medio Ambiente y Uso Racional de los Recursos Naturales”; así como el Decreto Ley 118 en 1990; y que en 1993 se aprobara el Programa Nacional de Medio Ambiente y Desarrollo como adecuación cubana de la Agenda 21; se creara el Ministerio de Ciencia, Tecnología y Medio Ambiente (CITMA) y la Agencia de Medio Ambiente (AMA) en 1994; y más tarde, en 1997, se aprobara la Ley 81 “Del Medio Ambiente” como marco ambiental que establece los conceptos y principios de la política ambiental cubana.

Más bien creo que solo a los que pensaron todas esas leyes y resoluciones les interesa, sobre todo porque en un país donde ni cuando no haces nada dejas de estar pensando en qué y cómo resolver, pasar la semana lo menos peor posible y juntar lo que se pueda en vistas de un futuro que ya muchos consideran incierto, en donde se han perdido muchos sueños, a las personas ya casi no les importa algo más que ellas mismas y sus circunstancias. Y lo escribo mientras me suenan las tripas y se me seca la garganta: almorcé a las tres de la tarde en una fonda de mala muerte donde me cobraron 35 pesos (y yo cobro 16 por día) por una completa infame, y no he comido ni bebido nada más porque hace cinco días que no viene el agua a Regla y ya no me quedaba ni para tomar ni para cocinar; el baño lo hice en la oficina, donde por suerte hay una ducha y no ha faltado el agua.

Sin embargo todavía me interesa respirar menos smog, que en 23 y G los decibeles no doblen los límites de contaminación sonora cuando de día deberían ser 60 y suman 120, que no me salpique la saliva del que escupe allí mismo al lado tuyo y en medio de la acera, que tirar una lata, un papel, un vaso de granizado por la ventana de una guagua no sea un acto tan común que si le da a uno que pasa se justifique con el “Imagínate, ¿dónde me lo iba a meter?”, que los basureros no sean los primeros cínicos que crecen debajo del cartel “No echar basura aquí. PNR”, que quien lleva a su perro a pasear en ese civilizado gesto de tener mascota y ocuparse de ella, sea lo suficientemente civilizado como para no permitir que el animalito haga sus cosas en la puerta del vecino, o en medio de la acera, que en Cuba no hay regulaciones para esto, pero en el resto del mundo se recoge en un nailon.

No hay que ser millonarios para empezar a ocuparse de estos temas que garantizarían un futuro menos gris. Si a usted no le interesa —porque a la larga no va a afectarle y tiene otras muchas cosas en las que pensar—, que de 1901 a 2010 el nivel del mar aumentó 19 centímetros a causa del calentamiento global y por lo tanto del deshielo, o que trece millones de hectáreas de bosques se pierden cada año y alrededor de 1,6 millones de personas dependen de estos como medio de vida, ni que debido a la sequía y la desertificación se pierden cada año 12 millones de hectáreas (23 hectáreas por minuto) donde se podrían haber sembrado 20 millones de toneladas de grano; sí debería interesarle que esa circunstancia en la que vive sea más llevadera.

Pero las personas se pierden en la desidia de la cotidianidad y le echan el humo de su cigarro al que sea que tiene al lado, o fuma el médico en el hospital y el chofer de la guagua que además pone la música altísima y genera más descontento y alteración. A las ocho de la mañana ya van más de tres con sus cajas de Planchao [alcohol barato] desayunando lo que a las tres de la tarde ya generará el aliento y la falta de equilibrio que se te viene encima con insultos y faltas de respeto. El que pone música en su casa la pone para todo el vecindario, y al vecino que no le gusta le da por poner la suya a ver qué equipo se oye más. El día después del concierto de los Rollings Stones el césped verde de la Ciudad Deportiva era una nata blanca de basura, como la nata negra de petróleo de la que conté en mi texto sobre el cangrejo de charol

A la señora vestida de custodio puede que no le interese otra cosa que sobrevivir, entonces no son suficientes las disposiciones, leyes y objetivos que promuevan un mañana sostenible en este país. Hay que ponerse fuertes en cuanto a la educación ambiental, a fin de cuentas es parte de esa calidad de vida que se nos escurre entre las manos. Y yo no sé si tendré agua mañana, pero sé que la he ahorrado, como ahorro la electricidad y me niego a desperdiciar comida, reciclo el papel y cada fin de semana hago limpieza de todo lo que he acumulado en mi bolso porque no me resguardo en que no son suficientes las papeleras para tirar la basura a la calle. Todavía me suenan las tripas, y pienso en la frase “Salvemos este planeta, que es el único que tiene chocolate”, y cierro este texto con la esperanza de un mañana en Cuba con más urbanidad.

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