MIAMI. Una de las muchas mentiras vomitadas por los ataques de la administración Trump es que no hay una redada de inmigrantes indocumentados. Sin embargo, la hay.

Para ver tras las falsedades de la administración, no tienen que confiar en las “noticias falsas” reportadas en tales publicaciones piratas como The New York Times y The Washington Post. O incluso los medios locales de comunicación en los estados donde está ocurriendo la redada.

Sólo tienen que hablar con las personas que están más íntimamente informadas y directamente involucradas en estas operaciones. Esas personas son los inmigrantes indocumentados que han sido detenidos y / o deportados o viven en un estado de terror ante esa perspectiva; y los agentes del servicio de Inmigración y Aduanas (ICE) que están en éxtasis porque, finalmente, tienen un mandato para hacer casi todo lo que quieran.

Qué acrónimo tan apropiado, ICE (hielo). Hay que tener hielo en las venas y en el corazón para arrastrar a los padres fuera de sus hogares, mientras que sus hijos tiemblan de miedo.

“Sin restricciones” son las palabras que a la policía ICE se le ocurre una y otra vez para describir cómo se sienten bajo el mundo feliz introducido por Trump y sus secuaces. Aterrorizados es como se sienten los inmigrantes que aún no han sido capturados.

Sí, señor, sin restricciones. ICE y otras dependencias de la policía de inmigración, como la Patrulla Fronteriza, están tan irrestrictos y fuera de control que detuvieron e interrogaron al hijo de la leyenda del boxeo Muhammad Ali y a su madre durante casi dos horas en el Aeropuerto Internacional Fort Lauderdale-Hollywood.

Una de las cosas que me parecen más notables en todo esto es la amnesia histórica de los expertos que dicen que esto no tiene precedentes e invocan a la Estatua de la Libertad para argumentar que la actual ofensiva contra los inmigrantes va contra la esencia de “lo que significa Estados Unidos”.

Es cierto, estos son argumentos potentes y, en cierta medida, válidos que deben ser utilizados como armas contra las políticas bárbaras de inmigración de la administración Trump. Pero son en el mejor de los casos medias verdades. No debemos engañarnos pensando que todo lo que sucede en esta película es nuevo. Por supuesto, en la post-década de 1960, después del movimiento de los derechos civiles y la era post-Obama, pocas personas pensaron que habría una segunda temporada. Pero estábamos totalmente equivocados.

El hecho es que los estadounidenses han expresado sus prejuicios y el gobierno de Estados Unidos ha impuesto políticas racistas de inmigración siempre que ha habido una amenaza  percibida al predominio de los protestantes blancos anglosajones (WASP). Los católicos irlandeses, que huyeron de la hambruna de la papa a finales de la década de 1840, fueron los primeros en sentirlo en forma de violencia popular y prejuicios generalizados.

Pero no fue hasta 1871, con la Ley de Exclusión China, que el gobierno abordó el tema, promulgando progresivamente leyes racistas de inmigración más amplias y más severas. El proceso culminó en 1924 cuando el Congreso aprobó una ley imponiendo cuotas de  inmigración destinadas a detener la gran ola migratoria desde el Este y el Sur de Europa que había estado en marcha durante más de dos décadas, cambiando el perfil étnico de la nación. Eso no podía ser tolerado, y la ley de 1924 lo detuvo en seco. Como ahora, los argumentos contra italianos, judíos, polacos y los otros grupos prohibidos de facto eran calumnias racistas.

No se detuvo allí. No mucho después, Estados Unidos instituyó una prohibición general a la inmigración de dos grandes continentes, África y Asia, o la “zona prohibida”.

Esas leyes racistas estuvieron en vigor hasta 1965, con ciertas convenientes excepciones. Durante la Segunda Guerra Mundial, por ejemplo, con millones de hombres y mujeres sirviendo en el extranjero, el país necesitaba desesperadamente mano de obra para recoger los cultivos para alimentar a la gente que había dejado la granja para construir tanques, aviones, bombas, armas y municiones. Millones de mexicanos fueron invitados por el gobierno de Estados Unidos a ingresar legalmente para realizar trabajos agrícolas imprescindibles para el esfuerzo de guerra. Se llamó el programa “braceros”.

¿Su recompensa? En 1954, las autoridades de inmigración lanzaron la Operación Wetback  (Espalda Mojada), la cual recogió y deportó indiscriminadamente a mexicanos, incluyendo braceros que ingresaron legalmente, inmigrantes indocumentados, e incluso un número significativo de ciudadanos estadounidenses de ascendencia mexicana.

La abolición del sistema racista de cuotas en 1965 desencadenó un proceso paulatinamente acelerado de inmigración desde América Latina, Asia y África, con cambios demográficos y culturales resultantes, aproximadamente comparables a los de fines de siglo.

El sistema de cuotas post 1924 redujo la inmigración a un goteo durante más de cuatro décadas. Durante este tiempo, la población de Estados Unidos se hizo más homogéneamente nativa y los inmigrantes se “americanizaron”, quisiéranlo o no.

Los estadounidenses que llegaron a la mayoría de edad durante este largo hiato de inmigración nunca experimentaron la diversidad cultural y lingüística que tenían sus abuelos. Los cambios que empezaron a hacerse visibles en algunas ciudades a finales de la década de 1970 fueron, pues, un doble choque. ¿No eran los inmigrantes algo del pasado como los americanos nativos y los búfalos? No.

La reacción fue rápida. En 1980, los votantes del condado Dade (ahora Condado de Miami-Dade) aprobaron un referendo anti-bilingüismo con el abrumador apoyo de los electores blancos anglos. A medida que la nueva inmigración ganaba en amplitud y profundidad, también lo hizo la reacción.

La campaña de Donald Trump, que se hizo eco de todos los temas que en 1924 resultaron en cuarenta años de un régimen racista de inmigración, fue la culminación de esta reacción en escalada. Al igual que los xenófobos de los años veinte, Trump extendió temores exagerados de terror y delincuencia que sirvieron como una creíble noticia de primera plana que ocultaba la razón principal de la feroz cruzada contra la inmigración. La razón, entonces y ahora, es el temor de que el predominio anglosajón blanco que existió desde la época colonial esté amenazado.

Una comparación con Canadá añade una perspectiva útil. La actitud de bienvenida de los canadienses hacia los refugiados, en contraste con la hostilidad ejemplificada por los partidarios de Trump va más allá de las diferencias ideológicas entre los líderes. Canadá se proclama con orgullo como una sociedad multicultural y multilingüe. Muchos estadounidenses, especialmente aquellos que votaron por Trump, desprecian la idea del bilingüismo y rechazan el multiculturalismo.

La buena noticia es que una mayoría de estadounidenses, que emitió casi tres millones más de votos para Hillary Clinton que para Donald Trump, no son racistas. La mala noticia es que hay una minoría lo suficientemente grande que entregó la victoria a Donald Trump en el Colegio Electoral.

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