“Calandraca” de pesquería con Fidel

LA HABANA. Constantino Armesto Murgadas, más conocido como Cala, como abreviatura de Calandraca, en una noche de 1985 se sentó a la mesa de su apartamento, abrió una botella de ron y cuando el  envase llegaba a la mitad del consumo, se llevó la pistola rusa Makaroff a un lateral de la cabeza y acabó con su vida solitaria, sin mujer ni pariente alguno aunque con muchos amigos que no pudieron evitar tan trágico desenlace.

Era fotógrafo de profesión y músico por afición al jazz. Cuando por su avanzada edad, dejó de prestar servicios en la seguridad personal de Fidel Castro como diestro en las cámaras, fue enviado a la revista donde laboraba quien suscribe.

Muy parco, por no decir mudo, con respecto a sus andanzas fotográficas con el líder de la revolución. Luego, con el tiempo, se relajaría un poco y en ocasiones nos dejaba saber algo.

Cala era todo un actor cuando narraba la vez que en sus inicios salió de pesca de la aguja junto a Fidel, episodio que verificaba con una amplia selección de fotos de su archivo personal.

Relataba que ya algo cansado de tantas fotos, se tomó un descanso y observó que Fidel llevaba par de relojes en su muñeca. Sin pensarlo para nada, se le acercó y le preguntó:

-¿Comandante, le puedo hacer una pregunta?

Al tener el visto bueno de Fidel, prosiguió:

-¿Por qué usted usa dos relojes?

La interrogante debió sorprender a Fidel. Tal vez por la soledad del mar y la presencia de pocos escoltas encima de la embarcación, Fidel le dio una explicación que lo paralizó de pies a cabeza:

-Porque me sale de los cojones.

Cala se minimizó en una esquina del yate. Contaba que la cámara le temblaba en las manos y que ya se veía cuando menos expulsado del servicio.

Fidel, atento a la faena, se dio por enterado. Al rato se le acercó a Cala.

-Fotógrafo, ¿te puedo hacer una pregunta?

El otro, obviamente, le dijo que todas las que quisiera.

-¿Por qué ustedes los fotógrafos siempre llevan dos cámaras?

Como decimos en buen cubano, le había servido la mesa al indiscreto fotógrafo.

Lo dijo Cala y lo pudimos comprobar tiempo después.

-Comandante, con todo el respeto que usted merece, yo no le puedo responder como usted ha hecho conmigo.

Fidel no pudo menos que reírse.

La mañana en que lo sepultamos en el cementerio de Colón, vi llorar a uno de sus pocos amigos, el comandante Jesús Montané Oropesa, que ostentaba en ese entonces el cargo de Ayudante del Comandante en Jefe.

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