Trump: las elecciones están amañadas –a menos que gane yo

MIAMI. Después de perder por puntos los primeros dos debates ante Hillary Clinton, Donald Trump necesitaba una espectacular victoria por nocao en el pasado encuentro para sacar a su campaña de cuidados intensivos. En su lugar, él mismo se metió de frente casi por casualidad contra un golpe que terminó la pelea, cuando declaró que no aceptaría los resultados de las elecciones si él perdía.

La amenaza fue la culminación de una noche desastrosa y decisiva para el portaestandarte republicano. Después de los primeros minutos, todo fue cuesta abajo para Trump en el debate, durante el cual él casi pudo sostenerse contra Clinton. Pero como un boxeador que sabe que necesita destrozar a su oponente en los últimos asaltos para tener una oportunidad de victoria, perdió su compostura. Abandonó toda estrategia. Desechó la disciplina. Comenzó a lanzar el equivalente de golpes locos, la mayoría de ellos erráticos y muchos por debajo de la faja. Esto lo dejó indefenso ante los duros contragolpes de Clinton. En pocas palabras, Trump volvió a ser Trump, y esa fue su perdición.

Para empeorar las cosas, los excesos de Trump le ganaron el desprecio de la audiencia, la cual rompió a reír cuando él hizo la extraña aseveración de que nadie respeta más a las mujeres que él. Esa declaración fue simplemente la afirmación más evidentemente falsa de una ráfaga de mentiras, aserciones engañosas y distorsión de los hechos, que han sido los recursos de Trump durante toda su campaña. Pero los despiadados ataques fueron sobre todo ineficaces, y Hillary Clinton siguió de pie y casi impertérrita hasta que sonó la campana final.

Las cosas empeoraron después del debate. Las encuestas mostraron que la mayoría de la gente dio por ganadora a Hillary, lo que la dejó con una marca impresionante de 3 triunfos en 3 debates. La secuela fue aún más perjudicial que las encuestas. Al día siguiente, la noticia principal en cada periódico importante de Estados Unidos fue la declaración de Trump de que pudiera rechazar la legitimidad de las elecciones si él pierde. La cobertura del coqueteo de Trump con la idea de desafiar la voluntad de los electores fue generalizada y casi unánimemente desfavorable.

Esa reacción no tuvo nada que ver con la denuncia perenne de Trump de que los medios están prejuiciados  en su contra, parte de una conspiración más amplia para “amañar las elecciones”. El cambio pacífico del poder ha sido un sello de la política estadounidense desde el principio. Cualquier persona de cualquier partido o inclinación ideológica que desafiara esa tradición puede estar seguro de que recibirá el repudio de todos, y Trump lo hizo. Los estadounidenses esperan que los perdedores acepten con gracia su derrota. Nada es más despreciado que un mal perdedor. Y Trump pareció desdeñar los principios democráticos que son considerados casi sagrados en este país cuando al día dijo “aceptaré totalmente el resultado –si gano.”

La segunda secuela sucedió rápidamente. Se centró en el contenido de muchas de las aserciones efectivas de Trump durante el curso del debate. Expertos militares lanzaron un cubo de agua fría sobre la acusación de Trump de que Estados Unidos había cometido un grave error al anunciar la ofensiva para recuperar de manos del ISIS la ciudad iraquí de Mosul, por lo que se perdió el elemento de sorpresa. Argumentaron que  tal aviso es una práctica habitual que responde al propósito de advertir a los civiles para que huyan y para inculcar el miedo en el enemigo. Además, los expertos señalaron que con 30 000 tropas que cercaban progresivamente la ciudad, no podría haber ningún elemento de sorpresa. Un experto militar concluyó que las declaraciones de Trump referentes a la ofensiva de Mosul demuestran que Trump “no conoce absolutamente nada de operaciones militares”.

Hubo más. En el tema de los abortos a término, líderes en obstetricia-ginecología dijeron que la descripción que Trump hizo de fetos arrancados del útero de una madre momentos antes del nacimiento tiene poco parecido con lo que sucede realmente en tales situaciones trágicas. Con respecto a los planes grandiosos de Trump para empleos, empleos y empleos, y para reducir el déficit hasta muchos economistas conservadores sacaron los cálculos y descubrieron que no tenían sentido. Y en cuanto a la repetida acusación de Trump de que  estaban “amañando” las elecciones, funcionarios electorales estatales de ambos partidos calificaron la acusación de “irresponsable” y negaron que incluso fuera posible. Nada de eso pudo evitar que Trump siguiera insistiendo en la idea.

Como consecuencia, dos grandes preguntas rondan por Washington. Los republicanos temen que un desastre electoral de Trump podría entregar una o las dos cámaras del Congreso a los demócratas. Demócratas y otros fuera del establishment republicano están preocupados por lo que Trump está planeando hacer si pierde las elecciones.

Trump descubrirá que no hay medios legales o institucionales realizables para cambiar los resultados de unas elecciones presidenciales, salvo un disputado final de fotografía. Y un golpe de estado es increíble e irrealizable en Estados Unidos.

La probabilidad es que Trump y el establishment republicano forjarán un incómodo frente común para hacer lo que se propuso el GOP cuando Obama llegó a la Casa Blanca: evitar que la presidenta gobierne con eficacia y garantizar una presidencia de un solo período. Considerando los resultados que lograron con Obama, tengan ustedes buena suerte con eso.

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