LA HABANA. En uno de esos encuentros en los que te sientas con colegas a despejar pero inevitablemente terminas hablando de lo mismo de siempre, salió el tema de la discusión de los documentos que en este VII Congreso del Partido Comunista de Cuba (PCC) se acordó consultar con la militancia del Partido, las organizaciones de masas y con “amplios sectores de la sociedad”. Atando cabos, con lo que hemos escuchado por aquí y por allá, llegamos a un punto unánime: no sabemos nada, casi nada de lo que alguien más allá del círculo cercano ha dicho en esas reuniones.

Si de algo ha carecido este proceso, liderado por el Comité Central del PCC y que debería convocar a toda la nación, es de información completa, abundante, concreta, oportuna, articuladora… En cambio, como cualquier medio de prensa se propondría, sí se ha generado consenso, pero no en torno a frases como “el debate ha llegado a cada espacio del país” o “los cubanos vuelven a emitir los criterios sobre los destinos de su patria”.

A partir de las informaciones publicadas hemos conocido de casos específicos, como el de un grupo de militantes del PCC del Centro de Ingeniería Genética y Biotecnología, donde inició este proceso. Allí fueron refrendados ambos documentos por la totalidad de los presentes, y supimos también de su preocupación sobre el hecho de que el Estado decida y controle los destinos de las utilidades de las empresas de propiedad socialista, lo cual les resta autonomía y posibilidades de estimular directamente a sus fuerzas productivas, y sobre cómo a los trabajadores no les corresponde designar a sus directivos, porque también es facultad del Estado.

Pero de algunos casos aislados no se obtiene una imagen completa de lo que ocurre. ¿Cómo podemos saber los cubanos y cubanas qué piensa el resto de las personas que ha participado en las discusiones? ¿Por qué unas políticas que nos conciernen a todos no son discutidas con todos?

Debatir esos documentos, que ambicionan definir los caminos por los que todos transitaremos en Cuba, es un derecho, no un honor que algunos merecen por encima de otros. Según los datos más recientes, la población cubana se compone de unas 11 239 004 personas; la militancia del PCC de aproximadamente 670 mil, un brevísimo 5.96 por ciento del país.

Salió entonces a relucir el caso de algunos centros de investigación de La Habana, donde como en otras entidades se debatieron tanto la Conceptualización del Modelo Económico y Social Cubano de Desarrollo Socialista y las Bases del Plan Nacional de Desarrollo Económico Social hasta 2030, especialmente por el nivel de los debates (“bien fuertes”, me dicen) y por algunos de los resultados.

Una amiga ejemplificaba con el párrafo 282 de la Conceptualización: “El Estado garantiza la igualdad de oportunidades en el ejercicio del derecho a la educación superior, en correspondencia con la preparación y la capacidad de los aspirantes”.

Uno de los representantes del PCC allí presentes —acompañan los debates en cada espacio que han tenido lugar— no entendía su desacuerdo, por mucho que ella explicara las diferencias de oportunidades que ya existen entre un joven que creció en el barrio Los Sitios y el joven de clase media que creció en el Vedado. No llegan con la misma preparación y con capacidades igualmente potenciadas, como todos los que han cursado estudios superiores durante los últimos años sabemos.

Existen estudios muy serios y rigurosos que avalan estas diferencias, y desconocerlas en un párrafo o siquiera en una oración contradice al propio Raúl Castro cuando afirmó en el Informe Central del pasado congreso que la construcción de un socialismo próspero y sostenible no implicará jamás el sacrificio de la soberanía, ni las riquezas del país, el bienestar y la seguridad del pueblo.

La propia metodología de las discusiones ha sido cuestionada frente a mí en más de una ocasión. Incluso, según me refieren, ha habido espacios en los que no ha sido aprobada, como fue el caso del Instituto de Filosofía e Historia: “No estuvimos de acuerdo con votar por un documento que se estaba proponiendo como debate. Y dejamos constancia de que votaremos por él cuando exista una versión final, no por una que en definitiva intentábamos construir; votamos por su devolución”, me explica otra amiga.

¿Cómo se va a pedir la aprobación de un documento al que se le han hecho cientos de señalamientos y contrapropuestas? ¿Cómo alguien va a estar de acuerdo con algo a lo que acaba de proponer modificaciones? ¿Por qué debemos poner nuestra fe en la arbitrariedad de una frase como “sus propuestas serán convenientemente analizadas y tenidas en cuenta”?

Si a los detalles vamos, por demás, los documentos tienen partes escritas de una manera que dificulta no solo llegar al final, sino avanzar al nivel de análisis que merecen cuestiones tan relevantes para nuestro país. “Una revisión más rigurosa en materia de estilo y la definición de algunos conceptos” fue una de las propuestas de un grupo de periodistas durante su reunión de consulta.

La decisión de debatir el destino del país solamente con algunos sectores aparece a todas luces desacertada en un escenario repleto de incertidumbres, producidas por la propia falta de información. Solo un pueblo bien enterado será capaz de determinar su futuro de forma responsable.

Foto de portada: Roy Llera.

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One Response to ¿Para qué discutimos?

  1. Hasta que no se termine con el monopolio de poder del llamado PCC, nada podra discutirse con seriedad en Cuba. Ese invento Leninista del poder absoluto para su partido y el hecho,por cierto totalmente falso, de que solo los militantes del mismo tenian derecho a opinar,ha sido un freno social. Como la mayoria va a aceptar lo que decida una minoria? Como aceptar que un “Iluminado”,determine absoluta y caprichosamente en todo? El resultado de este razonamiento estupido, quizas valido en la URSS de Lenin,dado el nivel de analfabetismo alli existente, es la causa principal del desastre que se vive en Cuba.

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