“Trump-yasadas”, o el arte de la mentira

“El Mayor Mentiroso” debiera ser el nombre de la serie de “reality show” de televisión que Donald Trump conduzca cuando deje de ser presidente.

Como maestro del arte de la mentira, Trump estará en una posición ideal para juzgar la capacidad de mendacidad de los concursantes. Muchos, incluso la mayoría de esos concursantes, pueden provenir directamente de las filas de su propia administración, personas a las que ha nombrado para altos cargos como el Fiscal General (Jeff Sessions) y el presidente del Consejo de Seguridad Nacional (teniente general Michael Flynn). Este último se vio obligado a dimitir en un tiempo récord por engañar tanto al Congreso como al vicepresidente, mientras que Sessions tuvo que rehusarse a participar en la investigación acerca de los contactos entre líderes de la campaña Trump y altos funcionarios rusos.

El propio Trump ha pronunciado un torrente tan constante de mentiras, distorsiones y falsas promesas que ya podría acopiarse un largo libro describiéndolas y desacreditándolas. Las mentiras podrían clasificarse por categorías. La mayor mentira en beneficio propio: ¿La afirmación de que millones de inmigrantes indocumentados votaron ilegalmente, negándole así una victoria en el voto popular? La más cruel: La promesa de que aboliría Obamacare y lo reemplazaría con un sistema menos costoso de atención médica, un sistema mejor y más inclusivo –una promesa que él sabía que el Congreso republicano nunca le permitiría cumplir aunque quisiera. Por el contrario, casi todos los observadores serios están de acuerdo en que lo que el Congreso proponga cubrirá a menos personas, costará más y proporcionará menos atención médica.

Todas estas mentiras y muchas más –¡y quedan casi cuatro años de su mandato! Otro tuit, otra mentira. Si las mentiras fueran dólares, Donald Trump sería más rico que Bill Gates, Warren Buffett, George Soros y toda la familia real saudí. Juntos. Sin embargo, su última mentira, que él tuiteó durante el fin de semana, se destaca como probablemente su falsa acusación más indignante y extravagante.

Sin proporcionar una pizca de evidencia, Trump hizo la acusación de que en el último mes de la campaña el presidente Barack Obama interfirió ilegalmente sus comunicaciones en la Torre Trump. Obama inmediatamente respondió que nunca había ordenado una escucha telefónica contra ningún estadounidense.

Esta última mentira no fue contradicha solamente por Obama. El director del FBI, James Comey, nada amigo de los demócratas, ha instado al Departamento de Justicia a emitir públicamente una negación de que tal vigilancia haya tenido lugar alguna vez. Si Obama hubiera dado alguna orden de interceptar a Trump, para implementarlo el Departamento de Justicia habría tenido que solicitar y recibir una orden de un tribunal secreto especial, conocido como tribunal FISA. Sólo entonces se autorizaría al FBI a realizar la escucha telefónica. Pero el Departamento de Justicia nunca se habría involucrado en una operación tan descarada y el tribunal FISA nunca habría aprobado una solicitud tan transparentemente política.

Las razones por las que Comey encabezaría una reprimenda tan extraordinaria al presidente no son difíciles de comprender. Independientemente de lo que piensen de Comey –muchas personas piensan que sus últimas revelaciones sobre los correos electrónicos de Hillary Clinton le dieron a Trump la presidencia– no es un hombre que ciegamente llevaría a cabo una orden ilegal y puramente política. Cuando George W. Bush quiso que el Departamento de Justicia diera un barniz de legalidad a la tortura, Comey se enfrentó a Bush y su mandadero Alberto González y se negó.

La acusación de Trump contra Obama se ajusta a un patrón dentro de su red de mentiras –un subconjunto de falsedades tan insensatas, tan transparentemente falsas y tan fácilmente desmentibles– que a primera vista es desconcertante por qué alguien las pronunciaría. La campaña obsesiva y desastrosamente malograda de Trump para demostrar que Barack Obama no había nacido en EE.UU. es otro ejemplo.

No puedo encontrar una palabra precisa en el idioma para este tipo de mentira, así que voy a proponer una nueva: Trump-yasadas.

¿Cuál podría ser el motivo de Trump para involucrarse en este tipo de cosas? Es difícil comprender los motivos de un hombre como Trump, que a veces parece vivir fuera del mundo de la razón, la lógica y los hechos. Mi mejor conjetura es que su intención en el caso de la acusación de escuchas telefónicas es enturbiar las aguas y desviar la atención lejos de la conexión con Rusia. En términos más generales, su propósito es poner en duda, por ejemplo, la legitimidad de la candidatura de Obama o la credibilidad de las agencias estadounidenses de inteligencia, dispuestas a llevar a cabo una operación de vigilancia contra un candidato presidencial. Engaño por mala dirección.

La otra razón para el flujo constante de Trump-yasadas es de dónde Trump obtiene su información. La acusación de escuchas telefónicas se originó en un medio de extrema derecha, Breitbart News. Breitbart es parte de una red de desinformación asociada con lo que se ha llamado la “alt-right”–derecha alternativa. (Yo propongo un cambio de nombre aquí a “ult-right”, por ultra-derecha o derecha definitiva, una posición exacta en el espectro ideológico donde no se puede ir más a la derecha).

Luego hubo un comentario de Trump acerca de algo importante que acababa de suceder en Suecia. Los suecos no tenían ni idea. ¿Qué pasó? Nada. Era sólo algo que Trump había captado a través del espejo deformado de Fox News.

Cada presidente miente, algunos un poco (Obama) y otros mucho (Kennedy, Nixon, Reagan, Bush). Pero ninguna presidencia se ha construido sobre un fundamento y un edificio entero de mentiras. Esta lo ha hecho. La idea de que Donald Trump tiene las cualificaciones –políticas, éticas, intelectuales– para ser presidente es una mentira colosal. Su argumento principal de que está calificado para el cargo es que él es un urbanista muy exitoso. Sin embargo, incluso su carrera profesional ha estado llena de altibajos, bancarrotas, reclamaciones judiciales, evasión fiscal, una universidad fundada bajo premisas falsas, una huella filantrópica inusualmente pequeña y egoísta, hasta discriminación racial. Con Donald Trump ha llegado la presidencia  verdaderamente post-verdad. El fantasma de Orwell, esparcido por cada partícula del universo, se está riendo.

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