Me es fácil pensar como el pueblo, porque me siento parte de él, parte íntima. No quisiera nunca ser más que el pueblo. Sólo por él estoy en la revolución. Es abstracto y sencillo, como una mujer. Es lo único que vale y el único que tiene razón. Pero me voy, mi entusiasmo anímico me arrastra. No sirvo demasiado para estas pendejadas de la política.

Digo: para mí el pueblo siempre esperará la revolución. Aun cuando hable mal de ella, la estará esperando. Cuando a un hombre se le va una mujer que quería, la odia, pero a cada recuerdo, se le alegra la emoción del regreso posible. El pueblo hoy, cuando habla mal de la revolución, se equivoca sólo gramaticalmente; él quiere hablar mal solamente de los revolucionarios, de los culpables a su juicio.

El pueblo quiere la revolución, porque la necesita. En su momento estará dispuesto a todo. Mas el pueblo es más sabio que muchos revolucionarios: no tiene de la revolución el concepto que tiene del calendario ni de los itinerarios de vapores o ferrocarriles.

El pueblo fue quien inventó la dialéctica. Habrá que hacerle “su momento” para ir con él a la victoria. Porque el pueblo, además, es humano.”

(*) Pablo de la Torriente Brau: carta a Raúl Roa, abril 20 de 1936

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