Después de decir durante las primarias republicanas que en líneas generales apoyaba la política de Barack Obama hacia Cuba, para cuando se realizaron las elecciones de Estados Unidos Donald Trump había cambiado de opinión y prometió que revocaría la apertura de la era de Obama hacia la Isla.

En las próximas semanas, se espera que la Casa Blanca anuncie su política post-Obama para Cuba. Veremos cuál de las opiniones de Trump prevalece. Hay una visión aceptada –aunque falsa– de que Trump debe su victoria electoral en Florida a su cambio hacia la línea dura.

Gracias a esto, tememos que todavía es probable que dé marcha atrás en las relaciones diplomáticas, poniendo en peligro la inversión y el comercio estadounidenses que surgieron con los cambios de la era de Obama. A partir de abril de 2009, Obama comenzó a erosionar el embargo estadounidense al relajar las restricciones a los viajes y a las remesas a la Isla por parte de los cubanoamericanos. Esto culminó con un dramático anuncio en diciembre de 2014 de que Estados Unidos y Cuba restablecerían las relaciones diplomáticas después de medio siglo. Al final del mandato de Obama, los antiguos adversarios de la Guerra Fría colaboraban en varios aspectos, desde la protección del medio ambiente hasta la seguridad portuaria y el antiterrorismo.

Mientras tanto, la mano de obra del sector privado cubano se ha más que cuadruplicado y hay indicios de comercio e inversión en la Isla por firmas como Google, Sheraton Four Points Hotel y Airbnb. Sin embargo, gran parte de lo que queda del embargo estadounidense todavía está codificado en ley, lo que significa que los cambios de Obama pueden ser revertidos con un plumazo de Trump. La cuestión no es si Trump cambiará de rumbo en la estrategia de Cuba de su predecesor, sino cuántos de los pasos de Obama tratará de revertir.

El senador por la Florida Marco Rubio, el congresista de Miami, Mario Díaz Balart, y otros cubanoamericanos de línea dura han dicho que la política estadounidense debería volver a eliminar las relaciones comerciales, económicas, diplomáticas y de viaje con Cuba. Sin embargo, los lazos familiares, comerciales, educativos, culturales, científicos y de seguridad que se han formado en los últimos años hará difícil volver a la congelación de la era de George W. Bush.

Esta vez, la política de la Florida no proporciona ningún indicador claro. A pesar de lo que dicen los defensores del embargo, el cambio de Trump acerca de la política hacia Cuba no rindió dividendos políticos significativos en el estado. En años anteriores, los candidatos republicanos a la presidencia ganaban el voto cubano por más de 50 puntos prometiendo adoptar una línea dura con los Castro. Sin embargo, en 2016, Trump superó a Hillary Clinton en los barrios cubanos del sur de la Florida por dos anémicos puntos. Al mismo tiempo, tanto a nivel nacional como en la Florida, las políticas de Obama hacia Cuba siguen siendo populares.

Según un estudio de Pew de diciembre de 2016, el 75 por ciento de los adultos estadounidenses están a favor del restablecimiento de las relaciones diplomáticas, y casi dos tercios de los cubanoamericanos en Miami favorecen el fin del embargo, según un estudio de la Universidad Internacional de Florida. Sin embargo, para muchos extremistas, nada menos que una política aislacionista y pro-sanciones es permisible. Su lógica se deriva de un deseo de larga data de eliminar los ingresos al gobierno cubano y aislar a los Castro. Pero conjuntamente con una serie de modestas reformas económicas por parte de Raúl Castro, la política de Obama ayudó a impulsar en el sector privado el mayor crecimiento en la Isla desde 1959.

Hoy en día, hay más de 500 000 trabajadores emprendedores autorizados y cientos de miles más trabajando de manera independiente, proporcionando desde reparaciones de computadoras hasta la planificación de eventos, por no mencionar los más de 4 000 hostales cubanos listados en Airbnb que brindan cama y desayunos. Sus ingresos los han hecho más independientes y les han ayudado a ofrecer una mejor vida a su familia. Los viajeros de Estados Unidos a la Isla han desempeñado un papel nada pequeño en esto, con más de 13 000 estadounidenses que han reservado en casas privadas.

Al mismo tiempo, el espíritu empresarial y los viajes han generado lazos profundos entre los cubanoamericanos en la Florida y sus contrapartes al otro lado del Estrecho de la Florida, volviendo a unir a muchas familias. Muchos cubanoamericanos más jóvenes han vuelto a conectarse con sus raíces al visitar la Isla y ahora están trabajando en negocios conjuntos con sus pares.

Durante la era de Bush, los que favorecían un gobierno más pequeño impusieron restricciones draconianas por medio de las cuales el gobierno federal definió para los cubanoamericanos quienes eran miembros de su familia, la frecuencia con que podían verlos y el grado en que podían ayudarles. Si Trump siguiera la línea de los extremistas cubanoamericanos, no sólo estaría violando la lógica política de la Florida, sino que también correría el riesgo de enfrentar una reacción política severa.

Peor aún, el cambio debilitaría a la sociedad civil en la Isla, amenazaría la supervivencia de un sector privado pequeño pero creciente e, irónicamente, fortalecería a los elementos más conservadores de Cuba en un momento en que el país está a punto de pasar por una transición generacional desde Castro, quien prometió renunciar a su cargo en enero de 2018.

Si el regreso a las políticas fallidas de Bush es cómo los consejeros de Trump definen “un mejor acuerdo”, sería conveniente que el presidente encontrara nuevos amigos cubanos.

Foto de portada: John Parra / Getty Images

(Tomado de Financial Times)

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