Ganadería camagüeyana… esa utopía

CAMAGÜEY. Los pobladores de Guáimaro no tienen derecho a tomar helado; al menos no bajo la óptica del Ministerio de Comercio Interior, el cual en una de sus resoluciones lo establece con claridad: en la provincia de Camagüey solo está autorizada la venta de helado a la población de los tres municipios que cuentan con fábricas de ese producto: la ciudad cabecera, Nuevitas y Santa Cruz del Sur. Fuera del que se comercializa en esas localidades, y del que se distribuye a escuelas, hospitales y otros “destinos sociales”, el helado es un alimento vedado para miles de camagüeyanos, salvo que lo adquieran en divisas o de manos de algún revendedor.

Tal cosa la explicó el propio director provincial de Comercio, Rafael Herranz Rodríguez, durante una emisión del programa televisivo “Sin Rodeos”, que una vez al mes se realiza con la presencia del Primer Secretario del Partido y la Presidenta de la Asamblea Provincial. En esa oportunidad, y ante las llamadas de dos televidentes de municipios, ese dirigente explicó.

Los residentes de Guáimaro, por pura coincidencia geográfica, siempre tienen la posibilidad de viajar hasta Camagüey (82 km) o Las Tunas (45 km), pero los quince o veinte pesos que cuesta el pasaje, y las varias horas de travesía —casi siempre en un incómodo camión particular— son razones de suficiente peso para que la mayoría desista de tal empeño.

Guáimaro es, por otra parte, una de las mecas ganaderas en la región más ganadera de Cuba. Sin embargo, sus habitantes no tienen derecho a tomar helado.

Tampoco tienen derecho a comer carne de vaca. O de ternero, novillas, toros… Como en el resto de Cuba, todo animal comprendido dentro de la categoría de “ganado mayor” se convierte de forma automática en un ente prohibido. Así ha sido desde 1979, cuando en su nuevo Código Penal el Gobierno Revolucionario prohibió el sacrificio de esos animales, incluso por parte de sus propietarios.

Pero la prohibición sirvió de poco tras el comienzo del Período Especial. En la década de los noventas, el aumento en el número de delitos dio paso a una modificación de la norma jurídica, que desde entonces prevé sanciones superiores a los veinte años de prisión para quienes hurten y sacrifiquen ganado mayor, y además comercialicen su carne.

Sombra de ayer

Justo tiene setenta y dos años, y el cuerpo macizo de quien toda la vida ha “comido fuerte”. Justo no se llama así, pero demanda que el periodista no le busque problemas. Bajo esa condición está dispuesto a contarle cómo toda la vida ha comido “su carne”, sin importar las leyes ni los periódicos operativos de la policía. “Yo nunca he robado, ni me he puesto a inventar como otra gente por ahí”, aclara. La suya ha sido una estrategia mucho más simple: ocultar algún animal en cada temporada de nacimientos, darle tiempo para crecer y más tarde sacrificarlo con ayuda de la familia. Todo comienza y termina en su pequeña finca, sin que siquiera salga de allí un filete o una pulgada de cuero.

De ser sorprendido en su empresa, corre el riesgo de terminar en prisión. Bajo las estrictas regulaciones que norman la actividad ganadera en Cuba, todas las reses son consideradas como una extensión de la propiedad del Estado. Como tal, desde su nacimiento son inscriptas en los registros del Centro Nacional de Control Pecuario y cualquier cambio en su estatus debe ser informado a las autoridades correspondientes, las cuales determinan el destino final tendrán.

Por años, Justo aceptó las reglas del juego. Ni él ni su familia le debían sus tierras a la Revolución —aquellas tres caballerías y media habían sido compradas por su abuelo materno “peso sobre peso”, cuando el cordel se tasaba en centavos— pero sentía un compromiso con el nuevo proyecto de país. Aún lo siente, mas desde hace años no está dispuesto a seguir defendiendo leyes que desde el principio consideró irracionales.

Como para darle la razón, las estadísticas de la delegación provincial del Ministerio de la Agricultura reconocen que el hurto y sacrificio de ganado mayor constituye un problema formidable para Camagüey, pero que mucho más lo es la difícil situación en que se encuentran buena parte de esos animales. Así, si bien en 2015 los delincuentes sacrificaron unos 4 mil vacunos, durante el mismo período la falta de agua y alimentos se llevaron por delante una cifra diez veces superior.

“En ese tiempo hubo días en los que amanecían muertas tres o cuatro vacas de una vez. Por suerte, en 2016 tuvimos una primavera larga y la cosa se fue estabilizando. La vaca es un fábrica, usted dele comida y agua, y no se preocupe por más, la cuestión está en cómo garantizárselos”. Es Evelio Pérez, ganadero del municipio de Sibanicú, también en Camagüey. Su finca otrora formaba parte del plan de vaquerías que rodeaba la comunidad de Oriente Rebelde. Hoy es una de las pocas que sobreviven rodeadas por el marabú.

“El trabajo del ganadero es duro”, reconoce. “Aquí no hay días de menos de diez o doce horas, casi sin herramientas ni créditos, ni ayudas del Estado. Una cosa tan sencilla como el bombeo de agua es un dolor de cabeza, porque los molinos de viento y las turbinas son tan caros que hay que coger un año entero de ganancias para pagarlos. Pero lo peor es que el robo se ha convertido en una desgracia constante. No hay mes en el que no me lleven aunque sea un par de gallinas. Y si a eso uno le suma la lejanía y lo malo que está el camino y la falta de tantas cosas, no hay para cuando acabar. No es por gusto que casi todos los jóvenes se van de aquí tan pronto pueden”.

Para llegar hasta Oriente Rebelde es necesario seguir un terraplén lleno de baches que en tiempo de lluvias se convierten en lagunatos; por tramos, la vía recuerda haber sido alguna vez una carretera. A finales de los ochenta allí se edificó una de las tantas comunidades de edificios con los que la Revolución pretendió modernizar el campo cubano. Ya principiado el Período Especial las novedades continuaron sucediéndose al amparo de un experimento que propiciaba nuevas formas de gestión para la agricultura; entre ellas, un pecado impensable en otros puntos de la Isla: que los campesinos se pudieran comer sus vacas.

“Los criadores tenían derecho a sacrificar un animal después de cumplir con determinados planes, y lo mismo pasaba en cuanto a los cultivos varios y otras ramas, que se regían por sistemas de distribución muy parecidos a los que se ensayan en Artemisa y Mayabeque”, explica un periodista que por entonces siguió de cerca la experiencia. “Esa era una ayuda tremenda en aquellos años tan difíciles, en los que resultaba una odisea asegurarse la comida diaria. El problema fue que el asunto no le gustó ni a Fidel ni a otros dirigentes de alto nivel, y el experimento terminó cuando comenzaba a dar sus frutos. Apenas mandaron a suspenderlo, Oriente Rebelde entró en crisis y no se ha recuperado hasta hoy”.

El de la ganadería ha sido uno de los sinos más trágicos para Camagüey en las últimas décadas. De contar con un millón de cabezas de ganado vacuno (a mediados de los sesenta) y entregar 115 millones de litros de leche a la industria (en 1983) la provincia vio caer sus aportes hasta niveles que en el pasado hubiera movido al más absoluto pesimismo: con todo y el favorable desempeño climático de 2016, el territorio no logró enviar a las pasteurizadoras los noventa millones de litros que se esperaban, y la masa ganadera presenta un estado calamitoso, con casi la mitad de sus 400 mil ejemplares en riesgo de padecer por la falta de agua y alimentos suficientes durante la temporada seca en curso.

Sin embargo, la política de inversiones no prioriza la actividad, ni en cuanto a los fondos otorgados por el Estado ni en cuanto a los llegados de la manos de empresarios extranjeros. Ni siquiera existe un lineamiento en específico para el sector, que según reconocía el propio Marino Murillo carece de un programa de desarrollo a largo plazo y, sobre todo, del financiamiento necesario para llevarlo a cabo.

Se trata de un panorama ante el cual resulta casi imposible que Cuba llegue a satisfacer su demanda interna de leche (unos mil millones de litros por año) o de carne. Al menos no en el futuro cercano, ni de la mano de la provincia que por tanto tiempo lideró sus pasos sobre los potreros.

Foto de portada: Jorge Luis Baños.

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