LA HABANA. Y no hablemos de un vaso de leche, que es casi pecado mortal. Muchos de la llamada Tercera Edad que lo esperaban cuando el presidente Raúl Castro llamó la atención sobre el particular hace ya muchos años allá por las tierras otrora ganaderas de Camagüey y usted salía de la provincia con el entonces tradicional “souvenir” de un tinajoncito repleto de excelente mantequilla, hoy día reposan en sus respectivos camposantos municipales.

Escribiremos del famoso y necesario jugo de naranjas, aquel que cuando niños en los 60s nos hacían beber “a cuncún”  al faltar par de días al baño y que por alguna razón que desconozco, analistas y economistas no hayan recurrido al jugo para abordar sus tesis y pronósticos habituales de la economía nacional. Mucho que hubiera disfrutado algo así como, por ejemplo, “Perspectivas y escenarios del jugo de naranja para el 2030”.

Cuba pudiera ser el país con el vaso de jugo de naranja más caro del mundo. Incluso el que pudiera ofrecer un árabe en el medio del Sahara con una nevera bajo la sombra del camello.

Hace un par de años, en  las vendutas de las cooperativas y en los mercados agropecuarios regidos por la oferta y la demanda, un saco de ellas facturaba entre 100 y 120 pesos cubanos, unos cinco dólares estadounidenses.

La naranja, para nada ajena a los vaivenes de la economía nacional junto a sus disparates y errores correspondientes, comenzó a pulsar con los precios hasta llegar hoy día a la quinta parte de un saco por 60 pesos.

Pero nadie debe asustarse y aunque les pudiera resultar una broma, y de buen gusto, en la zona de Jagüey Grande disponemos de uno de los combinados citrícolas más grandes de este hemisferio. Basta visitar cualquier supermercado para percatarse –he aquí otra sorpresa-, de que la gran mayoría de zumos no vienen de allí, sino de España, México o cualquier otro país que tenga algunas matas del cítrico y sepa cómo sacarle jugo o provecho.

De su prima hermana, la toronja, no es menester abordarla en esta ocasión. Desde la Isla de la Juventud partían los buques hasta puertos distantes en Europa, Japón y la antigua URSS. Hoy, desde el puerto de Gerona, no recibimos ni media docena.

Hay que apuntar con toda intención por tratarse del tema, que buenas fuentes me han comentado del interés de productores estadounidenses de refrescos gaseados con sabor a naranja, de sustituir los lejanos mercados suministradores, por los nuestros, más cercanos y económicos.

Los hoteles cinco estrellas son otra expresión de esta rareza. Tal vez por su condición de “todo incluido” parece que para abaratar costes no aparecen estos jugos naturales. Usted pide el conocido “screw-driver” (destornillador) o un simple vasito y debe ingerir lo más parecido a un vomitivo de esencias que muy pocos camareros se atreven a confesar que son artificiales, que un universitario graduado de Química lo está timando a distancia. Con un canto en el pecho, si alguien logra descubrir esas máquinas por las que en una suerte de embudo entran naranjas como Dios manda y por otra sale el líquido del cítrico sin alteración o sorprendente magia.

No todo puede ni debe ser angustias por las naranjas. Viene al caso, pues, ese anónimo alegato popular que si bien no son tan fáciles las cosas, tampoco son  muy difíciles que digamos. En estos días, al parecer de buena cosecha, los soldados-agricultores del Ejército Juvenil del Trabajo (EJT) están  suministrando naranjas a diestra y siniestra en sus mercados y a un buen precio.

Las cafeterías privadas han dado cuenta de ello. Las estatales, no porque quizás en sus plantillas no exista el exprimidor de naranjas. En los listados de ofertas de las primeras están incluyendo el jugo de naranjas en una auténtica obra maestra de la alquimia medieval: exprimiendo tres naranjas logran jugo para veinte o treinta personas a tres pesos el vaso.

Usted se acerca al establecimiento, ve el anuncio, pide un jugo, que siempre será frío, echa andar por la calurosa acera y nadie, absolutamente nadie, le podrá negar que se acaba de beber un juguito de naranja de tenue color amarillo y algo bajo en azúcar porque esa es otra “virtud” del que lo hizo: cuidar de nuestra salud y recordarnos otros tiempos.

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