MIAMI. Donald Trump llegó al poder propulsado por el apoyo masivo de la clase obrera blanca y los votos de una gran parte de los blancos de clase media, incluyendo, asombrosamente, las mujeres blancas con estudios universitarios. Estos electores sorprendieron a todos, desde encuestadores hasta expertos y científicos políticos. Ahora, son estos electores los que van a ser sorprendidos y a sufrir una decepción mayor.

Creo que el más grande factor en el fenómeno Trump es el miedo y la ira entre muchos blancos ante la perspectiva de perder su estatus de grupo dominante en la sociedad  estadounidense ante negros, latinos y otros recién llegados. Sin embargo, la angustia económica es seguramente la segunda razón del éxito de Trump. El problema es que un régimen derechista republicano de Trump/Ryan sólo agravará los problemas económicos de los electores de Trump.

Que el nivel de vida de la clase trabajadora se ha estancado o incluso ha disminuido durante más de 30 años, y que la clase media ha disminuido durante el mismo período es un hecho probado. El impacto de esta tendencia negativa fue especialmente fuerte porque, durante las tres décadas anteriores, los ingresos de la clase trabajadora aumentaron de manera significativa, mientras que la clase media se expandió continuamente en tamaño y seguridad económica. El ejército de electores blancos de Trump esperaba que él traería de vuelta “los buenos viejos tiempos” de dos maneras: un regreso a la economía en auge de las décadas posteriores a la Segunda Guerra Mundial y una restauración, o al menos una congelación, de la jerarquía étnica/de raza en términos tanto de números como de estatus. Ellos estarán consternados cuando se den cuenta de que Trump no tiene el poder de hacer que el tiempo retroceda.

Una razón importante para la crisis de las clases trabajadora y media de Estados Unidos es una disminución sustancial de la tasa de crecimiento económico en el país desde fines de la década de 1970. Una razón aún más importante es la forma en que el crecimiento se ha distribuido entre los “que tienen y los que tienen menos”.

En pocas palabras, las últimas décadas han sido una época en la que a aquellos cuyo dinero trabaja para ellos (el 1 por ciento) le fue fabulosamente bien, pero los que trabajan por su dinero solo sobrevivieron. Dicho de otra manera, los ingresos del capital se dispararon mientras que los ingresos por salarios se estancaron. Eso es a excepción de los ingresos más altos, en su mayoría ejecutivos de empresas, médicos altamente pagados, abogados y otros profesionales, y los grandes actores de la industria financiera.

En conjunto estos dos grupos, cuyos ingresos provienen principalmente del capital (acciones, bonos, bienes raíces) y los que recibieron salarios colosales (y usualmente también ingresos sustanciales de capital) constituyen el 10 por ciento de los ganadores que, según Thomas Piketty, “se apropió de tres cuartos del crecimiento” en la economía de EE.UU. entre 1977 y 2007.

Cuando al 90 por ciento de la población se le deja que compita por el 25 por ciento del crecimiento relativamente lento del ingreso nacional, hay una fórmula para el descontento y la división. El genio político de Donald Trump fue sentir la rabia creada por 30 años de salarios estancados o decrecientes y desviarlos de su objetivo lógico –el 10 por ciento que se daba un festín– hacia una serie de chivos expiatorios convenientes: extranjeros, elitistas liberales, China.

Conseguir que la gente desplace su enojo lejos de la verdadera fuente de sus problemas y hacia objetivos vulnerables es el movimiento clásico del demagogo. Stalin culpó a los “cosmopolitas” (judíos, intelectuales, artistas, escritores disidentes) por el terrible estado económico de la Unión Soviética. Hitler vilipendió y luego mató a aquellos a quienes culpó por la derrota de Alemania en la Primera Guerra Mundial y por el desastre económico de la República de Weimar de la década de 1930: “los avarientos judíos”, comunistas, socialistas y finalmente todos los que no eran “arios” nacional-socialistas (nazis).

La demagogia es más fácil que cumplir con lo prometido y en eso es en lo que Trump decepcionará a sus partidarios. Ya está claro que las políticas impulsadas por Trump y Ryan aumentarán aún más la desigualdad y perjudicarán los intereses económicos de muchos de los mismos que eligieron a Trump. Ya hay un rumor lentamente en construcción de quejas entre la gente que votó a favor de Trump y que ahora están por perder su seguro de salud o el dinero para los programas locales de arte. Hasta ahora, hay pocos desertores, pero habrá cuando los republicanos en Washington se unan para implementar su visión para otra ronda de transferencia masiva de ingresos del 90 por ciento hacia el 10 por ciento.

Mientras tanto, en los estados dominados por los republicanos, los legisladores no están esperando. En la Florida, por ejemplo, la legislatura está considerando un proyecto de ley que hará más difícil y más oneroso recibir Medicaid. ¿Quiénes son las personas que reciben Medicaid? No son parte del 10 por ciento.

Durante décadas, los republicanos han tenido mucho éxito en la implementación de su ideología de Robin Hood a la inversa. Han llegado a conseguir que presidentes demócratas –en especial Bill Clinton y en menor medida hasta Barack Obama– se arrodillen ante el altar del dios del libre mercado.

Pero eso no es suficiente. La deidad del Libre Mercado exige sacrificios humanos. Los poderes monolíticamente reaccionarios establecidos en Washington están listos para cumplir con eso: recortes salvajes a la financiación de la atención médica; eliminación de un programa de la Agencia de Protección al Medio Ambiente (EPA) para evitar que los niños beban agua no potable; exponer a toda la nación a los problemas de salud que resultan de la quema y la extracción de carbón a cielo abierto y del fracking para extraer el gas natural.

Donald Trump puede salirse con la suya en la mayor parte de este plan, pero hay un límite en relación a cuánto sacrificio humano se puede exigir y cuánta desigualdad puede soportar una sociedad. La economía estadounidense es muy dependiente de lo que gaste el 90 por ciento, que serán los perdedores en la economía de Trump-Ryan. Para mantener el consumo al nivel que requiere la economía, estas personas tendrán que reducir el gasto o aumentar los préstamos. Un camino conduce a la recesión o la depresión, el otro a la crisis financiera.

De una forma u otra, Donald Trump probablemente enfrentará una crisis económica en su mandato. Con todas las palancas del poder en manos republicanas, la culpa de la crisis caerá directamente en el Partido Republicano y en Trump. Esa podría ser la última gota que acabe con el reinado del error de Trump y desacredite completamente durante una generación la “filosofía” republicana de afligir al 90 por ciento que lucha por sobrevivir y reconfortar el ya cómodo 10 por ciento.

Traducción de Germán Piniella.

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