El guajiro ya no sabe si acostar la vaca en su cama o matarla de una buena vez. Demasiados dolores de cabeza le viene dando: levantarse a ordeñarla a las tres de la madrugada, sacarla al potrero, amarrarla por el mediodía a la sombra del algarrobo, ponerle y quitarle el ternero, cambiarle el agua del cuenco y mantener en regla los papeles que prueban que ese animal dócil y propenso a la melancolía es suyo y no de la finca colindante.

Lo peor de todo viene después, cuando cae la tarde y al montero no le queda más remedio que guardarla bajo siete llaves “porque, imagínese, tantos años cuidando una vaca como a la niña de mis ojos para que vengan unos manganzones a chuleármela”.

Y por chulear el guajiro se refiere a un delito tipificado con el rimbombante nombre de Hurto y Sacrificio de Ganado Mayor (HSGM en los informes); un delito casi sacrílego que, en la concreta de monte adentro, consiste en robarse una vaca, matarla, descuartizarla y lucrar a sus expensas. “Animalito, con el cariño que le tengo”, se duele.

“Yo entiendo, fíjese, que en Cuba el ganado no esté a la patá —me mira y después mira a Muñeca—, que la mejor manera de cuidar la masa sea controlándola; pero, óigame, tampoco hay que exagerar, que yo vivo con el credo en la boca porque si me matan la vaca tengo que pagarla como si fuera yo el que se la hubiera comido”.

Es en esta parte de la conversación cuando me jura, con la voz baja para que nadie lo oiga —como si hubiera alguien más que él y yo en un kilómetro a la redonda—, que en aquellos parajes surcados por la línea norte del ferrocarril los cuatreros se han ido en vicio.

Que no me alarme, dice, pero me alarmo, porque lo menos que imaginaba yo a estas alturas del siglo XXI, con cámaras de vigilancia hasta por gusto en cualquier esquina, era que todavía campeaban por su respeto cuadrillas de bandoleros al más puro estilo de Manuel García, el llamado rey de los campos de Cuba.

“No es para tanto —me hala la rienda—, tampoco es que vengan tapándose la cara con pañuelos a plena luz del día”.

No es para tanto, insiste, y a seguidas describe lo que él ve como lo más natural del mundo: grupos de tres o cuatro hombres que le echan un trozo de carne a los perros para que no ladren, se cuelan por entre los alambres de púas de las cercas y lo mismo se roban un puerco, una novilla que 10 gallinas. “Y cuando eso pasa, si eres un guajiro guapo es preferible que no oigas nada, porque te desgracias para toda la vida”.

Pero si eres un guajiro medio cobardón, que también los hay, lo más que puedes pasar es un susto como el que hace tiempo se dio un amigo suyo, “un tal Pepe No-me-acuerdo-qué” al que le entraron a la finca de noche y armando bastante traqueteo. “Querían pendencia, pero Pepe los oyó arrasar con todo y se quedó tranquilito dentro de la casa; ni chistó”.

A la mañana siguiente, mientras recorría sus dominios virados patas arriba, Pepe descubrió el cartel que le habían plantado los bandoleros entre los surcos de yuca (el guajiro que me lo cuenta se ríe todavía): “Patria o muerte, venceremos. Y si se ablandan, volveremos”.

(Tomado del blog de la autora, Cuba Profunda)

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