LA HABANA. ¿Ya pasaste por la Feria?, le preguntó una mulatona alta, carnotuda, con implante de pelo rubio y todo el oro del Perú en sus cadenas y anillos, a la muchacha escuálida que viajaba al lado mío en un P5. No, la verdad es que no he tenido tiempo, respondió. Pues está buenísima, hay cantidad de cosas de comer, fíjate que no tienes ni que entrar a La Cabaña, allí mismo, alante, ya te puedes pasar el día de lo más sabroso. Yo, aunque sin una gota de pasmo, algún gesto debí hacer que le arranqué un ¿No es verdad?, al que solo asentí callada y con pena, ¿cómo me ponía yo a decirle que la Feria era la Feria del Libro y no una feria gastronómica?

Por suerte también pude ver las largas colas en la carpa principal, los encuentros a sala abarrotada que propiciaron las presentaciones de los libros de Padura, la incesante pregunta de los muchos que buscaban a Pedro Juan Gutiérrez y al siempre best-leído Daniel Chavarría, y, por supuesto, a aquellos que ya no tenían manos para llevar los mil y un libros para niños, que son, definitivamente, junto a los de cocina, los que más se suelen vender. No vi, sin embargo, a mucha gente en el resto de las presentaciones y, de los que estábamos, un alto número había sido convocado como jornada laboral: muchos son los trabajadores del Instituto Cubano del Libro y a la Feria hay que asistir, y a cada uno de sus espacios teóricos.

En uno de estos, por cierto, escuché a la ex-presidenta del Instituto, Zuleika Romay, hablar de los nuevos retos del libro en Cuba, de la apertura mental y tecnológica a la que debíamos acudir en función de no quedarnos demodé y sostener un interés hacia la literatura que es cada vez más exiguo y más desplazado por los guiños de la tecnología. Volvía a tocarse el tema del libro digital, y volvía a hablarse de la necesidad de recordar que en Cuba la Feria no es un negocio, y que su objeto social es propiciar y afianzar el hábito de la lectura y de paso tratar de ser rentables, pero no al revés.

En Cuba el libro es subsidiado por el Estado, y como subsidio al fin, ocurre para satisfacer una necesidad determinada, la de un consumo cultural que cada vez se enfrenta a nuevas cortapisas. A la gente le cuesta pagar veinte pesos por un libro, lo encuentra caro a pesar de que es un producto que le ha dado pérdidas a la economía del país, porque el costo de edición, producción y distribución no se paga ni remotamente con ese precio simbólico. Con veinte pesos se compra media libra de bisteces, está bien, pero, ¿cuánto cuesta El Paquete? Más de la mitad de Cuba se saca los treinta pesos de solo sabe Dios dónde, semana tras semana, porque en algo hay que entretenerse, porque ahora sí no me puedo perder la temporada tal de tal serie, el último remix de no-sé-cuál reguetón, las lágrimas de las novelas colombianas, los doramas, las revistas de moda y todo el “etc.” que quepa en un tan codiciado repertorio.

No caben dudas de que el mundo audiovisual se está comiendo pantagruélicamente a las formas de arte menos espectaculares, más reposadas, más íntimas, menos dadas a la fascinación que produce la mixtura, buena o mala, del sonido con la imagen, y la facilidad que promueve en medio de un mundo más rápido, donde es más cómodo ver la versión cinematográfica que “echarse”, así dirían los nuevos dueños del vocabulario, las casi mil quinientas páginas de El señor de los Anillos.

Entonces, ¿que en Cuba el libro sea subsidiado y que se hagan acciones para promoverlo, responde más a una necesidad clara de hacer crecer al pueblo en la máxima martiana, que a una demanda de veras popular? Cada año la Feria tiene sus detractores, muchas son las críticas, el descontento, la revuelta de libros que ya vimos en ediciones anteriores, la inquietud de no poder alcanzar los títulos que vine a buscar porque tienen gran demanda y se pierden —quiera Dios porque sean comprados, la mayoría de las veces porque se guardan en el sub-negocio que se puede olfatear.

También se nota la preocupación de los que sí leen y escriben y hacen la literatura de este país porque de veras sea un espacio de confrontación y crecimiento cultural, la oportunidad de suscitar intercambios futuros, la de encontrar caminos para colocar su obra en otras ferias, en otros territorios; y la gestión de las editoriales de provincia porque sus libros, cada vez de mayor calidad formal y hasta con la participación de autores internacionales, lleguen a promoverse en un sector de público más amplio y diverso.

Y es muy cierto que en todo esto se debería profundizar desde la propia organización y organicidad de la Feria, y cada tópico daría para muchas tesis, pero me sigue preocupando el objetivo macro de un evento como este, porque imagino que el desgaste físico e intelectual de los que la organizan no quede retribuido en los números de venta y participación, cuando pasado febrero vuelven a quedarse mosqueados los libros en sus anaqueles.

No debemos olvidar que una feria, aunque requiera de su propia estrategia de comunicación, es solo una acción de promoción dentro de la gran estrategia que se traza en función de promover un producto, y en este caso uno mucho más complejo porque es un producto cultural. Pienso en las ferias a lo largo del país y en lo que a alguien debí escucharle: la intención es la de que cada vez las ferias del libro se parezcan más a los territorios que las organizan. Siento orgullo de haberme quedado muchas noches hasta pasadas las doce terminando libros, armando programas, discutiendo la disposición o conveniencia de tal lectura aquí o tal presentación allá, cuando trabajé en mi muy querida editorial Ácana de Camagüey, y desde ese sudor y el dolor porque a mi sobrina de catorce años no le gusta que le regale libros, siento que debemos enfocarnos en un diablo a la vez: ¿lo que nos interesa es que la gente se entere de que hay feria o que la gente se entere y haga bulto, o eso y que además compre los libros, o todo eso y que además los lea?

Cada Feria, la gran multitud, la gran popularidad, el hecho de que a este festejo acudan más y más heterogéneos públicos que a salones de artes plásticas, festivales de música, teatro, danza, cine, denota que cada vez iremos siendo más rentables —si no tanto con la venta de los libros al menos sí con la venta de toda la parafernalia alrededor—, pero ¿seguirán leyendo los cubanos eso que NO es un sms, un chat, un comentario de Facebook, un subtítulo de una película, el anuncio en cada poste de un concierto de Los Ángeles?

No me atrevo a cuestionar el trabajo del Instituto Cubano del Libro, pero me preocupa que perdamos el hilo y no superemos el laberinto. Con el arte pasa que un estudio de mercado no debe hacerse tanto para saber qué se quiere consumir —sobre todo si ya sabemos cuánto se ha arruinado el gusto últimamente— ni si debemos acudir a la novela gráfica porque se ha puesto de moda —claro, más imagen y menos texto, como en los libros infantiles, con el perdón de los niños—, sino para saber cómo enseñar a leer, por qué es importante consumir, también, literatura, conocer la vida a través del sonido que hace una letra con otra en el gran discurso de las imágenes descritas.

En el hoy que nos pese, si alguien no sabe para qué le sirve algo no le entrega su tiempo o su dinero, por algo entonces sí se paga el llenado de la memoria —la flash, también la otra— de cuanto, incluso a veces también bueno, coseche la industria cultural. De lo mucho que distingue a un cubano lo distingue más, y muy bien, la creatividad. Nos queda ser creativos para no permitir que el libro señoree solo en febrero y marzo y abril mientras se suceden las ferias en las otras provincias. Habrá que hacer de las librerías y las bibliotecas nuevos espacios de socialización, velar porque el librero sepa de verdad qué está vendiendo, porque la bibliotecaria tenga los argumentos para hacer leer, y que ambos tengan carisma, la competencia imprescindible en las lides promocionales.

El equipo de comunicación de cada Centro del Libro, en acuerdo y previa negociación con escuelas, instituciones, ministerios… debería acercarse más a sus públicos enfocado en lo que estamos interesados que se lea, promoviendo la nueva creación y lo clásico, presentando durante el año, mientras se va perfilando la Feria, los libros que podrán adquirirse en La Cabaña y en cada sede provincial, acercando al lector potencial a la cultura y la literatura del país al cual se dedica la Feria y del cual se imprimen tantos libros que luego no se leen por desconocimiento, por falta de una empatía que a través de estos encuentros previos se podría lograr.

Y no olvidemos la visualidad. La de este año fue hasta motivo de burla en las redes sociales, por sosa, por gris, tan opuesta a aquella hermosa de cuando La India. Cuando en el mundo ya se están haciendo hasta trailers sobre libros —iniciativa que demuestra que el problemita con la lectura no es solo nuestro— Cuba no debería gastar su presupuesto en un spot tan anodino, tan falto de atractivo, de carácter. Mírense y cuéntense los dineros y apuéstese con certeza, no como una cosa más que lleva, sino como otra fortaleza por la cual colarse. Pues todo debería ser previsto como un paratexto y no como un pretexto para llenar vacíos, para atraer gente al jolgorio.

En el concierto de “Los agradecidos” Raúl Torres hizo alusión a que el libro de Belén Copegui, escritora española invitada a la Feria, había sido inspirado por esa lindísima canción que es “Candil de nieve”. ¡Qué chispa les faltó a los de promoción para saber esto y aprovechar y por lo menos dejarle caer al cantautor el nombre de la novela, a ver si de paso alguno de los muchos que allí estábamos salía corriendo a buscarla!

Pero agradezco la Feria, la magia que me permitió esa sede inigualable que es La Cabaña, el placer de acceder a ella desde Casablanca, por la puerta negra, como le dicen los locales, y saltarme el olor a fritanga que se me hubiera impregnado en el pelo. Gocé de todos los accesos desde el propio laberinto que es la literatura, y a veces me sentí asistiendo a una especie de museografía mutante, uno y varios discursos en sí mismo, una y disímiles maneras de encontrarse con el hecho cultural. Y había muchas cosas de comer, pero dejé de tomar helado para comprar libros, y ya he leído de algunos, con fruición.

Foto de portada: ACN.

Progreso Semanal/ Weekly autoriza la reproducción total o parcial de los artículos de nuestros periodistas siempre y cuando se identifique la fuente y el autor.

2 Responses to La furia de la Feria

  1. coincido plenamente y agradezco mucho esta reflexión tuya, quizás ayude a la reflexión de quienes tiene el poder en sus manos, pero solo digo “quizás” porque la misión es tremenda, esto último lo demuestro con un comentario que escuché a mis espaldas en la apretada masa que intentaba salir de La Cabaña y cito: “Mira que le dije a Yarielis que no exagerara, pero ella no hace caso hija, imagínate, !vino a la Feria nada más que a comprar libros!”

  2. La comida como reclamo para una Feria del Libro es una imagen tremenda cuando el libro por si mismo debería ser el reclamo… Pero si al menos eso sirve para que la gente se acerque, huelan la tinta y quién sabe… compré hasta un libro, se dará por bueno.
    Un artículo que da en el clavo, como todos los tuyos, Yudarkis.
    Un abrazo

¿Cuales piensa usted son las probabilidades que a Trump lo acusen (impeach) en 2018?

Ver resultados

Cargando ... Cargando ...

Progreso Semanal, fundado por Francisco G. Aruca, es una publicación independiente con carácter progresista.
Editor: Álvaro Fernández
1602 Alton Road, Suite 28 Miami Beach, FL 33139.
Copyright © 2016 Progreso Weekly, Inc. Todos los derechos reservados