MIAMI. Lo de anoche fue una bofetada. La clase de bofetada que lo saca a uno de ese universo paralelo en el que tantos de nosotros caemos, en este mundo agitado en que vivimos.

La victoria de Donald Trump demuestra que nos hemos convertido en una nación que habla demasiado y escucha muy poco. Me recuerda a un viejo amigo, que ya no está con nosotros, que se quejó una vez de los innumerables aparatos de comunicación que utilizamos para hablar por encima del otro. Nadie escucha lo que el otro está diciendo…

Las señales estaban ahí. Y sí, posiblemente he estado tan implicado en lo que es “normal” que los árboles no me han dejado ver el bosque. Mi enfoque estaba en cualquiera menos en Trump. El país respondió que Hillary no era la solución.

Esta mañana sigo creyendo que Trump no es el hombre adecuado para dirigir este país. Ojalá que pueda volver en sí y se convierta en alguien menos grosero y vil, eche a un lado esa veta mezquina y evolucione hasta convertirse en un ser humano más empático. Una persona capaz de sentir un nudo en la garganta por aquellos que no nacieron en cuna de plata como él.

Fue Barbara Bush, la anterior primera dama, quien se dio cuenta desde el principio. El tipo de lo que debe ser que estados Unidos quiere. El genio de un sistema que se endereza desde dentro. Desde 2013, la señora Bush dijo: “Pienso que este es un gran país, Hay muchas grandes familias y no solo cuatro familias o lo que sea. Hay otras personas por ahí que están muy calificadas y ya hemos tenido bastantes de apellido Bush”. Pudo haber agregado también el apellido Clinton.

Antes de Obama, hubo un Bush o un Clinton en la Casa Blanca durante 28 años consecutivos. Y no olvidemos que el gran George Washington, padre del país, rechazó la idea de un rey. Y los historiadores nos dicen que Washington fue el único presidente elegido por unanimidad. Y él no se alegró de su elección.

En cuanto a los demócratas, de cuyo partido soy miembro, que ayer por la noche perdieron en grande, quizás esto nos abra los ojos ante el hecho de que somos tan corruptos como los republicanos que demonizamos. Seguramente no tan mezquinos, y tan solo un poco más progresistas, pero no somos la respuesta del futuro que tantos de nosotros queremos ser para este país y para el mundo.

Seamos realistas. Seguimos apoyando a los demócratas porque la vida así es más fácil. Pero el trabajo de la democracia, el trabajo duro de forjar un futuro que haga la vida mejor para todos nosotros es una tarea constante y persistente. Durante demasiado tiempo hemos dejado el trabajo duro a otros. Y muchos de esos otros han estado comprometidos y han sido apoyados por los mismos intereses especiales de los grandes negocios adinerados contra los que se supone que debemos luchar.

Y sin embargo, hemos elegido a un hombre de los grandes negocios, experto en hacerle el juego a un sistema que hace demasiado tiempo que está roto. La pregunta que debemos hacer: ¿Trabajará él contra sus propios intereses? Él dice que quiere hacer grande otra vez a Estados Unidos. ¿Irá contra sus propios intereses para hacerlo?

A discutirse está lo que el activista  negro y comentarista de CNN Van Jones describió como contragolpe blanco. ¿Ha sido esto un Estados Unidos que reaccionó a ocho años de un presidente negro? ¿Todavía prevalece tanto el racismo en este país? Es algo a considerar y un punto de ataque si vamos a crear un país más progresista y un mundo mejor.

Por último, los electores expresaron el mismo mensaje que han estado enviando desde 2008, cuando eligieron a un presidente negro que no era considerado parte de la élite de Washington, y un hombre que ofreció esperanza y cambio a un país harto de los políticos a quienes consideran más de lo mismo. Y quisiéramos o no una victoria  de Hillary, Clinton era más de lo mismo. La única diferencia es que esta vez  se trataba de una mujer.

Puede haber venido de diversos ángulos, pero el mensaje era igual. Los estadounidenses quieren un cambio en su política y no la están consiguiendo –y no la consiguieron ni siquiera con Barack Obama.

Repito, no creo que Trump sea la respuesta. Odié su campaña de miedo, odio e insultos. Pero hasta Saúl cambió en su viaje a Damasco. El gran perseguidor se convirtió más tarde en San Pablo.

Mi esperanza es que demuestren que estoy equivocado y que el señor Trump se convierta en ese agente de cambio que este país necesita desesperadamente. Pero ese cambio debe venir basado en el amor, la compasión y la inclusividad.

Traducción de Germán Piniella.

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