Ir y venir: El desarrollo de las mentes

LA HABANA. Recientemente, en un programa de la televisión cubana, Rafael Hernández, director de la revista Temas, afirmó que, según su experiencia, aquellos jóvenes que habían tenido la oportunidad de viajar a otros países, por lo general regresaban más maduros y en mejor capacidad para evaluar la realidad del país.[1]

Es lógico que así sea, toda vez que el contacto entre los pueblos es un ingrediente básico de la cultura universal y ha tenido una importancia particular en el caso de Cuba, donde desde siempre ha confluido gente de todo el mundo y la huella cubana aparece en los más insospechados vericuetos de la historia moderna. Es un país que nunca ha podido existir de espaldas al mundo y los cubanos tampoco han querido hacerlo.

El aislacionismo nunca ha estado en la lógica de los cubanos y las visiones localistas se relacionan más con la ignorancia que con el patriotismo, siendo un freno para las luchas nacionales, siempre que se han hecho presentes.

En su mayoría, los grandes próceres de la independencia fueron hombres de mundo, capaces de aportar una visión universal al proyecto de la nación y, a pesar de la intensidad de estas contiendas, los cubanos jamás han sido xenófobos.

El impacto de la Revolución Cubana se explica por su dimensión internacional. Ni siquiera en los momentos en que el cerco norteamericano fue más asfixiante, esto implicó el cierre de las fronteras y la desconexión con el resto del mundo. Más bien pudiera afirmarse que las relaciones con otros pueblos nunca fueron más amplias y diversas que a lo largo del proceso revolucionario.

Ese individuo que viaja al exterior, cualquiera sea la vía o motivos, es también un fruto del proceso revolucionario y, al igual que el que permanece en el país, refleja la existencia de un nuevo sujeto político, consecuencia de la evolución de lo que ocurre en Cuba.

Envuelta en sus propias transformaciones, dentro de una situación económica muy difícil y un escenario internacional donde impera el desconcierto y la inestabilidad, el ciudadano cubano está obligado a hacerse otras preguntas y busca respuestas por cualquier vía posible.

Cuando se habla de un “cambio de mentalidad”, estamos hablando de una cultura política distinta y ello incluye desterrar cualquier prejuicio respecto al contacto con el exterior, por demás antinatural, en un proceso que se precia de su internacionalismo y tiene sobradas razones para ello.

No tiene sentido, además, en un país cuyos principales ingresos se vinculan con el exterior —dígase el turismo o los servicios profesionales internacionales—; que tiene un 10 % de su población viviendo en el extranjero y tanto las remesas como las inversiones indirectas constituyen un aporte significativo a la economía nacional.

Cientos de miles de cubanos viajan con más o menos regularidad a otros países. La actual política migratoria facilita este proceso y la lógica de la circularidad, dígase la posibilidad de ir y venir de las personas, ha impuesto su dinámica en los flujos migratorios, transformando en muchos sentidos a la sociedad cubana. Incluso con las limitaciones existentes, los cubanos son personas conectadas a las redes sociales.

Como siempre ocurre, las influencias externas pueden ser malas o buenas, pero la capacidad para interactuar con el mundo no puede ser vista como una desgracia, su contrario es el embrutecimiento.

De cualquier manera, se trata de una realidad ineludible para la sociedad cubana actual y para guiarnos pueden servirnos las pistas de nuestra historia. Tenemos esa capacidad metabólica para saber aprovechar lo que viene de otras partes y convertirlo en patrimonio nacional, enriquecido por nuestra cultura.

Como pocos, el pueblo cubano está preparado para vivir en este mundo, vale la pena aprovecharlo. “Ser culto es el único modo de ser libre”, lo dijo el más universal de todos nosotros.

[1] Lo cito de memoria.

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