Un cuento asiático con moraleja para Cuba y Estados Unidos

El titular y el subtitular en la sección de negocios de The New York Times del domingo 4 de diciembre enmarcan de manera sucinta la siguiente historia:

“Los Bancos Ponen en Peligro las Selvas Tropicales”

“Los prestamistas globales, desacatando a veces sus propias políticas, han financiado proyectos que destruyen ecosistemas y contribuyen al cambio climático”.

En 2015, organismos de control ambiental vieron perturbadoras imágenes por satélite de lo que parecía la gigantesca quema de una selva tropical en la provincia de Kalimantán, en la isla indonesia de Borneo. Cuando llegaron al sitio, descubrieron una enorme devastación: “una tierra carbonizada, fuegos que ardían lentamente, orangutanes expulsados de sus nidos y muestras de una extensa emisión de dióxido de carbono a la atmósfera”. (The New York Times, 4 de diciembre de 2016.) Como comentó un ecologista, “casi no quedaba selva tropical”.

El autor directo de este crimen ambiental es un enorme conglomerado bien relacionado políticamente que se conoce como Grupo Rajawali. Pero la responsabilidad por el ultraje se extiende mucho más allá hasta varias instituciones financieras destacadas –incluidos Bank of America y Credit Suisse, que proporcionaron al grupo $235 millones de dólares en préstamos para comprar la tierra que se iba a quemar para crear una plantación de palma aceitera.

La quema del bosque de Kalimantán Occidental es solamente la cresta de una bola de fuego mucho mayor que está engullendo extensas selvas tropicales en Indonesia y otros países del sudeste asiático. Bancos estadounidenses, japoneses y europeos están proporcionando al menos $43 mil millones para una quema mucho mayor. Ese total no incluye préstamos que no se han dado a conocer ni otras operaciones fuera del sudeste asiático.

Dada la inmensidad y la importancia ambiental global del Amazonas, salvarlo ha sido durante décadas el foco principal para los ambientalistas. Mientras tanto, las selvas tropicales del sudeste asiático están siendo diezmadas de manera sistemática. Tan solo Indonesia pierde anualmente 850 mil hectáreas de selva tropical. Por otra parte, el daño no se limita al cambio climático, pérdida de especies y destrucción ambiental regional. El humo de los incendios tiene también un efecto nocivo sobre la salud humana. Un estudio realizado por las universidades de Harvard y Columbia estimó que tales fuegos han provocado 100 000 muertes prematuras en el sudeste asiático.

El caso del sudeste ha hecho recordar una noticia anterior en el mismo periódico que describía una exposición en el Museo Estadounidense de Historia Natural que presenta el relativamente bien conservado “teatro natural” de Cuba:

“Con una extensión de más de 1 280 kilómetros, una distancia mayor que la existente entre Nueva York y Atlanta, incluye pantanos de mangle, matorrales, sabanas, bosques y espectaculares arrecifes de coral para el ave más pequeña del mundo (el zunzún, o pájaro mosca), alarmantes cocodrilos saltadores y el ultraelusivo carpintero real”.

Los buceadores, que durante décadas han observado de primera mano la disminución de los arrecifes de coral por todo el Caribe, han declarado que cuando bucean en Cuba sienten como si viajaran al pasado, en especial en las aguas de los Jardines de la Reina, un área de arrecifes cerca de la costa sur.

A medida que Cuba da cada vez más la bienvenida a la inversión extranjera, me pregunto si el sistema cubano relativamente sofisticado de leyes y regulaciones ambientales y sus reservas naturales marinas y en tierra demostrarán ser lo suficientemente robustas como para proteger los tesoros naturales de la nación. Mientras que a largo plazo los prístinos arrecifes y animales exóticos son una fuente de riqueza, que atraen a turistas y realizan funciones ecológicas inestimables, a corto plazo Cuba tiene agudas necesidades y algunos de los mismos intereses rapaces del sudeste asiático y otras partes ya han puesto su mirada en Cuba. Mi esperanza es que Cuba haya aprendido  las lecciones de Suramérica, África, y el sudeste asiático y resista la tentación de la ganancia a corto plazo.

Este problema  también tiene ahora especial  resonancia  en Estados Unidos. La administración entrante de Trump ha prometido hacer trizas rápidamente décadas de regulaciones ambientales. Ahora, se avecina una confrontación entre estadounidenses nativos y los ecologistas, por una parte, y los intereses corporativos por la otra, en relación  con un oleoducto que se planea que cruce cerca de la Reservación Sioux de Standing Rock en Dakota del Norte. Los indios reivindican la tierra como propia y se oponen a la construcción del oleoducto, pero las autoridades se preparan a sacar por la fuerza a los manifestantes o arrestarlos.

Por su parte, la administración Obama ha tomado algunas medidas para retrasar el oleoducto. En cambio, Donald Trump ha declarado su apoyo a su terminación.

Según una encuesta, cerca de dos tercios de los que votaron por Trump dijeron que consideraban esta elección como “la última oportunidad para Estados Unidos”. En su lugar, las elecciones de 2016 pueden demostrar haber sido la última oportunidad para el destino del planeta.

Traducción de Germán Piniella.

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