La administración tóxica de Trump

MIAMI. No contento con crear un mal clima social y político de odio racial y división ideológica en Estados Unidos, la semana pasada el gobierno de Trump tomó medidas que causarán graves daños ambientales al resto del mundo durante décadas y siglos.

Al borrar los reglamentos puestos en marcha por la administración Obama, Trump desató la industria del carbón para causar estragos en el medio ambiente de Estados Unidos por medio de la eliminación de cimas de montañas, vertido de desechos en arroyos, plantas de energía que vomitan al aire gases de efecto invernadero —todo lo que esperaba la industria del carbón.

Estas acciones no sólo garantizan que los ríos se contaminen más y que más paisajes en Appalachia y otras áreas productoras de carbón se conviertan en paisajes lunares. A nivel mundial, se sobrealimentará el proceso de cambio climático que ya se está acelerando a una velocidad alarmante.

Las más golpeadas serán las pequeñas naciones isleñas del Pacífico, muchas de las cuales desaparecerán con el aumento del nivel del mar, y vastas áreas del África subsahariana que ya sufren hambruna causada por el aumento de las temperaturas y de la sequía, causadas en gran parte por el cambio climático.

Es probable que los efectos sean que la marea de refugiados de países pobres hacia países ricos se desborde hasta las proporciones de un tsunami, el África subsahariana se convertirá en un terreno aún más pobre y más fértil para el reclutamiento de terroristas, y la opinión pública internacional que habrá de este país y de la autoridad moral de Estados Unidos se hundirá más rápido que los números de la encuesta de Donald Trump, en especial entre los aliados más firmes y más antiguos de este país.

Entre otras cosas, las acciones de Trump prácticamente garantizan que Estados Unidos no cumpla con los requisitos del Acuerdo Climático de 2016 que entró en vigor el pasado mes de noviembre. Ya sea que la administración se retire formalmente del acuerdo o no, al renunciar a un compromiso internacional Estados Unidos se convierte automáticamente en un extraño entre los países avanzados del mundo, es más, un estado díscolo en lugar de un líder en lo que se refiere a la administración ambiental global.

Que esta administración no se preocupe por el bienestar de la gente en el resto del mundo es un hecho conocido, considerando el estrecho mensaje nacionalista de Trump. Más terrible, pero no sorprendente, es que el gobierno de Trump tampoco tiene mucho respeto por la salud de los estadounidenses.

La Prueba No. 1 es la reciente decisión de Scott Pruitt, jefe de la Agencia de Protección del Medio Ambiente (EPA) —nombrado para ese puesto por Trump, a pesar de la activa oposición de Pruitt a la misión de la agencia o, más exactamente, debido a ello— de ignorar las recomendaciones de los propios científicos químicos de la agencia, y autorizar el uso de un plaguicida vinculado a problemas de aprendizaje y pérdida de memoria entre niños y trabajadores agrícolas.

El plaguicida, conocido técnicamente como clorpirifos, es vendido por Dow Chemical bajo la marca Lorsban. Si el nombre Dow Chemical suena como un sinónimo de la palabra maldad, es como debe ser. Dow fue el principal fabricante de napalm, utilizado ampliamente por Estados Unidos en Vietnam con efectos devastadores, como se ve en una de las fotografías más emblemáticas del siglo 20, que muestra a una niña que corre y grita mientras el napalm quema su cuerpo.

La decisión de Pruitt se ajusta al carácter de la administración Trump en varios niveles: Su desprecio por la ciencia y los hechos; su incansable agenda pro-corporativa (las ventas de Dow suman $57 mil millones de dólares al año); su actitud indiferente hacia el medio ambiente; y su deshumanización de los inmigrantes, en especial los mexicanos, que constituyen una gran proporción de las familias de trabajadores agrícolas —el grupo que estará más directamente expuesto a la sustancia química. ¿No es consecuente el envenenamiento de extranjeros indeseables y de sus hijos con otros métodos de debilitar sus filas, como la deportación?

Ahora, no creo que Trump y Pruitt tengan intención deliberada de perjudicar a una cierta población. Dejaré las teorías de la conspiración y las fantasías genocidas a aquellos que creen que el SIDA fue creado por la CIA para matar a los afronorteamericanos. Lo que creo es que el efecto que el Lorsban de Dow tendrá en los cerebros de las personas más bajas del tótem, los hijos de trabajadores agrícolas, simplemente no se registran en la pantalla de radar de esta administración ni de sus compinches corporativos.

Para ellos, el daño infligido a personas como los recolectores mexicanos de productos no es ni siquiera digno de una conspiración o de un pensamiento. Es el procedimiento operativo estándar, el capitalismo en su forma más salvaje.

Las acciones de las corporaciones y la administración en cuanto a este tema me recuerdan un concepto acuñado por la filósofa Hannah Arendt para caracterizar a los burócratas alemanes cuyo aburrido trabajo era asegurar que la maquinaria administrativa básica del Holocausto  siguiera funcionando. Ellos eran las tuercas y los tornillos que mantenían funcionando en hora los trenes a los campos de concentración, no se ensuciaban las manos o pensaban mucho en las consecuencias humanas de sus papeleos, y se iban a casa a sus familias cada noche. Arendt llamó a esto “la banalidad del mal”.

Moralmente, la naturaleza tóxica de la presidencia de Trump es, por supuesto, mucho más amplia que el carbón y los insecticidas. Sólo enumerar las declaraciones y políticas de esta administración que equivalen a un asalto a la verdad y el interés público tomaría interminables cuartillas. Terminaré con un elemento del asalto a la verdad que me ofende en especial. Es la insistencia de la administración Trump, en contra de toda evidencia, de que Obama interfirió telefónicamente la Torre Trump para obtener inteligencia política dañina.

Eso no sólo es una calumnia cínica negada por todos los jefes del espionaje estadounidense y tratada con burla por las agencias británicas de espionaje, es un insulto a la propia inteligencia. Una pregunta que, inexplicablemente, no he visto abordada en ninguno de los vastos análisis y comentarios sobre la cuestión de las escuchas telefónicas: ¿Por qué Obama, cerca del final de su mandato, iba a cometer un delito grave, arriesgar el enjuiciamiento y su legado para ayudar a ganar una elección que él, como la mayoría de los políticos, las encuestas y los expertos pensaban que ya estaba decidida?

Traducción de Germán Piniella.

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