LA HABANA. La proclama emitida por las altas instancias de la Unión de Periodistas de Cuba (UPEC) para todos los profesionales de la prensa en la Isla es un fiel reflejo del estado de nuestra profesión y de quienes la desempeñamos desde diversos puestos de trabajo: Por momentos, un solo de violín, y por otro, fuertes redobles de tambores anunciando verdades.

Estar alejado desde hace años de un medio prensa nacional y otro tanto de una organización de la que en su momento me aparté definitivamente por razones éticas, me dificultan un tanto opinar acerca de los problemas que se viven en esos medios, así como el rol que debería jugar una organización como la UPEC.

Consciente estoy de que un momento como el que se vive hoy en Cuba, lo menos que se presta es para remover y hurgar en el pasado para encontrar soluciones porque responsables —más bien irresponsables—, los hay desde las alturas partidistas hasta un simple mensajero con una plana enmendada que bajaba de un tercer piso a los talleres donde humeaba el nocivo plomo proveniente de los linotipos. Los más viejos recordarán: Saturnismo, plomo en la sangre, y leche de vaca a las dos manos para combatirlo.

Confieso que desde hace largo tiempo no leía y releía varias veces un documento como esta Proclama de cara al próximo congreso de los periodistas.

Me ha llamado la atención que se piense en cómo los medios podrían contribuir a su propio autofinanciamiento. Y esto tiene un nombre o al menos un principio internacional: la publicidad. Para nada desacertado que desde el más modesto o municipal medio de prensa hasta el de carácter nacional incluya esta modalidad tanto para con el sector estatal como el privado o cuentapropista. De lo contrario ¿cómo mantener nuestros medios de prensa escritos, las decenas de emisoras nacionales, provinciales y municipales? Y los canales de TV pues lo mismo. ¿Cómo mantenerlos dada la situación económica del país y de los ciudadanos? El índice parece señalar la respuesta obvia.

Más de 40 años en el ejercicio de la profesión bien que pudieran avalarme en una consideración, a mi juicio, cardinal, y que he tenido la oportunidad de ejercerla en medios de prensa extranjeros: la responsabilidad individual que asumimos en lo que escribimos y, en ocasiones, el apoyo o consentimiento del editor.

Fue esa mi controvertida intervención cuando, como delegado al V Congreso de la UPEC (octubre 1986), me negué a aceptar que se mencionara la autocensura de mis colegas como una de las causas del debilitamiento periodístico.

Desde entonces sostengo que el periodista debe asumir su cuota de responsabilidad al igual que un soldado en pleno campo de batalla y su jefe a varios kilómetros de distancia. Mientras dos, tres, cuatro y a veces más, revisen, aprueben o desaprueben sus entregas, no adelantaremos nada.

Un viejo sueño de antiguos dirigentes de la UPEC deberá ser estudiado y retomado por los actuales: contar con los periodistas cubanos que laboran para medios extranjeros mediante la convocatoria a una sección especializada entre las tantas que tiene la Unión y, con ello, lograr su participación en las nuevas formas que nos imponen los actuales tiempos. Si de unidad hablamos, ha llegado ese momento que no debe dejarse escapar.

Excelentes los jóvenes que emergen de nuestras universidades. Los he conocido y aquilatado para asegurar que, salvando algunas cuestiones puntuales, son mucho mejor que nosotros cuando comenzamos. Merecen toda la confianza del mundo porque apuestan por un mejor país. No les cercenemos las alas y dejémosles nuestros puestos. Del ímpetu juvenil está inundada la historia nacional.

Ignoro en qué apartado deberá estar incluida la responsabilidad individual. Si en la Proclama, en las tesis, en la por venir Ley de Prensa, en una resolución o Código de Ética o donde deba colocarse el derecho para demostrar su valentía, profesionalidad y responsabilidad ante los lectores y la sociedad. Y algo todavía más importante, la satisfacción y compromiso consigo mismo.

Es mi grano de arena para un mejor periodismo.

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