“Rotos, y no hemos salido de La Habana”, decía mi mensaje, “Parece malo, pero así llegarás de día, hazme saber”, leí enseguida como respuesta. De madre, y allí estuve dos horas y media frente al cartel lumínico que cambiando de rojo a verde y de verde a azul anunciaba la entrada a Villa Clara. “Esto se jodió, hasta aquí llegó esto, caballero”, dijo uno, “Pero pedirán un trasbordo, ¿no?”, se escuchó desde el fondo de la guagua, y yo suspiré resignada, pues ya llevábamos una hora de retraso por haber parado en el Barrio Obrero a montar cinco refrigeradores en la panza de la yutong, y con tal negocio lo último que se podía hacer era un trasbordo.

Las tres horas y media atrasadas entre la carga y la rotura se incrementaron con las paradas que fuimos haciendo para recoger gente que blandía abanicos de billetes en la carretera. “Si yo sé que no había dónde sentarse no me monto”, le escuché decir a la mujer que se aguantaba de mi ya incomodísimo asiento, “y con lo que le pagué hubiera costeado un pasaje de La Habana a Ciego y mira, voy de Ciego a Camagüey”, “Sí, mija, pero esto es así si quieres resolver”, le respondió el que se aguantaba del asiento de alante. O le pagas cincuenta pesos por encima al que tiene los pasajes a mano en la agencia, como tuve que hacer yo, quise decirles, pero no estaba para eso.

Llegué a Camagüey cinco horas después de lo previsto, de día, como vaticinaba el sms optimista, y me monté en un coche de caballo —¿qué digo coche?, que parece otra cosa, en un carretón—, al lado del cochero porque “Ven, mimi, que tú eres más jovencita”, y con el primerísimo plano de aquellas bolas verdes y saltarinas pintando, a modo de evidencia del buen pasto consumido por el animal, el saco de nailon que les ponen para recoger las heces. Mejor aquí que en un “camello” (ómnibus con gran capacidad) de esos que le heredaron las otras provincias a La Habana, mejor incluso que en cualquiera de las guaguas articuladas, pensé, todo muy natural —heces incluidas—, aunque siempre siento pena por lo que hala el caballo. Pero lo cierto es que prefería andar a la usanza de varios siglos atrás que montada en uno de esos monstruos.

La primera vez que me monté en una yutong pasé un frío terrible, y llegué con un dolor tremendo en las rodillas, pero todavía no la colonizaban las pequeñas cucarachas rubias a las que les llaman americanas, y valían el dolor de bolsillo aquellos 212 pesos de pasajes de ida y vuelta porque todo estaba muy limpio, todo era muy rápido, y hasta podíamos disfrutar de la climatización. Recuerdo que la queja consistía en que el de alante se te tiraba encima cuando se reclinaba, “porque estos carros están hechos para los chinos, que son chiquiticos así”, decía la gente, y en que los choferes abusaban con lo bajita que ponían la temperatura, pero con baño y televisor a bordo se podía aguantar, que nunca habíamos tenido tanto confort en el transporte.

Pero eso fue al principio, cuando después de que a finales de 2005 Fidel anunciara un plan de mejora en el transporte y ya en 2006 se probaran las primeras guaguas chinas, las mismas que todavía usamos hoy, en 2017. Once años de carreteras rotas, de la indisciplina de la gente que no sé para qué arranca la malla de atrás de cada asiento, por ejemplo, y del queme sin piezas de repuesto suficientes, así como del sobrepeso —recuerde los cinco refrigeradores—, no pueden regalarnos menos que estas bestias emparchadas de óxido rojo por aquí y por allá en el mejor de los casos, en el menos socorrido con los chorros de agua que van cayéndole encima a los pasajeros cuando ayer fue que llovió “y si esto es así no me imagino si empieza a llover de nuevo” y entonces allí empieza a llover y ya sabe usted que aquellos chorros eran solo lloviznita al lado de este aguacero.

En una así regresé, y la gente se preguntaba cómo seguían cobrando los 106 pesos de Camagüey a La Habana por unas guaguas que ya habían dejado de tener baño hacía mucho tiempo, que ya tenían muy rota la salida del aire acondicionado y uno no podía regularlo, y se congelaba con el airecito, y con el chaparrón que caía a través de ellos: gota a gota primero —como en la famosa tortura china y venga el chino al caso—, chorro a chorro después. Y algunos mencionaban el como si fuera poco de quien había salido con desaliento de la larga cola en la agencia, pero informado de que “por allá afuera quizás resuelves”, cuando a día de hoy ya no quedan pasajes para fechas cercanas al receso escolar o el fin de año, el día de las madres o los carnavales de tal localidad, pero “por 15 cuc te vas en este mismo turno, mi vida, y se incluye hasta precio de pasaje”.

Ya había pagado yo ochenta pesos a un bicitaxista que me llevara de mi casa a la Terminal de Camagüey, ya tendría que pagar una máquina de la Terminal de La Habana a mi alquiler en Regla si llegábamos más tarde y así fue. Dos horas en Sancti Spíritus porque lo de los chorros de agua afectaba solo a la mitad de la tripulación, pero el que nos quedáramos definitivamente sin aire acondicionado iba contra cualquier humanidad y ya habíamos caminado una hora respirándonos los unos a los otros. Llegamos a las dos y veinte de la madrugada. Allí mismo, donde varios carros estatales recogían a otros, me asediaron los boteros, y asentí por 10 cuc hasta Regla porque “Imagínate, muchacha, esto es La Habana, y es de madrugada”.

Este viaje ya no era solo largo: había pagado, en un día, más dinero del que gano en un mes y de todas las estafas —el resto de los cobros: bicitaxis, máquinas, era cosa particular, la timada de siempre— la que más me indignaba era la estatal: ya pusieron “yutones” nuevas hasta Las Tunas, de Camagüey hasta La Habana no alcanzaron, pero siguen cobrando lo mismo que cuando hacía falta pagarlas, y uno no puede moverse en avión porque ya ha pasado que se atrasan hasta dieciocho horas y luego te montan en… ta ráaan: una yutong, con sus nueve horas, y uno tiene que viajar porque el negocio, el trabajo, la familia, las embajadas, el médico…, y fíjese que no escribo la palabra placer.

Ah, placer, dicen que las nuevas guaguas (ómnibus) son menos estrechas, y que no se muere uno de frío porque, nuevas al fin, todavía no se les han roto las rejillas por donde pasa el aire acondicionado, llegan en hora y los choferes recuerdan cuánto hay que cuidarlas cuando dan la bienvenida a bordo. Habrá que esperar a que se complete el parque, y aunque no olvido nuestras restricciones económicas espero que al menos se regulen los precios del servicio que nos deben seguir dando los ómnibus viejitos, porque uno necesita viajar, y ese sería un gesto de consideración que es lo mínimo que merecemos los cubanos.

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