Dicen los pescadores de Isabela de Sagua que lo importante no es la distancia, sino el flujo de las corrientes marinas. Y lo explican sin necesidad de mapa alguno: el caserío, ubicado en la costa norte de Cuba, no es ni remotamente el punto más cercano a Estados Unidos, pero justo enfrente se yuxtaponen cayos, islotes… vestigios del delta sumergido del río que, en la concreta del mar, funcionan como una especie de trampolín entre el litoral de Sagua y el sur de la Florida.

Semejante particularidad fue aprovechada con deseos durante la primera mitad del siglo XX, cuando el puerto de Isabela recibía la inyección en vena de las mercancías norteamericanas, y varias décadas después, en plena crisis migratoria de los 90, cuando las balsas se construían en los patios de las casas y hasta la región llegaban cubanos de todos los rincones de la isla con los bártulos al hombro en busca de lo que entonces parecía una gran terminal marítima.

Como la huelga del 9 de abril para mis abuelos y el juicio televisado al General Ochoa para mis padres, la avalancha de gente lanzándose al mar —“como los peces”, cantaría Varela— es un capítulo de la historia de Cuba que nadie tuvo que narrarme. Un capítulo triste, en verdad. Un capítulo que polarizó la ya polarizada dicotomía entre los que se fueron y los que se quedaron. Más bien, un trauma.

Cuentos de todo tipo ha habido: el lanchero que llegó hasta la mismísima costa, no encontró al grupo que debía estar esperando y, para que le pagaran allá su viaje, se llevó a un pescador despistado; la madre soltera que intentó irse una decena de veces hasta que fue a dar con sus tres hijos pequeños a la base naval de Guantánamo; el hombre que bajó 20 libras en el trayecto de 12 horas y juró no contarle jamás a su familia; la historia terrible de los que no sobrevivieron la travesía…

Es precisamente esa válvula de salida anárquica y desordenada la que ha cerrado el presidente norteamericano al eliminar la política de “pies secos, pies mojados”; una prerrogativa que, puesta en vigor por la administración Clinton, otorgaba estatus legal a los cubanos que ingresaran sin visa a Estados Unidos.

“Al dar este paso, estamos tratando a los inmigrantes cubanos de la misma manera en que tratamos a inmigrantes de otros países”, ha suscrito Barack Obama en una declaración emitida el pasado 12 de enero en la cual insiste: “Continuaremos dando la bienvenida a los cubanos, como damos la bienvenida a inmigrantes de otras naciones, de manera coherente con nuestras leyes”.

La medida es, de hecho, tan pragmática como el espíritu mismo de la nación que Obama representa: si ambos países han reconocido que la emigración cubana es esencialmente económica, ¿qué justifica el mantenimiento de un subterfugio esencialmente político? Si los cubanos apenas ponen un pie de forma ilegal en Estados Unidos, ya empiezan a mover los caracoles para regresar de visita a la isla, ¿cuál es el refugio político que necesitan? ¿Cómo queda el estribillo de “garantizar la Seguridad Nacional norteamericana” al permitirle la entrada sin restricciones a todo el que llegue de Cuba?

En las redes sociales —que de sociales en asuntos políticos no tienen nada— los hay de otras nacionalidades que festejan el cierre de una talanquera abierta durante más de dos décadas únicamente para cubanos. “Si hubiese habido una Ley de Ajuste Brasileño con su memorando de pies secos, pies mojados, no habría quedado nadie para bailar samba”, colgó alguien en Facebook. Fue mucho lo que le cayó encima.

Sin embargo, por más que nos pese, la gente se seguirá yendo. No es el fin de una política aislada, ni siquiera el desmontaje hipotético de la Ley de Ajuste Cubano lo que va a detener la emigración, esa especie de hemorragia que compromete hasta la médula cualquier intento de cambio puertas adentro, cualquier proyecto de la nación que queremos ser. Miles, decenas de miles de cubanos se restan cada año de una ecuación de desarrollo endógeno que, matemática pura al fin, no está arrojando saldos demasiado promisorios.

Queda entonces el círculo vicioso del caimán que se muerde la cola: los cubanos que se van, que dejan de halar el armatoste abstracto de la economía, la economía que se resiente, que no crece como para entusiasmar y que, en una vuelta de tuerca, carcome las esperanzas de otros cubanos también que se van.

Algo debe estar fallando, un “algo” repleto de aristas y claroscuros y posiciones atrincheradas y pequeñas y grandes tragedias de vidas. Un “algo” a lo que se debe poner coto con la misma inmediatez con que entró en vigor el reciente acuerdo entre Estados Unidos y Cuba, haciendo oídos sordos a las oleadas de emigrantes cubanos que se quedaron a medio camino.

La política del hasta aquí ya han comenzado a llamarle en las calles de Cuba, esas mismas calles que en fines de año y días de las madres se llenan de autos rentados por cubanos residentes en cualquier lugar del mundo —“les da lo mismo Tokio, Barcelona, que Moscú”— y que, a juzgar por la facilidad con que entran, salen, sostienen negocios, envían paquetes y remesas, no tienen pinta de perseguidos políticos.

(Tomado de su blog Cuba Profunda)

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