¿Cuánto por un home run?

No importa la liga, no importa si es en una esquina de la ciudad, un potrero, el patio de una escuela, el Latinoamericano o el Yankee Stadium… todo el que ha jugado alguna vez pelota sabe, con total seguridad, que la gloria del béisbol se resume en dos sílabas: home run.

Pararse en el plato, enterrar los pinchos en la grama, obtener el agarre perfecto, contraer los músculos, acelerar el swing, lograr armonía entre caderas, hombros, antebrazos y muñecas… conectar en el centro del bate. Todo un movimiento perfeccionado durante un siglo para conseguir el sonido seco de la bola contra la madera. Luego, el estrépito de las gradas.

Nada conmueve más que un home run. Nada moviliza la sangre en un estadio repleto como el sonido claro de la bola que terminará más allá de las cercas. El home rum es, en esencia, el desafío a lo imposible. La conjunción una esfera con ocho pulgadas de contacto efectivo en la madera, la fuerza de los músculos y el hecho de destruir, en una fracción de segundo, los planes de un lanzador.

No en balde aquellos hombres capaces de desaparecer las pelotas con frecuencia consiguen jugosos contratos. Hay realidades inobjetables en el béisbol, una de ellas es simple: quien mucho batea, siempre tendrá su espacio en un equipo. En la pelota se gana con carreras, y en un juego como este los jonroneros son los hijos mimados del público. A los jonroneros se les perdona casi todo, incluida la insolencia y los gestos obscenos.

En Cuba, por décadas, los sluggers fueron héroes. Temibles bateadores que ponían tensos a los serpentineros rivales. Hay nombres que trascienden generaciones en Cuba, incluso, que trascienden rivalidades: Orestes Kindelán, Agustín Marquetti, Omar Linares, José “Cheito” Rodríguez o Romelio Martínez. En Cuba, en las Series nacionales, también hubo ídolos bate en ristre; y fue una época memorable.

Pero las cosas han cambiado. En realidad, la pelota en Cuba ha cambiado. En la actualidad, salvo Alfredo Despaigne, quien pasa más tiempo en Japón que en nuestra Isla, los nombres de nuestros jonroneros no son impresionantes.

En la actual Serie Nacional de Béisbol, con una estructura cambiada, plagada de nombres poco conocidos y un Matanzas impecable, solo dos hombres poseen la decena de cuadrangulares: el artemiseño Yariel Duque Salgado y el avileño Luis Robert Moirán. El primero con 40 desafíos jugados y el segundo con 45.

Con esas cifras, ambos podrían aspirar a conseguir algunos de los premios en metálico que reparte la Serie al finalizar la campaña. Pero, a cuánto asciende el salario de un pelotero en Cuba. ¿Cuánto gana un jugador profesional en nuestro país?

En correspondencia con lo pactado desde 2013 en la Política de Remuneración de Atletas, trazada por el INDER, cada atleta participante en la SNB recibe mensualmente un pago de 1.000 CUP. Ese es su salario básico. No importa si juega o no. Solo necesita estar vestir el uniforme y sentarse en el banco.

Ahora bien, suponiendo que uno de nuestros actuales líderes de cuadrangulares ganase la triple corona de bateo (ninguno de los dos está hoy en esa situación), recibiría además 1.000 CUP por cada departamento; ganaría una bonificación de 5.000 por participar en el 70% de los partidos de su equipo —eso es extensivo a todos los jugadores regulares—; y, si su elenco finalizara campeón, de los 65.000 CUP pertenecientes al elenco, le corresponderían otros 1.600 CUP aproximadamente.

Tras una serie de cinco meses, siendo triple campeón de bateo y campeón nacional, uno de nuestros actuales líderes podría ganar un aproximado de 15.000 CUP. O lo que, sería lo mismo, 600 dólares. Este cálculo, es en una temporada de ensueño.

Hasta este 26 de octubre de 2016, Moirán y Duque solo tienen asegurado su salario básico y el premio de jugador regular. O lo que es lo mismo, Duque y Moirán recibirían hoy un total de 44 dólares por cada uno de los vuelacercas conseguidos hasta el momento.

Cuarenta y cuatro dólares por cada vez que han desaparecido la bola fuera de los límites del estadio. Cuarenta y cuatro dólares por cada vez que han sacado a sus equipos de un apuro o han consolidado la victoria.

Para un país en el cual el salario promedio es de 584 pesos (23.4 dólares), según el Anuario Estadístico de Cuba, 44 dólares por home rum es mucho más de lo que ganará un maestro, o un médico, por cada aprobado o paciente salvado. En esas condiciones, los 44 dólares son un buen premio. O, cuando menos, eso parecen. Pero en Cuba no solo la Serie Nacional ha cambiado.

En contraposición con la realidad cubana encontramos los salarios de la MLB. Olvidemos las primas por firmar, las bonificaciones por resultados diseñadas para que los jugadores se esfuercen al máximo. Solo tengamos en cuenta los salarios obligatorios, sellados en los contratos iniciales, y veremos las diferencias abismales.

Jorge Soler, nacido en Melena del Sur, con un físico envidiable y menos de 25 años, recibió en 2015 un salario de 2.666.667 dólares con los Chicago Cubs. Una cifra ridícula para un prospecto con las potencialidades del joven. Aun así, con la cifra más baja de los sluggers cubanos activos en la MLB, Soler ganó en su primer año un salario 4.444 veces mayor de lo que ganarían Duque y Moirán por la mejor temporada de sus vidas, si es que la consiguieran.

Ojo, ya lo hemos dicho en otras oportunidades: es imposible competir con los salarios de la MLB, y esa es una constante no solo para Cuba. A ello se suma que, por las leyes norteamericanas, a los jugadores cubanos les es imposible desarrollar sus carreras en la MLB sin abandonar el país. Ambas situaciones crean un flujo constante de peloteros que ha llevado al béisbol cubano a una situación extrema: del equipo que participó en el III Clásico Mundial solo quedan en Cuba 11 hombres de los 28 que integraron la nómina nacional.

Siendo exactos, en Cuba y en la Serie Nacional han cambiado muchas cosas. Todavía existen bateadores temibles, hombres capaces de destrozar lanzadores, solo que ya no viven en Cuba.

Foto de portada: El pelotero cubano Alfredo Despaigne con el Marine Club de Japón.

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