Dioney Martín no debía estar al mediodía del 24 de febrero de 2017 en el coche-motor que cubría la ruta entre Siguaney y Sancti Spíritus. Si había abordado en Zaza del Medio era solo para hacerle un favor a alguien, un encargo tan rutinario como llevar una jaba con comida hasta el hospital provincial.

Dioney tampoco debía treparse a esa especie de guagua sobre rieles porque dinero tenía para pagar una máquina, pero el coche-motor era segurísimo —pensó—, y mucho más barato. Subió con la misma agilidad de tantas veces y se sentó en un asiento al fondo.

Pero Dioney, que sería de todo menos descortés, le dio su puesto a una señora y se paró a conversar en la parte delantera del coche-motor, justo por donde impactó sin piedad, apenas un rato después, el tren cargado hasta la punta de las estacas de caña que venía en sentido contrario.

La de Dioney Martín no es, obviamente, una historia de sobrevida.

Julio Miguel Vera iba también al hospital provincial, a sacarse una limalla de un ojo, cuando el sacudión le removió el espinazo y lanzó por los aires al hombre con quien venía conversando, sabrá Dios de qué.

Luego todo fue caos y cuerpos que salen desprendidos en cualquier dirección por la magnitud del choque y heridos en el suelo del coche-motor, sobre los asientos, en las escalerillas y afuera, a ambos lados de la línea, en medio de un paisaje “mayoriado” por el marabú.

Para cuando llegaron los equipos de salvamento, en cuestión de minutos, ya Vera se había levantado por sí mismo y comenzaba a echarse al hombro a vivos y muertos. El terror le dio por eso, por sacar gente del coche-motor y colocarla sobre las planchas ferroviarias que desembarcarían en las ambulancias y, de allí, hasta los servicios de urgencia del hospital provincial.

A esas alturas, la limalla que le atenazaba el ojo casi había dejado de doler.

Si uno se sube a un tren y es de esos pasajeros apocalípticos, de los que piensan siempre en accidentes, uno pudiera llegar a fantasear con vacas sueltas siendo arrastradas por la armazón metálica o, en el peor de los casos, con un descarrilamiento.

Pero que dos trenes colisionen de frente, que vengan los dos por la misma línea en sentido contrario y que nadie se percate hasta que a la catástrofe no le quede más remedio que suceder; ese escenario ya era altamente improbable hace siglos, cuando surgió el ferrocarril y con él, el derecho de vía, que es como decir el permiso para circular.

(No hay que ser conductor de tren para saber que dos cuerpos no pueden ocupar simultáneamente el mismo lugar en el espacio).

La vox pópuli, que no se atiene a pesquisas científicas para apuntalar su verdad, se ha apertrechado de las historias de los sobrevivientes para culpar al maquinista del coche-motor. Que salió antes de tiempo, dicen, sin el permiso de vía correspondiente. Y que no era la primera vez.

La ley, sin embargo, tiene que esperar por el fallo conclusivo de la comisión investigadora, atar y asegurar los cabos sueltos, armar el rompecabezas de las declaraciones dispersas y, solo entonces, colgarle a cada cual en el cuello la parte de responsabilidad que le toca. La responsabilidad por los seis muertos y más de 50 heridos, que no es poca cosa.

Pero ese momento que algunos llaman “de resarcimiento de las víctimas” ya viene demorando demasiado: 19 días con sus noches, para ser exactos, porque hay en Sancti Spíritus quien cuenta cada minuto, dolorosamente.

(Tomado de su blog Cuba Profunda)

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