Primero, pionero; después, periodista

LA HABANA. “Ya viene Margarita vestida de percal. Todas las florecitas la saludan al pasar. Girasol, girasol, abre las puertas al sol”. Y dentro del retablo todos cantando y moviendo los títeres confeccionados por nosotros mismos cuando a pocos kilómetros de la ciudad, los soviéticos emplazaban una de sus bases de misiles.

Cosa bien rara que en estos días de celebración, la prensa local no haya entrevistado a fundadores de la Unión de Jóvenes Comunistas (UJC) y de la Organización de Pioneros José Martí en sus aniversarios 55 y 56, respectivamente. Me sorprende. Rompe los protocolos de las grandes efemérides. Quiero pensar en que no he tenido ocasión de sondear todos los medios.

Dice la sabiduría china que cuando un hombre comienza a hablar de su pasado, estamos ante un síntoma evidente de vejez. Y no se equivoca esa milenaria cultura.

Entonces vivía en la ciudad de Camagüey y tenía diez años de edad. Seis más que la revolución, que iba en camino de su cuarto aniversario. Fui de los primeros cuatro niños que nos inscribimos en el entonces Palacio de los Pioneros, a un costado del colonial edificio donde radicaba el museo Ignacio Agramonte, en la Avenida de los Mártires, que también ha cambiado ya su nombre.

De Lobato, organización infantil de los Boys Scouts, “cuidando” el tránsito, aprendiendo los primeros auxilios, en excursiones a la Sierra de Cubitas y repartiendo guano bendito en la iglesia de San José, cambié mi vistoso uniforme por la pañoleta pioneril. De estudiante en el selecto Hermanos Maristas, a la escuela pública número 58. Crecía, día por día, a la par de una nueva sociedad.

Además de los títeres, organizábamos pequeñas escapadas a un misterioso salón inaccesible que luego de una breve escalada por una de sus altas rejas, nos permitía contemplar un espectáculo jamás visto ni en la más afamada juguetería internacional: juguetes de todos tipos amontados unos encima de otros. Era, ni más ni menos, que un auténtico tesoro para infantes de un país donde comenzaban ya a desaparecer en los establecimientos comerciales. Sus propietarios originales habían abandonado la ciudad de los Tinajones en rumbo hacia Miami, y una entidad llamada Recuperación de Bienes Malversados era la encargada de vaciar esas casas y distribuir a diversos sitios lo mismo un óleo original de un gran pintor, que un codiciado juego de comedor o dormitorio o un par de patines junto a un oso de peluche.

El acto de imposición de las pañoletas a los nuevos pioneros revestía gran solemnidad. Y nada mejor que hacerlo, en ocasiones, no siempre, en las unidades militares de los soviéticos donde la primera impresión era el fuerte olor, decían que a piel de foca, que emanaba de sus botas. Aún recuerdo a un soldado ruso, de buen humor, que nos explicaba cómo leer el periódico Adelante. El joven lo invertía y entonces semejaba leer. De esa visita todos salimos convencidos que para leer en ruso sólo teníamos que voltear el diario.

Unión de Pioneros de Cuba (UPC) se llamaba nuestra organización, que para diferenciarla de otra que se creó con posterioridad, la de los periodistas, a esta hubo que agregarle la “E”, UPEC. Mes tras mes recibíamos una revista ilustrada llamada Pionero que se leía con gusto y en competencia con los “comics” de Supermán y otros “manes” de la época.

Los pequeños de entonces, a los que he llamado “los niños de la revolución”, hemos sido testigos vivientes de cuanto éxito o fracaso nos haya ocurrido en la infancia, adolescencia y juventud. Larga y extensa ha sido la escuela y no pocos, al final, optaron por largarse del país hasta una vez cumplido deberes de guerra en otros lugares de este mundo.

Por mi parte, aún llevo ese niño por dentro del que hablaba José Martí, porque a cada rato me tarareo en voz alta la llegada de la Margarita vestida de percal, con énfasis para que el girasol le abra las puertas al sol.

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