Clásico Mundial: de estrategias y suerte

LA HABANA. Ok, todo bien. Cuba avanzó, con sustos, pero avanzó. Ahora pocos criticarán la “conservadora” ecuación que trazó Carlos Martí para la primera ronda del Clásico Mundial. Ahora, tras derrotar a los australianos y avanzar a la siguiente fase, sus detractores deberán tragarse los argumentos y ocultarlos allí, donde no da el sol. Al fin y al cabo, Carlos Martí ha conseguido poner en la segunda fase al equipo Cuba más débil de cuantos han jugado en los Clásicos Mundiales desde 2006. Y eso es un mérito que nadie podrá quitarle.

Cuando el manager cubano anunció a Entenza contra Japón, lo tildaron de derrotista, de entregar el partido antes de haber saltado al estadio. Contradictoriamente, por primera vez —en años—me sentí orgulloso de un director cubano; era la primera vez que veía pensar a un manager como un estratega y no como un político demagogo.

Martí trazó una ajustada ruta y lo apostó todo a su mejor bala. Incluso, si hubiese cedido con Australia, la estrategia de Carlos Martí hubiese sido correcta. Afortunadamente, la ecuación tuvo éxito. Tras vencer a China por 6-0, la victoria contra Australia por ajustado 4-3 y sellada por Alfredo Despaigne en el quinto episodio con un grand slam, dio el boleto que mantiene al equipo cubano con vida, por el momento.

Pero que esta sensación de alegría no venga a nublarnos el juicio. Aunque el razonamiento de Carlos Martí estuvo bien y era lógico, las estrategias dependen —en buena medida— de los jugadores. Así que, aunque el batazo del granmense Despaigne nos parezca épico y comencemos a repetirlo una y otra vez para convencernos de que el béisbol cubano está bien, asumamos con dignidad una verdad pantagruélica: ganamos de chiripa.

Si alguien quiere impugnar mi criterio está en su derecho. Antes, solo pido que recuerde lo siguiente. Ganamos porque un veinteañero Lachlan Wells le puso una bola rápida y al medio al bateador cubano de más fuerza, con el bonus de tener las bases llenas. Ganamos porque la efectividad australiana fue pésima con hombres en base: dejó 16 corredores —¡nada menos que 16!— en las almohadillas, conectó 13 hits, pero solo marcaron tres veces. Siendo honestos, con semejantes números Australia debió haber masacrado a los cubanos en el Tokyo Dome.

Así que tienen razón. ¡Suerte es poco!

Pero eso, desde el viernes en la madrugada, es historia. Lo cierto es que esa mezcla de impericia y suerte nos ha puesto en la segunda ronda delnClásico Mundial de Béisbol, por cuarta ocasión consecutiva. Si preguntaran, la misión está cumplida.

A partir de este sábado los nuestros tendrán un nuevo grupo, integrado por viejos conocidos. Tras librarse de Australia y China, ahora llega el sorprendente Israel y nuestros látigos holandeses. Y claro, seguimos cargando con la cruz nipona.

Serán tres choques, el primero con los israelitas (victimarios de Corea del Sur, Holanda y Taipei de China), el segundo contra Japón y cerrarán las acciones contra Holanda, en el Tokyo Dome. ¿Ya tiene un deja vú? Yo también.

A simple golpe de cifras Cuba es, entre los cuatro elencos, el de peor desempeño en la primera fase. En la nueva llave, nuestros lanzadores son los que más carreras han permitido (14), y nuestros bateadores, terceros en producción (16 anotadas). Si las cosas no cambian, veremos cómo escapan los dos boletos que da este grupo para San Diego y nuestros jugadores disfrutarán las semifinales desde la tranquilidad de sus casas.

No se trata de derrotismo y autocompasión. Es, básicamente, realismo. Creer que Cuba estará en las semifinales es un ejercicio estéril de utopía. Podría suceder, pero las probabilidades apuntan lo contrario.

La imagen es nítida. Japón es el máximo favorito para liderar esta segunda fase: tres triunfos sin derrotas, con 22 anotadas y 8 permitidas, y su condición de anfitrión. Luego, Israel —invicto en esta edición— tiene el mejor balance de carreras con 21-10. Y Holanda tiene el precedente de haber eliminado a Cuba en el mismo Tokyo Dome hace cuatro años, cuando los antillanos tenían un mucho mejor equipo.

Después está Cuba, con mejor nombre e historia. Pero ni el nombre, ni la historia, empuñan un bate o lanzan curvas desde la lomita. Por duro que sea, hoy, Cuba es la nómina con menos potencia en este grupo. No digamos la prima fea con la que nadie quiere bailar; digamos que Cuba es aquella señora que, tras haber regenteado el baile por años, comienzan a vérsele las arrugas.

Al final, el peso del Clásico vendrá a recordarnos lo que ya sabíamos: Cuba necesita a sus mejores hombres sobre el terreno para recuperar el espacio que ha cedido en la última década, y sus mejores hombres están vestidos hoy con el uniforme nacional.

No se trata de demeritar a quienes participan hoy. Si bien muchos aún no están a la altura de un torneo de esta calidad, otros como Roel Santos, Yoelkis Céspedes, Miguel Lahera (un matador seguro y frío sobre el box), Frederich Cepeda, Leurisbel Gracial y Alexander Ayala, han asumido responsabilidades con profesionalismo y talento. A Despaigne no lo menciono porque, supuestamente, es nuestra gran estrella, el guía, el salvador, el hombre llamado a reivindicar la pelota cubana, el jonronero… el bateador que se ponchó dos veces contra Australia, y roleteó por el cuadro. Pero de eso nadie se acuerda, al fin y al cabo, nos ahorró la vergüenza con un jonrón impecable.

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