LA HABANA. De lo MUCHO que ha inventado el cubano para sobrevivir, no deja de llamarme la atención el viejito que cambia el menudo en las paradas: ochenta centavos por un peso y usted garantiza dos viajes, y el viejito de veinte en veinte centavos algo hará. Ahora, con esto de la nueva Cuba, los emprendedores y las nuevas formas de empleo uno debería tener la capacidad de distanciarse y mirar desde arriba, como un narrador omnisciente, todo el movimiento, las tramas que genera, pero uno es solo un personaje y como tal habrá que ir por esta Cuba de ingenio a fuerza de necesidad.

Pero de momento aparece un norteamericano que lleva veinte años esperando por conocer este país y uno se pone historiador y analista, y mientras le muestra por enésima vez la sustituida ceiba del templete se da cuenta uno de que esas voluptuosas mulatas, jóvenes y viejas, fumadoras de tabaco, vestidas de colorines y llevando una cesta de flores, son parte de esa creatividad nuestra, otro oficio, de figurante digamos, que te pone a pensar.

Sí, porque en Cuba todo el mundo sabe decir, al menos, Tom is a boy and Mary is a girl, y porque uno fue a la universidad y también a las escuelas de idioma, tiene uno un bagaje como para ir diciendo Welcome to Havana, Havana is the main city in Cuba, la capital de todos los cubanos, yo misma soy de otra provincia y vine a vivir aquí, y esto y lo otro y aquello y más cuál y se pone uno un poco en el papel del yumo y ve el mar más azul y el sol no pica tanto, se siente warm, wow, que it was cold in Unites States.

Y entonces empieza a ver uno la otra Cuba, y también tiene uno que gardear a los asediantes que piden —Oh Tom, Oh Mary— one soap, please, haciendo el gesto de frotarse la piel por si el acento no es bueno, a pencil, please, moviendo la mano en ejercicio caligráfico, o chicle, “plis”, como si los americans supieran que así le llamamos a su bubble gum, como se le llama todavía al detergente, Fa; al pegamento, pegolín; y hasta sé de un tipo de arroz “rice”, ese sí es bueno, americano él.

Entonces el americano no pregunta porque es educado, y porque cree que sabe porque se pasó tres meses leyendo guías y bajándole, a la wife, tutoriales de cómo hacer pis en baños cubanos. Pero uno se siente con brío porque ahora que me fijo, ¡qué linda se ve esa bandera ondeando bajo este cielo azul!, y está bien aclarar que aquí todas las mujeres no se hicieron “jineteggas” como dicen, porque a pesar de que en los noventas, cuando la URSS nos destetó, nos quedamos en banda, y ya un matemático no podía alimentar a sus hijas con lo que ganaba dando clases en la universidad, ni un médico en un hospital, ni un científico en su centro de investigaciones; siempre hubo quien prefirió vender croquetas escondido del mal ejemplo que le estaría dando a la nueva generación, agazapado en la fe en el porvenir y en la normalización de “la cosa”, the thing, así le decimos los cubanos.

Entonces nos da mucha gracia contar cómo éramos felices antes, cuando de veras éramos tan iguales que al mismo sitio podían asistir tres o cuatro con tu mismo modelo de vestidito, y hace uno el cuento de la madre que se estrenó esa noche aquel juego de saya y chaqueta tan formal y después se moría de la vergüenza y la risa cuando descubrió que era de la misma tela que las cortinas del establecimiento; o el de las cintas rusas que adornaban todas las cabezas de niñas habidas; o el de aquellos zapatos plásticos que devinieron en “chupamiaos” —¿cómo se le dice esto a uno que no habla español?— it was a kind of shoes that absorb… well, what can I say?

Hablamos del picadillo de cáscara de banano, pero solo como una leyenda urbana, yo no lo comí, como tampoco comí bistec de colcha de trapear, que ni siquiera se menciona, porque no hay que exagerar, ni pizza de queso hecho con preservativo, aunque sí comí huevo frito con agua —deberíamos probar a volver a hacerlo así, es menos perjudicial, ¿no?—, o peor, frito con aquella manteca rancia que no sé si era de vaca o qué sé yo, bueno, esta plaza pertenece al siglo diecisiete.

Pero el yumo quiere ahora más detalles, y a uno le entra ese pride of being Cuban y cuenta de cómo nos crecimos ante las dificultades, de cómo nos hicimos más sociables y hasta más socialistas en las largas noches de apagón sorteadas en el vecindario, blackout no es lo mismo que apagón, no por lo menos que aquellos apagones, blackout-ón podríamos llamarlo, y aun así no se acercaría mucho a la realidad, pero lo lindo fue que sí, sobrevivimos, flaquitos-flaquitos, como en la canción de Sabina, y con neuropatía, neuritis, “beriberi”, reuma y todo lo que trae una casi ninguna alimentación, aunque hay que decirlo, en la escuela nos daban aquellas pastillitas amarillas que a mí me gustaba pedirle a los que no se las tomaban para guardarlas para cuando no hubiera más, incluso para llevárselas a mi padre, que pedaleaba en aquella bicicleta china más grande y más pesada que él, cargando, a distancias inhumanas, cargas inhumanas.

Entonces, porque los yumos saben, te preguntan por la libreta de abastecimiento, y uno le explica que es un logro de la Revolución, y que hay quien vive solo con eso, pero que en realidad no alcanza, y ya está uno tomándose un daiquirí en el bar Cabaña al precio de lo que cobras por un cuarto de mes en tu trabajo, y te preguntan cómo unos tienen más dinero que otros, cómo pasó esto, y recuerda uno el cuento de los nuevos ricos haciendo tantas barbaridades como preguntarle al teacher particular que cómo más pueden decir profe en inglés sin que sea el tan complicado término que les acaba de decir cuando se presentó el maestro con My name in Freiser.

Pero no hace uno el cuento por vergüenza, porque aquí cada cubano sabe al menos aquello de Tom is a boy and Mary is a girl, y cambia uno el tema porque por unos dolarillos que dejarán luego de propina no puede uno prostituirse, y cae en cuenta uno que esto es otro de esos oficios que ha inventado el cubano para sobrevivir, aunque ya estuviera inventado en otra parte, y empieza a hablar uno de cómo cree que un día se podrá ganar y dar de comer a los hijos con lo que se gane haciendo lo que estudió uno.

Y siente uno un poquito de frescor, quizá por el daiquirí, que está friecito, o porque este inglés “your english is better than my spanish” y todos los términos arquitectónicos, históricos y culturales que le permiten a uno dar este tour lo aprendió uno en la escuela, o leyendo —no sé dónde lo aprendieron los que se te paran delante con un poster de por dónde te pueden pasear en súper-almendrón 50 cuc la hora, otro oficio—, y se sonríe uno al pensar que en Cuba, ya no solo hay Toms que son girls y Marys que son boys, como en cualquier lugar del mundo, sino ingenieros mecánicos, deportistas y músicos dueños de restaurantes y bares, bicitaxistas que saben que el Gran Teatro de La Habana fue primero el Teatro Tacón, y uno, que no es narrador omnisciente, pero casi.

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