Las razones domésticas del ataque de Trump a Siria

LA HABANA. Una vez más Donald Trump sorprende al mundo con el bombardeo inesperado y unilateral a una base aérea en Siria.

Lo hizo sin consultar al Congreso, como obliga la ley, aunque ha sido muchas veces violada por los presidentes norteamericanos; sin establecer una coalición que le brindara una sombrilla multilateral, aunque según informaciones avisó previamente a la Unión Europea, Rusia,  la OTAN, y sin el respaldo de la ONU o cualquier otro organismo internacional.

Por lo general, cuando alguien trata de explicarse este tipo de acciones por  parte de los gobernantes de Estados Unidos, se le acusa de predicar una “teoría conspirativa”, que no puede ser sustentada con hechos concretos. Sin embargo, más de una vez, estas apreciaciones han resultado confirmadas en la práctica, como fue el caso de las famosas “armas de destrucción masiva” en Iraq. Lo lamentable es que la demostración de la verdad generalmente solo conduce al alboroto, sin mayores consecuencias para los causantes del desastre.

No deja de llamar la atención que apenas un día después que los voceros de Trump declararan haber abandonado la prioridad de derrocar al presidente Bashar Al-Assad, lo que fue entendido como importante gesto de conciliación, se produjera el incidente de un supuesto ataque del gobierno sirio con armas químicas a la población de ese país.

Más allá de consideraciones éticas, ciertamente vulnerables, dada la brutalidad de esta contienda, desde el punto de vista militar no hay lógica que pueda explicar este tipo de ataque cuando los avances contra los grupos terroristas resultaban evidentes y las presiones externas contra el gobierno sirio habían disminuido, precisamente por la lectura que se hacía de la política norteamericana.

Esta ofensiva siria contra el llamado Estado Islámico, del cual todos se declaran enemigos, ha contado, por demás, con el apoyo activo y la supervisión de Rusia, envuelta en una campaña internacional para disminuir tensiones con otros actores internacionales, incluyendo a los propios Estados Unidos. Los sirios, y mucho menos los rusos, no necesitan utilizar este tipo de armas y hacerlo resulta tan insensato desde el punto de vista diplomático, que vale entonces sospechar que “alguien más” llevó a cabo el ataque.

La ONU no ha podido determinar la responsabilidad del gobierno sirio en el mismo y vale recordar que hace tres años, bajo inspección internacional, fue certificada la destrucción del arsenal de este tipo de armas en poder de las fuerzas gubernamentales. Se impone entonces determinar cuál es el origen de las armas químicas utilizadas en esta ocasión y quién en realidad las tenía.

Aun así, el gobierno norteamericano decidió bombardear “la base aérea desde donde se originó el ataque”. El problema es que, hasta el momento, nadie ha podido determinar ni siquiera si efectivamente se trató de un ataque aéreo.

Efectivamente, quedan muchas interrogantes por dilucidar, pero no hay dudas de que, por lo menos de inmediato, el gran ganador con este acontecimiento ha sido Donald Trump, al menos desde la perspectiva de la política interna de Estados Unidos, porque el cuento de una “preocupación humanitaria” no le cuadra a este presidente.

Con un índice de popularidad que compite con los más bajos de la historia del país, una polarización política que incluye a su propio partido, un Ejecutivo caracterizado por la disfuncionalidad y el escándalo, así como las peligrosas acusaciones de sus supuestos vínculos con el gobierno ruso, es innegable que Trump necesitaba un golpe de fuerza para mejorar su liderazgo.

Con esta acción, atenúa el impacto de su supuesta luna de miel con Putin; unifica a su alrededor a las fuerzas más intervencionistas de Estados Unidos, tanto republicanos como demócratas; obtiene el apoyo de sus aliados extranjeros, que se sentían abandonados por la nueva administración, y se presenta con su versión más dura en las negociaciones internacionales. No debe ser casual, que el ataque ocurriera un día antes de su reunión con el presidente chino Xi Jinping.

Están por verse las consecuencias de este acto. Por lo pronto, se han agriado las relaciones con Rusia, que ya anunció su decisión de suspender el acuerdo militar y de seguridad aérea con Estados Unidos, así como aumentar la capacidad antiaérea del ejército sirio, lo que abre la posibilidad de incidentes que conduzcan a una escala de la guerra.

De igual manera, parece dinamitado el Comité de Alto al Fuego que sesiona en Ginebra y, una vez más, el Consejo de Seguridad de la ONU se ha visto desconocido e impotente, lo que complica la solución del conflicto.

El gobierno norteamericano ha declarado que solo se trató de “un ataque limitado para evitar  nuevos ataques químicos” y no deja de sorprender el relativo escaso impacto destructivo de 59 cohetes Tomahawk -capaces de acabar con Damasco- sobre un área tan pequeña. Se dice que los sirios previeron el ataque y evacuaron la base, la pregunta es cómo se enteraron.

Por su parte, el secretario de Estado, Rex Tillerson, afirmó que esto no cambia la política hacia Siria, hasta ahora orientada a la no intervención, según declaraciones del propio gobierno. A lo mejor es verdad y lo ocurrido no tiene intenciones estratégicas, sino el “lavado de imagen” que necesitaba el presidente norteamericano, hecho de la manera que nos tiene acostumbrados la política de ese país.

Si el propósito de Trump fue solo asustar al mundo, evidentemente lo logró. Nadie sabe lo que puede costar la megalomanía de un presidente norteamericano.

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