El teflón de Trump en el crisol

MIAMI. Parece que hace siglos que Donald Trump proclamó que si él le disparara a alguien en la 5ta. Avenida de Nueva York no perdería un solo voto. La declaración sonaba delirante, incluso demente y ciertamente falsa.

Trump todavía no le ha disparado a alguien, pero ha hecho de todo menos eso. De hecho, no tenía razón en decir que ha perdido muchos votos con los que los candidatos presidenciales republicanos  siempre pueden contar, incluso los votos de gobernadores republicanos, miembros  del Congreso y grandes donantes, además de los de incontables mujeres republicanas y republicanos latinos. No obstante, a pocos días de las elecciones, oráculos políticos le conceden posibilidad de victoria. Así, no se ha demostrado el error de la esencia del alarde de Trump. Se ha comportado como un bárbaro y todavía tiene mucho apoyo.

Después de una campaña que consistió principalmente de mentiras, insultos, expresiones  intencionales e involuntarias de machismo, racismo, y xenofobia en general (en especial contra latinos y musulmanes), burlas contra los impedidos y, finalmente, de la amenaza de no acatar el veredicto de las urnas a menos que él gane, las encuestas y los expertos están declarando que Trump le sigue de muy cerca los pasos a Hillary Clinton. A muchos esto les parece impensable.

A mí no. Para dejarlo en claro: No estoy de acuerdo con los que pronostican una victoria de Trump o incluso un resultado especialmente reñido, sino una victoria clara y hasta  abrumadora por parte de Clinton. Pero tampoco pertenezco al campo de los perplejos. Está claro que Trump debiera estar fuera de la contienda electoral si la política tuviera que ver principalmente  con la razón, la justicia y la decencia. Que él todavía esté en pie dice mucho acerca del modo de pensar de millones de estadounidenses.

Tengo una profunda admiración por los logros y  virtudes del pueblo y civilización estadounidenses. También tengo una conciencia igualmente aguda y una aversión hacia los perjuicios profundamente arraigados  de la gente de este país y del aspecto no mencionado e insoportablemente horrible de la historia de EE.UU. Por eso, cuando Donald Trump inició su campaña con un ataque vil y difamatorio contra inmigrantes mexicanos, no me sorprendió que repentinamente él se convirtiera en el favorito en la campaña primaria republicana.

Los “inmigrantes mexicanos” han substituido a las “reinas de la asistencia social” como los chivos expiatorios de los republicanos hegemónicos. Pero, como el grupo más grande de “intrusos”, los mexicanos son símbolo no sólo del crecimiento de todo lo que se considera latino, sino también de una mucho más amplia transformación demográfica y cultural  en curso en este país.

La gente que compone el cortejo de Trump son los que resienten estos cambios. Son los millones que quieren que Estados Unidos sea grande otra vez (para ellos), recuperando los antiguos Estados Unidos donde ser blanco era mejor que ser negro, el “estadounidense de pelo en pecho” superaba al latino, las mujeres eran el segundo sexo, los gays estaban en el armario y Denali era el monte McKinley (*). El cambio del papel del género, el bilingüismo, la normalización de las identidades de LGBT y el ascenso  de una clase media y profesional afroestadounidense los molestan, trastornan y enfurecen. La presidencia de Barack Obama es tanto el emblema supremo de la nueva realidad naciente como el insulto supremo a las viejas jerarquías en descenso y a sus beneficiarios.

El genio malévolo de Donald Trump fue comprender  que la yesca acumulada durante años de miedo y de resentimiento cada vez mayores había alcanzado una masa crítica y podría encenderse por medio de la demagogia comecandela. Lo que Trump ha hecho es, entre otras cosas, asumir el control, radicalizar, y ensanchar la contrarrevolución que los republicanos han emprendido desde la erupción del movimiento de los derechos civiles y la contracultura de la década de 1960. El Partido Republicano moderno, después de todo, debe su éxito –más que a ningún otro factor– al contragolpe blanco contra la aceptación que el Partido Demócrata hizo del movimiento de los derechos civiles en la década de 1960.

Se dice que las revoluciones devoran a sus hijos, pero también lo hacen las contrarrevoluciones. Con Trump, la contrarrevolución republicana ha alcanzado su ápice radical. Como en la Revolución Francesa, la facción más extrema, encabezada por Trump, sustituyó a los antiguos ardientes, dirigidos por Paul Ryan y compañía. Ya Trump ha amenazado con decapitar políticamente a Ryan si él no sigue la línea oficial. Y eso es una amenaza al líder de su propio partido. En cuanto a sus adversarios ideológicos, tiene en sus planes meter a Hillary Clinton en prisión.

La fractura política que comenzó con el movimiento de los derechos civiles, ahora se ha profundizado más y se ha vuelto más compleja: una falla político/demográfica. En las elecciones de 2012, Romney obtuvo el 59 por ciento del voto blanco. Pero él perdió porque obtuvo menos de un cuarto del voto de la minoría: 27 por ciento de latinos, 26 por ciento de asiáticos, y 6 por ciento de afroestadounidenses.

Es por estos números que pienso que Trump perderá las elecciones. Las encuestas indican que Trump ni siquiera conseguirá el porcentaje de electores blancos que Romney recibió. Y no puedo imaginarme que él supere a Romney entre las minorías. ¿De dónde obtendrá los votos?

Basándose en la observación de estudios durante los últimos cincuenta años, los politólogos Cristóbal H. Achen y Larry M. Bartels, (citados en The Nation) llegaron a estas conclusiones devastadoras acerca del electorado de EE.UU.: “los ‘sistemas de creencia’ políticos de los estadounidenses corrientes son generalmente débiles, desorganizados e ideológicamente incoherentes…” De manera rutinaria “fracasan en sencillas pruebas  de conocimiento político y basan sus votos en una mezcla descuidada de lealtades de grupo y miopes evaluaciones de su propio bienestar –suponiendo que se molesten en votar, lo que no hacen la mayor parte del tiempo en Estados Unidos”.

No hay mejor manera de decirlo: hay un número significativo de idiotas en el electorado, en el sentido clásico griego del idiota, una persona que no se toma un interés serio en los asuntos de la comunidad. La ideología de Trump es también débil, desorganizada e ideológicamente incoherente. Junto con la falla político/étnica, la existencia de esta masa incoada de idiotas políticos que pueden aceptar tranquilamente las falsedades, las contradicciones y la ignorancia de Trump y continuar apoyándolo, explica gran parte de la resistencia de Trump.

Tales electores probablemente salven a Trump de lo que él merece: la humillación total. Pero cuando uno considera la composición étnica/de raza de las elecciones pasadas y el hecho de que Trump ha hecho mucho más de lo que hizo Romney para enajenarse a las minorías, hombres blancos educados y a mujeres en general, los números no señalan una victoria de Trump.

En el universo de la teoría cuántica, más probabilístico que determinista, nada es seguro. Pero considero que la probabilidad de que Trump se hunda como una piedra es mucho mayor de que él pueda emerger victorioso.

La ley de la gravedad triunfa sobre el poder del pensamiento positivo.

(*) Este era el nombre que los indios atabascos dieron a lo que más tarde los colonizadores rebautizaron como monte McKinley. En 2015 el presidente Obama mantuvo el nombre del monte, el más alto de EE.UU., pero cambió la denominación de la zona como Parque Nacional Denali, para honrar la memoria y cultura de los habitantes originales. Por esta acción fue muy criticado por los republicanos en general y los supremacistas blancos en particular. (Nota del Traductor.)

Traducción de Germán Piniella.

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